Diario de la perplejidad 2
“La forma más profunda de la desesperación es elegir ser otra cosa que uno mismo”. Soren Kierkegaard
Viernes, veintiuno de agosto de dos mil veintiséis
La cita de hoy, la que ha tocado (la elección de las citas de compañía depende de varios factores, el más frecuente es la conveniencia temática; aunque también puede obedecer a un impulso momentáneo, a un encuentro inesperado, como es el caso); hoy me desconcertado la afirmación, que percibo como inexorable y acertada.
Cuál es el problema entonces, la desorientación de cualquiera a la hora de saber quién es y para lo que está destinada su vida. En mi caso, nunca he sabido donde se encontraba la esencia de mí mismo; es más, he avanzado a trompicones y hecho un manojo de nervios por inseguridad y por sospechar que era un compendio de errores; o más que errores, de deficiencias insalvables.
No tuve maestros o educadores directos (mi padre, a lo más que llegó es a preocuparse porque tuviera cortes de pelo adecuados, según él: corto por detrás y flequillo por delante, y poco más). Así que, instintivamente, me doté de una serie de valores básicos que fui tomando de aquí y de allá, sin ningún plan, y a funcionar. Sobre todo, me serví de lecturas (por encima de cualquier consideración he sido autodidacta). Pero, eso sí, sin saber que eso era ser yo mismo, la versión más real y auténtica. Creo que mantuve la desesperación a raya por lo que no debí hacerlo mal del todo. Sí, eso pienso ahora, en la era de los balances y rendición de cuentas.
Pero, los valores a los que me adherí no me han permitido tener éxito y alcanzar la inaprensible felicidad (no me ha hecho falta del todo); pero sí cierta tranquilidad de conciencia y nada de culpa o desasosiego. No soy consciente de haber hecho mal a nadie. Tampoco odio a ningún ser humano concreto, ni me siento agraviado por lo que tampoco espero tener que perdonar a nadie. Estoy en paz con ellos, salvo por cuestiones puntuales de relativa importancia y no me martirizo por ellas.
Esta valoración tan mirífica no quiere decir que todo esté bien; es más, hay mucho mal nacido actuando desaprensivamente, cometiendo delitos y abusos, y esos no cuentan con mi estimación, todo lo contrario, pero no puedo actuar sobre sus malas acciones y tampoco matarlos. No está en mi mano pasar facturas justas a nadie.
Todo ha estado bien, entonces; pero no me engaño, el mundo y la vida no son fáciles, todo lo contrario. O, dicho de otro modo, entre nacer o no, si me hubieran dado a elegir, habría rechazado venir al mundo (defraudar a mis padres y a mí mismo). Todos habríamos ganado.
Tengo una sospecha y una incertidumbre: ¿qué me salió mal para que ahora, a estas alturas, sea un ser segregado e invisible, abocado a la melancolía y la depresión? Intento averiguarlo aquí sirviéndome del diario, para perdonarme, si es que me considero culpable a mis únicos ojos.
La Fotografía: Dijo Albert Camus: “Después de cierta edad, todo mundo es responsable de su cara”. Es mi cara, la de un hombre de 73 años, menos un día. No sabría decir qué denota, pero me hago responsable de ella en el sentido de que no me avergüenza, solo es vieja, seca y austera y hasta diría que limpia y honesta. Sí, la asumo y me tranquiliza. Prefiero pensar que lo que he hecho en mi vida no ha sido experiencia baldía porque está en mi cara, se ha conformado al mismo tiempo que vivía y no me desagrada, por auténtica.