Diario de un hombre Invisible: 13
“Puede que con la edad el deseo sexual decline, pero he aprendido que la líbido, como Elvis y los celos, nunca mueren”. Hanif Kureishi
Martes, veintiuno de abril de dos mil veintiséis
… Los lunes son terribles como si fuera a morir mañana y venturosos porque es como si naciera otra vez. Quizá nací en lunes (lo comprobaré: no, fue martes, hoy, precisamente).
Se me han quedado atrás varios días, de los que no he dado noticias: lo haré.
El viernes, no me acuerdo, aunque sí, también lo he comprobado, escribí una entrada sobre ese día. No sé para qué sirve el diario si lo que escribo se me olvida; aunque bien mirado tiene sentido: lo hago para que la Nada no acabe conmigo por consunción y pueda ir disfrutando del proceso despaciosamente. Todo acabará finalmente en un paisaje apocalíptico y distópico y yo seguiré escribiendo, aunque tan solo sea para negar la realidad aceptándola y negándola, que es otra forma de estar y ser, o al revés. Una y otra vez, y así hasta el final.
El sábado, hice algunas tonterías: compré plantas (dos veces en estos días) para tener la residencia de verano de mi clausura “florida y hermosa”. La tontería consiste en que voy a un vivero, compro plantas en flor, lozanas y hermosas, me gasto cien euros, las llevo a mi casa, las planto en mis jardineras, pongamos a las doce de la mañana; y, nefasto prodigio, a las ocho de la tarde ya están mustias, y el día siguiente secas. ¿Qué lleva a mis plantas a suicidarse colectivamente? Solo puede ser por una razón existencial: no soportan ni mi clausura ni a mí. Prefieren morir, antes de que se me ocurra hablarles para hacerme amigo suyo, según dicen los fitófilos y los memos que hay que hacer. Hoy me ha dicho mi hermano que hay que protegerlas del sol, según de qué clase sean (menos mal que siempre me quedará mi hermano Armando).
Por la tarde sentí una especie de hormigueo, una inquieta vibración, una imperiosa necesidad. Detecté nítidamente la causa: sexual. Necesitaba follar imperiosamente. No era mi conciencia (sin S); tampoco necesidad de amor romántico y desde luego de nada tan natural y entrañable en los mamíferos como el abrazo a otro igual, en mi caso, mujer, soy heterosexual, para mi desgracia.
No que va, era algo más imperiosamente físico, servidumbre orgánica o como coño quiera llamarse. No tenía solución, salvo acudir al mercado (es el último recurso de los viejos repudiados hasta por las mujeres y las plantas), pero tampoco estaba dispuesto al esfuerzo, a fin de cuentas, eso podría ser una insalvable y cutrísima molestia. Me aguanté.
Me pregunto: ¿es normal sentir ese desasosiego fisiológico a mí edad? No lo sé, pero a mí me pasa, luego no, no debe ser normal, o sí. “El amor ha terminado. Regreso al sexo químicamente puro”. Jorge Martínez (Ilegales)
La Fotografía: Después de la tormenta represiva y primaveral (debe ser por eso, por la primavera); haraganeé en mi sillón y me dije: –joder, no me apetece acostarme, así, frustrado- Decidí ir a tomar una copa (hace meses que no lo hago). En el bar al que solía ir, en el que bailotean los viejos y los feos (también lo hacen las feas y las viejas), no había nadie digno de una mirada de pobre como la mía: cuando faltan recursos de supervivencia básica. Me senté en una mesa, desde dónde hice esta estudiada foto de claroscuros (visible ella, que no estaba mal; desenfocado el maromo). Me tomé despaciosamente la copa mientras observaba un corro de mujeres que bailaban alegremente, como si no pasara nada malo en sus vidas. Una de ellas, inmensamente gorda y desacomplejada, movía las anchas caderas y sus gordas nalgas, debajo de un amplísimo vestido floreado. Sus movimientos eran sensuales e incitantes, eróticos casi (era un gusto verla, aunque no me suscitara sueños lúbricos). Solo por ese espectáculo mereció la pena salir. De cualquier forma, como hombre invisible que soy, nadie se percató de mi presencia ni de mi concupiscencia. Harto de estar harto, decidí largarme. A las dos de la madrugada dormía en paz y sin culpa.