La vida superflua 11 . 4
“No hay amor más sincero que el amor a la comida». George Bernard Shaw
Lunes, seis de abril de dos mil veintiséis
… Desde luego, dependo de la comida por encima de todo lo demás: la libertad, el amor romántico, el sexo arrebatado, el arte, la cultura, los parentescos, la amistad, el dinero, la risa, la lealtad, la conmiseración, y todo lo que imaginar se pueda. Pero no cuido a mi amor total atendiéndolo con entrega incondicional, respeto y prodigalidad. Me alimento sin gusto ni consideración, descuidadamente, profanando el sacrosanto deber hacia mí mismo y a los alimentos que como. El otro día afirmaba aquí que mi hijo es un gourmet; menos mal que al menos en mi estirpe, por fin, ha surgido, en la línea sucesoria directa, un miembro que ha colocado ese auténtico valor en el lugar que le corresponde. Gracias a él, los Fuentes estamos salvados de una ignominiosa traición a la naturaleza humana.
Y por qué suelto este farfulleo precisamente ahora, en pleno relato de la pasión (otro modo de llamar enaltecidamente a una brutal y simple tortura), muerte (al parecer, puede que histórico) y resurrección y ascensión a la gloria, al parecer, pero que tan solo es un mero relato literariamente metafórico que ha mantenido su éxito durante dos milenios. Sencillo, lo hago en aras de defender una verdad tangible e incontrovertible: el ser humano en general no sería capaz de soportar el hambre por una abstracción religiosa (salvo los santos, pero ellos son excepciones, probablemente metafóricas también).
En ese sentido, yo, el más humano entre los humanos, fui incapaz de emocionarme viendo la representación procesional de la pasión y muerte por las calles de mi ciudad, a pesar de su carga simbólica de uno de los pilares de nuestra cultura. Si me hubieran dado elegir entre ver esta escenificación máxima de la emotiva creencia (Jesucristo sacrificado y la Virgen doliente) y comer al menos dos exquisitas torrijas con leche y miel (opciones excluyentes, en el supuesto); habría elegido las torrijas, sin dudarlo y sin ni siquiera por hambre, solo por complacer al amor sincero de mi vida: la comida.
En la plaza estábamos cientos de personas, incluso mil, y por las calles muchas más, y esperábamos para ver pasar una lujosa, aunque tristona, exhibición material de las creencias; eso sí, con acompañamiento musical de tambores, trombones y platillos.
Aguante estoicamente dos horas; el resto de esas personas, igual, pero ellos, seguramente crédulos y reverenciales, aunque sin exageración. Hasta aplaudieron en algunos momentos, pero no supe por qué.
La razón, me parece: los seres humanos necesitamos un relato con todos los atributos idealizados imaginables para elevarnos sobre nuestra condición de seres trágicamente condenados a morir; y eso también pertenece al lado espiritual del ser humano; aunque, simple y objetivamente, sea mentira.
Menos mal que, el cuerpo teórico y conceptual al menos es buena literatura filosófica: la biblia y el nuevo testamento son dos grandes obras de la creación humana ¿qué sería de Dios sin las libres y exaltadas interpretaciones humanas? Nada, porque no existiría para la consciencia. Reconozco esos valores indudables y emocionales; pero no son suficientes para que crea en el fondo y sentido trascendente de la historia. Y mucho menos que esa creencia pueda salvarme de nada.
“La civilización judeocristiana se construye sobre una ficción: la de un Jesús que nunca tuvo más existencia que la alegórica, metafórica, simbólica, mitológica. No existe ninguna prueba tangible de este personaje en su tiempo: en efecto, no se ha encontrado ningún retrato físico, ni en la historia del arte que sería su contemporánea ni en los textos de los Evangelios, donde no hay ninguna descripción del personaje. Más de mil años de historia del arte le han dado un cuerpo de hombre blanco, un rostro de mirada clara, cabello rubio y una barba bífida, es decir, criterios que informan más sobre los artistas que lo figuran (en el sentido etimológico: que le dan una figura) que sobre el personaje mismo. En el arte occidental, Jesús adquiere efectivamente el cuerpo del ario braquicéfalo que lo pinta. Pero nada de lo que constituye el retrato emblemático encuentra justificación en un solo versículo del Nuevo Testamento, mudo sobre su aspecto físico”. Michel Onfray (Decadencia)
La Fotografía: Cuando pasó este paso (no sé si quedaban más), me largué a mi casa a tomar una improvisada cena de mierda. Una vez más traicionando a mi verdadero amor: la comida.