Diario de un hombre lejano 1 y 3
“La soledad no nace porque uno no tenga a nadie a su alrededor, sino más bien porque las cosas que a uno le parecen importantes no puede comunicarlas a los demás”. Carl Jung
Domingo, diez de mayo de dos mil veintiséis
… Sí, lo que dice Jung, puede que sea cierto, y si yo necesitara real e imperiosamente contar a los demás lo que pienso y siento, constatando que soy escuchado, me sentiría bastante frustrado. Es difícil porque nadie escucha a nadie (a no ser que pagues a un buen psicoterapeuta). A veces tienes suerte y tienes un buen amigo que sí, que te escucha, y cuando eso sucede como en mi caso, lo elevas a la categoría de hermano.
Además, me he creado un recurso de seguridad, un amortiguador de golpes violentos de consecuencias imprevisibles: este diario. Sencillo ¿no?
Aunque no tanto porque, aunque a priori controlo el recurso, puede darse la circunstancia de que me autoengañe. Escribía Dostoievski: “Hay cosas que una persona no cuenta a nadie, otras que solo se cuenta a sí misma en secreto, y otras que “tiene miedo de decirse incluso a sí misma”.
Pero bueno, mejor un diario que nada; siempre y cuando no sea para guardarlo en un cajón; sino que se hace necesario mantener la expectativa de que se leído, aunque realmente no lo sea, pero eso, en definitiva, es secundario o carece de importancia.
Vuelvo al proceso de gestación y desarrollo del PPV (Plan de Plenitud Vital): En el periodo experimental he ido haciendo catas en mi cuerpo por si detectaba tensiones psicológicas, o dolores, o ansiedad, o tristeza o enfermizas palpitaciones; pero no, afortunadamente, mi cuerpo ha respondido con exactitud y eficacia: lo he percibido relajado y satisfecho.
El asunto existencial que tantos quebraderos de cabeza me ha ocasionado siempre, parece solucionado, me daré el alta, me he dicho con una amplia sonrisa autosuficiente.
He tenido que hacerme viejo de verdad para entrar en un remanso de paz, que solo podrá ser alterado por la enfermedad; y si no, pues nada, hasta el centenario feliz…
La Fotografía: … Paseo (de vuelta, de ayer). No me encontré a nadie caminando, pero sí algunas furgonetas y todo terrenos de agricultores de la zona. Los encuentros consistían en que antes de cruzarme con ellos, me apartaba al margen del camino, ellos pasaban y me saludaban con la mano por la cortesía. Eso me gusta, los buenos modos entre desconocidos me parecen gestos estimables y educados, propios de gente civilizada. Cuando todavía me quedaban entre uno y dos kilómetros para terminar el paseo y llegar a la Posada Rur…, donde había dejado el coche, las negras nubes de la foto de ayer y la de hoy, empezaron a soltar agua, poca por el momento. Sentí un coche a mi espalda, enseguida me aparté, pero paró a mi altura. Un hombre mayor bajó la ventanilla y me preguntó si quería que me llevaran (iban dos); les dije que no, que no se molestaran; insistieron diciéndome que si no subía al coche me empaparía. Acepté agradecido, tampoco era cosa de desairar su gesto. Cien metros más adelante el chispeo inicial se convirtió en lluvia torrencial (claro que me habría empapado). Ellos sabían, eran de campo, yo, aunque lo frecuento y me críe en él, la experiencia no me ha cundido. Durante el corto viaje charlamos sobre cosechas, cañadas reales (por donde íbamos) y otras cosas de las que ya no me acuerdo. Les agradecí sentidamente el favor que me habían hecho.