12 JUNIO 2026

© 2026 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2026
Localizacion
Toledo, Corpus 2026
Soporte de imagen
-DIGITAL 4000
Fecha de diario
2026-06-12
Referencia
11541

La vida superflua 13 y 5
«A aquel que tiene fe, ninguna explicación le es necesaria. Para uno sin fe, ninguna explicación es posible». Santo Tomás de Aquino
Jueves, cuatro de junio de dos mil veintiséis

… Después de la Plaza del Ayuntamiento, volví sobre mis pasos por la calle de Arco de Palacio, giré a la derecha y tomé la calle del Hombre de Palo, insuperable nombre muy literario porque no se refiere a una condición existencial, psicológica o biológica; sino a una leyenda que se forjó en torno a un artilugio masculino que creó Juanelo Turriano, ingeniero e inventor italiano naturalizado español. Acompañó a Carlos I al Monasterio de Yuste. No sé cuál fue la causa, quizá porque fueran amigos.
Construyó un complejo ingenio para subir el agua del Tajo hasta la ciudad. Dice un azulejo colocado en una fachada de la calle homónima: “Por esta calle paseaba el autómata de madera construido por el relojero de Carlos V, Juanelo Turriano, ante el asombro y perplejidad de la muchedumbre”.
Al llegar a las cuatro calles decidí girar a la derecha y bajar a la catedral por la calle Chapinería. Tuve que esperar cola para acceder ya que se encontraba abarrotada de gente para asistir a la solemne misa mozárabe, como es tradición.
Di una vuelta con dificultad por el crucero y las dos naves laterales donde cientos de personas nos agolpábamos, sin orden ni concierto. Para ordenar el tráfico de los que éramos muchedumbre había unos hombres jóvenes dotados de autoridad y determinación (no sé si también criterio).
Los de mayor dedicación a la causa ocupaban toda la bancada repartida por el templo y los huecos en la base de los enormes pilares de las arcadas. Había bastantes ensotanados moviéndose por el interior: curas, frailes, monjas y todo tipo de fieles de a pie, con las mismas sotanas, pero íntimas, camisas a cuadros ellos y vestidos de flores ellas.
Miré con suma atención las expresiones de las gentes por si vislumbraba algún tipo de luz interior que aflorara a sus pupilas; o que la intensidad de sus oraciones floreciese en sus expresiones; o una paz en todo su ser proveniente de la inmarcesible fe que habitara en su alma; pero que va, no vi nada de eso, sino casi todo lo contrario, un cierto e inexpresivo aburrimiento. Nada de todo aquello me aludía ni me inspiraba. Decidí largarme antes de que la cosa pasara a mayores y me atropellara la misa mozárabe.
La Fotografía:
De vuelta, lo hice por la misma calle Chapinería que desemboca en la plaza Mayor, en la que se encuentra el Teatro de Rojas. Las escalinatas estaban abarrotadas de gente que todavía tendrían que esperar casi dos horas para que llegara la procesión, precedida por briosos caballos calzados, montados por impresionantes y temibles policías nacionales (antes eran guardias civiles de más colorido, con tricornio y todo). De ahí, girando a la izquierda, tomé la calle Martín Gamero para llegar a las Cuatro Calles (en la foto), subí por la calle Comercio hasta Zocodover, y de ahí, bajé por la calle de las Armas hasta el paseo del Miradero, desde donde me escabullí discretamente por la pronunciada cuesta escalonada hasta el Puente de Alcántara, y así, despacito y en silencio, hasta mi casa, a la que llegué en torno a las once y media. Este año no he visto el espectáculo procesional, calles arriba y abajo.

Pepe Fuentes ·