Impresiones cansadas y Automatismos sin sustancia (1)
“Hay otras relaciones distintas a lo real que el espíritu puede alcanzar, y que son también primarias, como el azar, la ilusión, lo fantástico, el sueño”. André Breton
Domingo, trece de septiembre de dos mil veintiséis
Nuevo capítulo de diario. Se me ha ocurrido mientras rodeaba la ciudad y los viejos proliferaban por doquier, iban y venían, mientras que la ciudad estaba quieta, al fondo y al norte.
Qué poco me gustan los viejos; y menos todavía las viejas.
Le tengo fe a esta nueva ventana en el diario, ahora que todo él agoniza. Quizá, las impresiones y los automatismos me vitalicen, y da igual que estén cansadas y vacíos de sustancia. Lo importante es cerrar los puños, fijar la mirada al frente y caminar incesantemente. Tal vez, no lo sé. Ya no sé nada.
Nada va a suceder ya. Ni falta que hace.
Mis dos mejores amigos me han dicho que hay que estarse quieto y no desear nada ni moverse en ningún sentido. Me he sentido como el aborigen que se retira a la montaña a dejarse morir. Sí, porque yo me fío mucho de mis amigos y ellos quieren lo mejor para mí; aunque luego, haga otras cosas, faltaría más.
Uno de ellos hace gimnasia dura, esforzada (también hace otras cosas); y me pregunto, si ya ninguna mujer acariciará su tensa musculatura impostada, porque es de viejo, para qué lo hace. No se lo pregunto porque no quiero quitarle la ilusión de ser un forzudo. Además, nunca se sabe dónde se encuentra la delicada flor de la felicidad y la autocomplacencia.
Mi otro gran amigo cría maravillosos perros caniches, es decir apuesta por la vida, aunque sea canina. Es paradójico porque está decepcionado con su provecta edad, en la que ya no se sienten vitalismos y menos traer nuevas vidas al mundo. Pero tampoco le digo nada, no vaya a ser que se desanime. Ellos y yo ya no estamos para desfallecimientos existenciales porque tenemos el alma pendientita de un hilo.
Yo, hoy, sin ir más lejos, tenía que haber conocido a una mujer nueva en mi vida; pero ni ella ni yo nos hemos animado; ella se ha excusado diciendo que estaba resfriada (con más de treinta grados en el ambiente, luego seguramente no era verdad); y yo lo he dado por bueno ¿qué podía hacer? Nada.
Al rodear mi ciudad, por la otra orilla del río, me he cruzado con gentes de todo tipo (no muchos); hasta una pareja de viejos cogidos de la mano (a mí me encantaría pasear con una vieja de esa guisa, pero ellas no quieren, y hacen bien).
Una mujer entre la madurez y la vejez, con la que también me he cruzado y he mirado, claro, llevaba una gorra de visera y al cruzarse conmigo ha inclinado ligeramente la cabeza sustrayendo su mirada a la mía. Esas gorras son un gran recurso táctico, porque con un ligerísimo movimiento de cabeza hacen desaparecer ojos y miradas.
La Fotografía: En el kilómetro cero del rodeo a la ciudad, está este restaurante que llevo viendo desde que vine a vivir a mi barrio, hace 63 años (La Cubana, todavía recuerdo la imagen del propietario: un hombre voluminoso y cubano, según creo recordar). Es fronterizo, justo en la línea divisoria entre la ciudad y la lejanía. Si decides escapar en tren para siempre y cruzas el puente Alcántara, te lo encuentras de frente y es lo último que ves de mundo anterior y lo primero del mundo futuro. Lleva muchos años cerrado. Ahora me acuerdo de que he pasado frente a él miles y miles de veces; aunque solo estuve dentro una vez, cenando. Me acompañaba una mujer y ambos sabíamos que después tendríamos sexo. La cena fue espantosamente mala (increíblemente, me acuerdo de que tomé merluza). Nunca fue un buen restaurante. El polvo posterior tampoco fue memorable. Una noche aciaga. De eso hace ahora cuarenta años. De la foto solo unas horas.