ADENTRÁNDOME EN LAS TINIEBLAS 44 y 2
“El bajo vientre —decía Nietzsche— es el motivo de que al hombre no le resulte fácil tenerse por un dios”. André ComteSponville
Martes, treinta de junio de dos mil veintiséis
… Ayer me contaron un cuento, que no era literario, sino una crónica hiperrealista vívida y tan sudorosa como real. Me conturbó y no me remitió a un espacio luminoso, todo lo contrario, a la oscuridad más sórdida que se cierne sobre los hombres.
“Dos hombres y dos mujeres jóvenes, los cuatro, se encontraban en un espacio orgiástico dispuestos a practicar sexo excesivo e intenso. En esto apareció un hombre solo, joven y bello, con una abusiva ventaja sobre todos los demás hombres que podían encontrarse en ese excitante espacio: una polla de dimensiones descomunales, nunca vistas por el casual cronista. Probablemente de un tamaño cercano a un brazo masculino, pero en formato genital. Inmediatamente, las dos atractivas mujeres, también espectaculares, se tensaron como depredadoras. Una de ellas se fue como impulsada por un resorte hacia el tipo de órgano equino e inició una conversación con él, palpándole el fenomenal órgano, supongo que para cerciorarse de que no era una ilusión óptica. Se separó un poco y se acercó su compañera quien hizo lo mismo. Comenzaron los prolegómenos y poco después, ambas mujeres se turnaban para introducirse el órgano nunca visto por nadie de los que presenciaron el prodigio, y ambas, al parecer, daban grandes gritos mientras tenían orgasmos explosivos (algo detonó en sus entrañas haciéndolas gozar hasta el más inconcebible arrebato). Los acompañantes, contra una pared, encogidos y olímpicamente rechazados miraban acomplejados el lúbrico y desaforado espectáculo. Al parecer, el rutilante adonis actuó con displicente naturalidad y se mantuvo en silencio todo el tiempo que duraron las maniobras en la semioscuridad, que no supimos cuánto fue porque el narrador se alejó por no sentirse aludido por lo que estaba sucediendo. El superdotado no necesitaba el lenguaje convencional porque ya contaba con una contundencia física inigualablemente expresiva, abrumadora e incontestable”.
Este relato puede parecer frívolo y sin sustancia ni profundidad; pero nada más lejos, porque dice mucho de la naturaleza humana, y también de la condición femenina, codiciosa y físicamente dotada para el exceso sexual. No así los pobres hombres “normales” o poco dotados que siempre seremos derrotados con la correspondiente dosis de risible e impotente humillación que nos será aplicada inclementemente. Queridos todos: en la dialéctica sexual masculino-femenino, el tamaño sí importa, y todo lo demás también, y mucho. En esa misma circunstancia, a un hombre normalmente dotado ni siquiera le habrían mirado. Irrita un poco que el de la “tranca” no había hecho nada para conseguir semejante privilegio de placer infinito. Probablemente lo que estoy diciendo tenga un sustrato de envidia sin fundamento, como todas.
Ah, y una cosa más, los hombres no follamos, somos follados si les conviene y como y cuando ellas quieren. ¿Quién conoce y entiende a las féminas? No lo sé, pero yo desde luego no, y a medida que las desconozco me desinteresan.
La Fotografía: Sigo instalado en la cueva tenebrosa, y aunque en la entrada de hoy parece que hablo de otra cosa, lo hago de lo mismo, de tinieblas acomplejadas y fatídicas. No creo que vuelva frecuentemente a la umbrosa cueva, como hice hace años, simplemente porque no es un espacio inspirador ni fructífero ni confortable. Hoy, cuando me he sentado a realizar mi tarea diaria, me he tropezado con algunas fotos perdidas y olvidadas en el tiempo y no me he resistido a traer una de ellas: un cerebro extirpado de un ser vivo depositado en una copa de cristal que proyecta la misma sombra tanto hacia un lado como al otro, sin ambivalencia ni esperanza. Cuando planeé y realicé esta fotografía no atisbaba la luz por ningún lado: solo la ambigüedad de las tinieblas.