Diario de un hombre Invisible: 12
“A nadie le importa lo que tú sientas. A nadie le importa lo que sienta el médico, lo que sienta el bombero, lo que sientan el soldado o el dentista. Y a nadie le importa lo que tú, actor, puedas sentir. Lo que se espera es que desempeñes tu cometido, que consiste en hacerte presente y decir tu texto, interpretando tu papel de modo que el público pueda entender la obra”. David Mamet
Domingo, doce de abril de dos mil veintiséis
Ayer, sábado, tenía teatro por la tarde, en el Teatro de Rojas, de mi ciudad…
Ni siquiera me acuerdo ya de lo que hice por la mañana: no paseé, pero sí fui al Súper (Mercadona).
Me duché y me arreglé un poco, no mucho, como para ir al teatro en mi pequeña ciudad. Salí de mi casa a las seis y cuarto, caminé hasta la puerta del teatro por el camino más directo. Llegué frente a la puerta a las siete menos veinte. Hice algo de tiempo y entré, busqué mi localidad: palco de platea número dos, butaca uno, al ladito mismo del escenario. Las otras dos localidades del palco no las ocupó nadie. Vi la representación como si estuviera en la sala de mi casa, solito, pero en vez de sillón largo, en una silla corta, pero mullida.
La representación: American Buffalo (1975), de David Mamet, que ya vi en algún momento del pasado, pero que no recordaba apenas, en un estado de plena satisfacción, encantado con lo que sucedía en el escenario. A veces me reí con ganas. Puro gozo teatral.
Antes de empezar, sentado en el palco, con el patio de butacas ligeramente debajo, fui observando los espectadores que iban llegando, y, una vez más (siempre me ocurre), constaté que no conocía a nadie, ni remotamente, y eso que muchos eran contemporáneos míos. Lo mismo me ocurre cuando camino por las calles. A veces dudo que haya nacido y vivido siempre en esta ciudad, tantos años ya. Nadie me recuerda, será porque soy invisible, me digo; pero es que a mí me pasa lo mismo con ellos, tampoco conozco a nadie y sus caras se confunden unas con otras, como emborronadas. Eso tiene una ventaja, cuando me vaya, no lo sentiré porque no me tendré que despedir con tristeza de nadie; y a ellos les pasará lo mismo conmigo, nadie se acordará de que viví cerca de ellos. O, dicho de otro modo, es como si no hubiera existido nunca.
La Fotografía: Los intérpretes, Israel Elejalde, David Lorente y Roberto Hoyo, magníficos los tres, en el momento de saludar y cosechar los aplausos merecidos que les debíamos, porque es una obra de actores y ellos pusieron mucha carne y talento en ella. Alguien ha escrito sobre esta obra, creo que pudo ser Ignasi Vidal, con penetrante brillantez y hálito poético:
“Una pieza única sobre el poder de la mediocridad
Empujados por el sistema a terminar con el sistema
Un contundente blues sobre la suerte esquiva”.
Para mí, resultó fascinante, eléctrica, convulsa; ocurrente e inteligente; con unos diálogos que los actores expresan a borbotones porque les salen de las mismas vísceras. Personajes torrenciales e incontenibles, de una autenticidad e inmediatez vivencial caótica y dramática al mismo tiempo porque están luchando por la supervivencia. Náufragos en un mundo difícil en el que cada día supone para ellos un reto de una altura insuperable. Teach (Elejalde), confiesa al final, que cada día sale a la calle a buscar, pero nunca encuentra porque en la calle no hay nada para él.