DIARIO DE ENVEJECIMIENTO 73.1
“Qué tristes fueron esos años, tener el deseo y la necesidad de vivir, pero no tener la habilidad”. Charles Bukowski
Jueves, veinticinco de junio de dos mil veintiséis
Siempre me ha hecho reír y pensar y disfrutar la escritura de Charles Bukowski, y también la he admirado por certera, lúcida e inspirada. Desde los años ochenta ha sido uno de mis escritores preferidos. En mi reciente inmersión en la vida y obra de Leopoldo Panero, a quien también admiro, vi un programa de libros de TVE en el que Sánchez Dragó, tan erudito y engreído como de costumbre, comparaba a Panero con Bukowski para concluir, con la superficialidad propia del soberbio, que el primero tenía talento y el segundo no. Acertaba con Panero, pero se equivocaba gravemente con Bukowski. Seguramente muchos doctos pensarán lo mismo que Dragó. Yo no: admiraba mucho al escritor estadounidense.
De cualquier modo, ahora los tres están muertos. A los dos poetas se les recordará durante muchos años; al otro, el de la tele, no tanto.
Cuando fui joven intenté leer Gárgoris y Habidis (1978), su obra temprana y ya estelar, pero abandoné la lectura vencido por el aburrido sueño que me provocó el intento. No obstante, al parecer, el ensayo, además de interesante fue obra mayor; pero es que yo nunca he sido un lector exquisito. Me falta inteligencia, criterio y concentración. A esta edad ya tendría que haber aprendido, pero no, sigo anclado en mis defectos lectores de toda la vida.
Otro día en el que la entrada se me está yendo de las manos ¡y qué más da!
Acabo de volver de mi paseo diario (son las nueve y media y ya he desayunado), y cuando me he sentado a escribir no sabía de qué. Ahora, media hora después, tampoco. Pero lo hago y lo haré, como todos los días. De viejo ya solo puedo hacer eso, escribir y languidecer, y al contrario.
Dragó, murió a los 86; Bukowski, a los 74; y Leopoldo, a los 65, muy tarde, fue el último de todos ellos (la familia), a pesar de la malísima y precaria vida que llevó. Dragó y Bukowski follaron mucho, según dicen y dijeron ambos; Leopoldo, no, pero hizo a todo, el género carecía de importancia (probablemente tenía razón).
Al final, la percepción de la vida sexual depende de cómo sea en la edad terminal; seguramente, si como es lógico en la vejez, tu cuerpo ya no interesa a quienes fueron objeto de tus deseos en vida (en la vejez no se vive, solo se espera a la muerte) tendrás la sensación de que tu vida sexual ha sido una mierda porque ya has olvidado los buenos polvos que supuestamente echaste (siempre tan insuficientes). El recuerdo será amargo como el desengaño. Eso es lo que me pasa a mí, pero habrá tontos o fantasiosos creyentes (es lo mismo), que piensen que su vida sexual fue intensa y que se han realizado plenamente en esa necesaria actividad, cuando eso es, un oxímoron imposible en sí mismo. No puede ser, porque nada hay más efímero en la memoria que el sexo, bueno o malo (el malo no tanto porque los malos recuerdos no se olvidan) …
La Fotografía: El deseo que no se alcanza en la vejez I., de la estupenda serie El marginal (2016), de Sebastián Ortega