DIARIO DEL ESPANTO 6
“Me llamo Noelia Castillo Ramos, tengo 25 años y me quedan cuatro días porque el 26 (de marzo) me hacen la eutanasia”. “Ella no va a sufrir nada”, afirma el directivo de este colectivo, favorable a la ley de eutanasia. El primer paso es tomarle una vía intravenosa. A continuación, se aplicará un fármaco tranquilizante que se llama midazolam. La marca comercial más utilizada es Dormicum. Lo siguiente es aplicarle un gramo de propofol, que es un anestésico. Un gramo es una dosis muy elevada para garantizar la culminación del proceso. El último paso consiste en aplicarle curare, un bloqueante neuromuscular. “La duermen profundamente y, dormida, deja de respirar”, explica Fernando Olalla.
Domingo, veintinueve de marzo de dos mil veintidós
Cuando yo decida, cuando la enfermedad me acose y me duela hasta lo insoportable y cuando sienta que se me han muerto los deseos, todos menos uno, el de morir como lo ha hecho Noelia Castillo.
Cuando tenía treinta años acudí al estado (Seguridad Social) para que me vasectomizaran a partir de una ley reciente que contemplaba practicar la vasectomía con recursos del estado. Tuve que pasar una especie de “tribunal” encarnado en una psicóloga “salvadora y bastante imbécil”, que negó mi derecho. Adujo, estúpidamente, que podría arrepentirme (no era asunto suyo); con arrepentimiento o sin él, era algo de mi estricta incumbencia; ah, y mi potencial capacidad de procrear o no, también. Por supuesto me vasectomicé por mi cuenta. Cuarenta años después, ni por un momento he echado de menos mi fertilidad.
Ahora, en el triste caso de Noelia, todos los escandalizados, los remilgados de delicados escrúpulos morales, a los que seguramente no les duele nada, exigían condenar a esa doliente mujer al sufrimiento de por vida para su tranquilidad de conciencia. Atajo de hipócritas que no levantan ni un susurro de preocupación por los suicidas silenciosos y solos. ¿Y todo por qué? Sencillo, porque han acudido morbosamente ya que ha sido una oportunidad que les ha permitido babear moralina y echar la culpa a los demás. Están encantados porque han manejado proselitismos oportunistas y manipuladores (total, en silla de ruedas será otra persona quien esté) y a dormir tranquilos soñando con ideales imposibles: sufrimiento y resignación feliz (eso sí, en nombre de Dios, que al parecer es el dueño de nuestras vidas, según ellos, claro).
Mi espanto de hoy, por supuesto no es por Noelia, por ella solo tristeza y admiración por haber luchado por su decisión y libertad de ejercerla y porque ha muerto dulcemente haciendo uso de su derecho y no reventada contra un asfalto cualquiera.
Mucha gente está ganando pasta gracias a Noelia (periodistas, tertulianos y bocazas de toda laya) en vez de recordarla con respeto. Si ella hubiera tenido éxito en su intento de suicidio de hace años, nadie se habría preguntado nada, es más, ni se habrían enterado como de las dos mil quinientas personas que mueren aquí anónimamente por su propia mano cada año.
Si decido suicidarme en mi casa (puede que algún día ocurra, porque no aguante tanta vejez), me gustaría contar con esos tres medicamentos mágicos que me permitirían morir sin dolor. Lo malo es que pasarían algunos días o más sin que alguien se enterara (esos planes hay que llevarlos en secreto porque si no eres carne de tertulia), con lo cual dejaría mi amada casa con un olor espantoso y eso no estaría bien; por lo demás, todo en orden.
La Fotografía: «La teología debe ceder el lugar a la filosofía, y el cristianismo debe hacerse a un lado para permitir que los saberes antiguos principalmente, el estoicismo y el epicureísmo repartan su consuelo. Así, a favor de la muerte voluntaria: la necesidad existe, pero no hay obligación alguna de vivir por necesidad, y es posible elegir perder la vida por propia voluntad; el cuerpo nos pertenece, y podemos usarlo como nos parezca; la existencia no vale por la cantidad de vida vivida, sino por su calidad; morir bien es mejor que vivir mal; se vive lo que se debe, no lo que se puede, elegir la (buena) muerte es mejor que sufrir la (mala) vida». Michel Onfray