Me acuerdo de la romería de mi adolescencia (2)
“En eso se manifiesta el mediocre: en que, cuando el destino ha hecho lo imposible para configurarle individualmente, él sabe refugiarse, a cualquier precio, en lo típico”. Arthur Schnitzler
Viernes, uno de mayo de dos mil veintiséis
… Nuestro único horizonte era echarnos novia y un poco más adelante casarnos y seguir dando vueltas a la noria del más asfixiante provincianismo. Soñábamos conque, un poco más adelante y gracias a la mayor edad, todo se solucionaría, pero era mentira. Todavía no sabíamos que nada se soluciona nunca (cada edad tiene su quimera y su pesar).
De hecho, todos aquellos buenos chicos, nos hundimos en la invisibilidad de infantiles noviazgos (todos nos echamos novia enseguida para salir del atolladero y el estupor). Que recuerde ahora, a muchos, casi todos, nos pasó eso. Éramos niños que de nada sabíamos, pero pensábamos que esas uniones a destiempo nos otorgaban una madurez de la que, por supuesto, carecíamos. Tampoco nos advirtió nadie, sencillamente porque lo ignorábamos todo, todos. Y no, visto ahora, no me parece que la equivocación sea un buen método de aprendizaje, aunque quizá no había ni hay otro.
Desmontamos la pandilla de la mano de nuestras prematuras novias «para siempre». Eso me dijeron.
Seguimos con nuestras vidas con sesiones dobles de películas y palomitas, y torpes manoseos en bancos de los parques, cuando caía la noche.
Nunca supe de ninguno de aquellos provisionales amigos se fuera de la ciudad, pero desaparecieron de calles y bares y cines y de todo lo que supusiera inquietudes vitales, más allá de nuestro corto alcance.
No los he vuelto a ver, salvo alguna excepción intranscendente que no dio para mucho más de un saludo de compromiso. Ni siquiera nos preguntamos cómo coño habíamos evolucionado (mal, seguro, luego para qué hablar de ello).
Sin embargo, yo seguí moviéndome por la ciudad en ambientes culturales, nocturnos y festivos a lo largo de muchos años y nunca me encontré con ninguno de ellos. Supuse que se habían hundido en las tinieblas de pusilánimes y tediosos matrimonios (no supe de ninguno que se fuera de la ciudad, salvo uno, pero por imperativos familiares y no por decisión propia). Lo cierto es que ni lo sé ni me importó nunca. No los busqué… realmente no fuimos auténticos amigos… aunque sí arquetipos de lo que no deberíamos haber sido nunca… ¿reniego de mi niñez-adolescencia-juventud? Sí, sin duda ni paliativos. Hay gentes que dicen que fue la mejor época de su vida; yo afirmo que fue la peor, como ninguna otra. Un puto infierno.
La Fotografía: Ahora, tantos años después, pienso que, si a mí pudo salvarme algo en aquellos oscuros años, fueron mis inquietudes culturales y creativas sin talento, no el matrimonio que tan solo fue una circunstancia temporal, aunque muy favorable para mí porque mi mujer de aquel tiempo me cuidó más de lo que merecí. Este campo áspero siempre fue el mío, en el que nací y en el que he vivido siempre. A lo largo de toda mi vida he procurado relacionarme con él fotográficamente, creando imágenes propias que tuvieran que ver con mi manera de ser y estar. Ocho o diez años después de aquellos tiempos balbucientes, frecuentaba el campo donde hoy se celebra la romería, pero para fotografiar performances que se me ocurrían a borbotones, automática e imperiosamente, como la fotografía de hoy. Y menos mal, porque si no me habría muerto por consunción.