Diario de la Soledad 13 y 5
«Nada de cuanto acontece a mi alrededor me interesa. Ni siquiera me intereso yo mismo». Fernando Aramburu
Domingo, veintiséis de junio de dos mil veintiséis
… A ver, dije ayer, que me encontré a dos mujeres con cuatro perros, ya en las proximidades de mi casa, frente a la estación de ferrocarril.
Solo conocía a una, de la que escribí hace ya uno o dos años, me parece, para contar que esa mujer de en torno a 68 años, pongo por caso, un día en la senda del río, nos divisamos a lo lejos de forma que, si seguíamos avanzando en las direcciones contrarias que llevábamos, acabaríamos provocando un encontronazo. Esa posibilidad a ella le debió parecerle aterradora, se dio bruscamente la vuelta y comenzó a huir deprisa en sentido contrario. Yo, sin embargo, que podría haber hecho lo mismo; no lo hice, aunque me pasaba lo mismo, porque ella se adelantó valiente y gentilmente. Seguí caminando elegantemente hacia adelante, sin tener que poner en evidencia mi prevención reactiva. Se lo agradecí.
Sin embargo, hoy, el encuentro ha sido súbito, sin escapatoria posible. Por lo que sea, automáticamente he decidido ser muy, muy simpático (quizá porque tenía un buen día y además oía los Relatos de diván, de Gabriel Rolón, que me estaban encantando y emocionando y todo al mismo tiempo).
Nos hemos preguntado por nuestras vidas, y yo, claro, he dicho que nada había cambiado en la mía, que las constantes vitales eran estables y que no preveía ninguna crisis a corto plazo. Que seguía “tranquilamente solo con mi vida”.
Ella (no me acuerdo de su nombre), me ha dicho que había sido abuela y que además le tocaba cuidar a su nieta dos días a la semana, en otra provincia, además (me pareció espeluznante). No me acuerdo si la he felicitado por su nieta, seguramente no lo hice porque no me parece cosa que sea para tanto.
Miraba y miraba a esa mujer y me parecía inaudito lo descuidada que la veía: muy despeinada, vestida de cualquier modo y con sus carnes ajándose a ojos vista.
Sin embargo, contaba el excelente estado de ánimo en el que se encontraba y las iniciativas sociales que mantenía junto a su pandilla de mujeres solas, engañosamente acompañadas. Hacían viajes colectivos siempre de interés selectivo (enseguida irán al norte de Italia, al parecer). Me preguntó que si viajaba a lo que contesté que cada vez menos porque me cansa mucho viajar solo. Ella dijo que en internet hay grupos de intereses para todo y todos, de todo tipo: culturales, lúdicos, deportivos, geográficos, ornitológicos… yo qué sé, muchos y muchos más; y que, quien está o viaja solo es porque quiere.
Ya, dije yo, pero es que a mí la gente no me gusta; o mejor, pensé, solo me gusta quien me gusta y no suelen ser desconocidos.
Esas fueron, a grandes rasgos las cosas de las que hablamos, todas previsibles. La otra mujer, solo escuchaba y a veces se reía con las sosas gracietas que hacíamos mi conocida y yo. No me gustan esas conversaciones ocasionales, plagadas de lugares comunes y simplezas variadas; pero es que hoy me sentía estupendamente. Seguí mirando a esa mujer y reafirmándome en lo poco que me gustaba, me pareció sentir que hasta me caía fatal, sin motivo, pero esa era mi sensación de la que ella no tenía la culpa, solo era cosa mía.
La Fotografía: Antes de despedirnos quedó claro que yo no haría absolutamente nada por integrarme en ningún grupo de intereses y tampoco con nadie; y ella (la otra también), seguirían encantadas haciéndolo. Su despedida fue a modo de imperativo categórico: ¡hay que socializar! Y yo pensé ¡y una mierda!