La vida superflua 8
“Escribir un diario para contar tu vida no tiene ningún interés; los diarios se escriben para contar tu muerte”. Alberto Olmos
Martes, diez de febrero de dos mil veintiséis
Acabo de llegar a mi casa, con la lluvia empujándome desconsideradamente, sin educación ni cortesía.
Son las doce y no tengo absolutamente nada qué hacer, ni qué pensar, ni qué escribir, ni qué desear y, en consecuencia, mucho menos esperar. Bueno sí, esta tarde voy a un dermatólogo a ver si me cura, porque tengo mis partes íntimas hechas un asco, dan pena. Es al segundo profesional a quién recurro porque con la primera, una mujer, no me ha ido especialmente bien. No voy a contar lo que me pasa, porque como he dicho se trata de partes íntimas y esas no se cuentan.
A mí, me gusta mucho escribir de intimidades, por eso soy diarista, pero tan solo de las cosas del alma porque soy un ser espiritual. Pero, como el alma no existe (científicamente demostrado por la teoría de la evolución), es como si no escribiera de nada y por eso no siento que sea impúdico, como si lo hiciera de mis partes íntimas que sí existen, aunque ya no me sirvan de nada (a ver qué me dice el dermatólogo esta tarde).
Tiene razón Olmos cuando dice que el diario es para contar la muerte, que es lo que yo llevo haciendo veintidós años a diario. Antes no lo hacía y me parecía que no moriría nunca. Cuando me di cuenta de que sí, de que era mortal, me puse a escribir el diario.
Deseo que llegue el momento en el que pueda decir al conductor (que no soy yo): -para, que ya he llegado, me bajo aquí mismo- y ya está, fin del cuentecito. Hay que ver qué largo y aburrido está resultado este asunto de la vida, sobre todo al final (sin risas, sexo y todo lo demás).
Últimamente me llegan noticias de muertes de personas ligeramente conocidas u otras a las que conocía alguien, y ese alguien a otro y al fin termino enterándome. Ayer, por ejemplo, supe que se había muerto un primo segundo mío (J. Fuentes). Este ha tardado mucho, porque al parecer ya tenía ochenta (bien llevados, me han dicho, así que habrá sido un cadáver presentable, mejor así). No sé si habrá escrito el diario de su muerte, quizá sí, porque era un hombre letrado. Hasta escribía en periódicos. Sí, pero se ha muerto. Yo a los ochenta no llegaré porque para algo me tiene que servir escribir un diario, para hacerlo todo más fácil y breve, espero. Los que escriben en periódicos lo hacen sobre la vida del aquí y ahora, aunque carezca de interés lo que escriben, porque al día siguiente ya no sirve de nada (Olmos, por ejemplo, aunque un esteta como él también escribe de otras cosas de interés); sin embargo, los que escribimos para contar nuestra muerte en un diario íntimo (como este mío); somos artistas esenciales y trascendentes porque vamos perdiendo la vida entrada a entrada, dramáticamente. Yo, por ejemplo, hoy estoy más muerto que ayer, y dejo constancia de ello, porque si no, nada sería: ni muerto ni vivo ni nada de nada.
Sándor Márai, escribió antes de morirse, claro: “No me siento especialmente inclinado a volver a escribir, soy como el viejo payaso que ensaya un nuevo número y aparenta ser joven. Sería más decente callarme para siempre, pero callarse es tan aburrido”. Eso es exactamente lo que me pasa a mí, que o escribo o me diluyo en la insustancialidad.
Ya no tengo ganas de escribir una entrada diaria porque me cuesta y ya he escrito muchas: justamente dentro de un mes el diario cumplirá veintidós años y ocho mil treinta y siete entradas, con sus fotos y todo.
Creo que es el momento de decirme: para aquí. Y entonces cerrar los ojos y morirme. Misión cumplida.
De aquí en adelante no voy a aportar nada nuevo ni de interés a mi vida, y vivir por vivir, tontamente, no sale a cuenta (un puto coñazo).
La Fotografía: Una recreación del cuerpo humano muerto, muy muerto, esqueleto ya, pero que presenta una estupenda imagen: limpia, estilizada, elegante, dinámica y hasta divertida (parece que baila). Es como si fuera un esqueleto yeyé. Un gusto de muertito. Así de estupendo y amable me gustaría lucir a mí. Como no me he divertido mucho en la vida; que al menos como muerto parezca un tipo simpático con el que de gusto estar y hasta alternar tomando unas cervezas.