DIARIO ÍNTIMO 143 y 4
“Cicerón tiene razón: la amistad no puede darse más que en un ínfimo puñado de individuos, y son pocos los casos que se dan en un siglo. Pero sabemos al menos que la amistad es posible, y eso es lo que define un ideal”. Michel Onfray
Jueves, siete de mayo de dos mil veintiséis
… Les dije a mis amigos y a mi mujer (todavía lo es, aunque de hecho no lo sea, y eso no sé si es gracioso o lamentable; lo pensaré), que probablemente era nuestra última y feliz reunión, porque ya estoy en un avanzado estado de descomposición. Ni caso me hicieron. Pero yo sabía lo que me decía.
En cuanto a Naty, que estaba porque era tan amiga de ellos como yo, ahí sigue, lo mismo que yo, compartiendo momentos a veces, aunque ya no nos toque porque desde hace años estamos separados, viviendo cada uno por su lado.
En su caso no lo sé; pero en el mío no ha sido natural cortar el contacto porque a pesar de buscar y buscar no he encontrado una mujer adecuada y deseada para sustituirla (a mí me gusta ese dudoso asunto de la vida en pareja, aunque ahora ya sea difícil construir proyectos y erotismo). Les decía a ellos que, ahora, lo que yo quería era una relación clásica, conservadora y apacible, alejada de las urgencias vitales. Sí, pasear agarrados de la mano o del brazo despacio manteniendo tranquilas conversaciones y sentarnos a merendar un té con pastas al calor de la mutua compañía. Nada de locas aventuras. Ellos se reían de mí ¡¡¡son tan jóvenes!!! Que no podía tenérselo en cuenta.
En cuanto a la relación mutua con Naty, a fin de cuentas, después de treinta años, es imposible negar forzadamente lo que hemos sido el uno para el otro.
Formalmente no nos hemos divorciado. Todavía.
Critiqué recientemente a mi escritor preferido (Manuel Vilas), porque, después de su novela Islandia, donde relata la separación de la que fue su mujer (iniciativa de ella, como me pasó a mí), se refugia en la posibilidad de amistad con su ex, al menos como perspectiva cariñosa de protección en el futuro (eso, a priori, no fue mi opción). Me pareció un apaño cutre y cobarde por no atreverse a salir a cazar leones fuera de tiempo: él también tiene diez años menos, como mis amigos, y eso ya es tarde, me parece.
Quizá sea lucidez e inteligencia vivencial por su parte, no lo sé, pero a mí no me gusta. Curiosamente, los acontecimientos y el devenir nos está llevando por los mismos derroteros a nosotros; pero a pesar de todo, lo que Vilas califica como un gesto elevado de la buena y compasiva naturaleza humana; a mí, más bien, me parece impotencia para conseguir armar una nueva y prometedora realidad.
Por no conseguir refutar de verdad a Vilas, todo lo contrario, y, probablemente, en el colmo de la contradicción, Naty y yo, tenemos previsto hacer un viaje juntos a finales de este mes.
Tendré que revisar todo esto y puede que empiece por sustituir a Manuel Vilas por Enrique Vila Matas como escritor de cabecera, por lo del parecido de sus apellidos, y porque como yo, se cuenta su vida, aunque Vilas también.
De vuelta, cerca ya de donde tenían el coche Armando y Mamen, pasamos frente al apartamento donde vive Naty. Nos invitó a entrar para enseñárselo a ellos. Les encantó, es pequeño pero moderno, bonito y pulcro. Tiene su sello personal y como es una esteta, todo estaba bien.
Seguí con ellos hasta que partieron, no sin antes darnos un fuerte abrazo y besos. Seguí caminando hasta mi casa. Estaba cerca. Me tumbé a descansar de un día pleno de emociones y placeres.
La Fotografía: Mis amigos y yo, después de hacer unas fotos, continuamos paseando de vuelta, despacio y contentos. Atravesamos un mercadillo medieval en el Paseo de Recaredo y a la salida del mercadeo bufo, volvimos a fotografiarnos, esta vez los cuatro. Quizá sea la última, eso lo sabía yo, pero ellos no.