DIARIO ÍNTIMO 144 y 3
«Perdonar a las personas en silencio y no volver a hablarles es una forma de autocuidado. Perdonar no siempre implica permanecer al lado de quien nos ha hecho daño”. (a propósito de Fiódor Dostoyevski)
Lunes, quince de junio de dos mil veintiséis
… Pediré perdón a las personas que se vieron forzadas a escuchar mi salida de tono como reacción a una anormal normalidad, tal y como la he vivido. Y que ellas, a pesar de la proximidad afectiva conmigo, quiero pensar (al menos por mi parte), no tienen porqué soportar mis quejidos.
Nadie tiene que hacerlo y hay dos razones fundamentales que lo explican: una, el destinatario que no pide ser informado del problema del dolorido, tiene todo el derecho a no ser perturbado gratuitamente por razones que están en su periferia, por lo que vulnerar su paz debería ser causa de una fuerte condena para el infractor; y dos, el que salpica la vida de los demás con la podredumbre de sus problemas, por su caprichosa voluntad y abuso, solo puede ser calificado de narcisista tóxico e irrespetuoso. Eso hice ayer, indebidamente.
Esto no es un mero y simplista acto de contrición, porque también es la confirmación de que no hay salvación a partir de los demás. Solo existe la soledad y el silencio como única manera de estar en el mundo dignamente. Solo la opción existencialmente dura y hermética merece respeto.
Lo único que puede salvar, incluso por encima de las relaciones amorosas, son las de amistad; pero esa posibilidad se encuentra en la frontera de lo imposible (en contadas opciones, pero todavía posibles para mí, porque vienen de lejos). Las nuevas amistades a partir de una cierta edad son imposibles. Las amorosas, pura y quimérica utopía. Creo estar protegido de algún modo, porque mis amigos y yo hemos aprendido a serlo, al menos hemos creado una ética estable para nuestra amistad.
La Fotografía: Adiós, querido conejo, adiós. En estos días has sido una sangrante metáfora en mi diario. Espero que me perdones por utilizarte como materia muerta y desgarrada, que viene a ser lo mismo que la desgracia del vivir indefenso y equivocado.