LOS CREYENTES XXI. En el supuesto de que alguien pudiera leer y ver en algún momento este diario, posibilidad no ya remota, sino sencillamente increíble, podría pensar que tengo algo en contra de estas gentes en general. Tendría razón. Pero no es una cuestión de fijación negativa hacia nadie en especial, o al menos no más que la que puedo sentir hacía mí mismo. La razón es que las caras de todos esos Creyentes, tan maceradas ya por la corrección y el mando, son exactamente las mismas que sufrí desde niño, eran esos impresionantes adultos que me decían lo que debía hacer, los que me golpeaban cruelmente en todos los colegios por los que pasé, los que me mandaban insolentemente en el trabajo, los que siempre he tenido por encima de mí y los que siempre me han asustado. Los que nunca me reconocieron porque yo no conseguía hacer méritos para que lo hicieran. Tenían razón, ellos, los otros, siempre tienen razón, pero yo ahora me permito no perdonárselo. Todavía sigo temiéndolos y sospecho que eso no cambiará nunca...

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