DIARIO DE MI FELICIDAD 19.1
“La celebración de lo propio permite que cada uno resulte ante sus propios ojos más satisfactorio y estimable, lo cual constituye una parte esencial de la felicidad”. Erasmo
Sábado, veintiuno de febrero de dos mil veintiséis
Ayer tenía un plan: ir a Madrid, al Museo Thyssen; también, tal vez, a la Fundación Mapfre, o la Caixa, a ver una exposición de Matisse (esta última habría sido una improvisación, porque me enteré por la calle); no lo conseguí porque no había entradas disponibles hasta por la tarde.
Tomé un -tren de la muerte- a las 9:25, que no descarriló ni nada. Es un tren que para bien de los toledanos circula lento.
Detrás de mí, una mujer abrió su despacho móvil (y su corazón) y se dedicó a gestionar distintos encuentros que tendría en Madrid a lo largo del día, incluidas actuaciones profesionales frente a cámara de TV, en algún programa cultural (presentación de un libro, o algo así, dijo). Hablaba con sus interlocutores con seguridad y fluidez. Mi curiosidad de cómo sería esa mujer físicamente fue aumentando a medida que la oía resolver asuntos con solvencia. En algunas conversaciones, supongo que con gente de confianza, contaba los múltiples problemas que tenía con tres hijos jóvenes (esa información acotó su edad: entre cuarenta y cincuenta, pensé). Concretamente a su hijo pequeño (adolescente), lo había tenido que sacar de la cama a empellones, meterle en el coche y llevarle al instituto por las malas (según informó al interlocutor, ese no era el plan de su hijo para el viernes). Esas divergencias familiares la tenían fuera de sí.
En el colmo de la desgracia, el niño tenía a un perfecto imbécil como padre (esa circunstancia es altamente perjudicial y contraproducente para casos parecidos), porque cuando llamaba al papá de la criatura para quejarse, él solo contestaba: ja, ja, ja… Esa mujer no lo tenía fácil, parecía tener asegurado el tormento. Es curioso ese asunto de las familias, a veces garantizan amargura y contrariedades de por vida y aun así es objeto de deseo en el mundo.
Me habría gustado decir a esa mujer que no se preocupara en exceso, porque si su hijo tenía algún talento saldría adelante; y sí no, que se centrara en que no se hiciera demasiado daño.
Me dije, cuando llegue a la estación podré ver su aspecto, su cara de mujer atribulada. Y sí, la vi, pero me pareció una mujer corriente, aunque alta, eso sí.
Salí de la estación de Atocha en torno a las diez, y me dispuse a alcanzar el Museo Thyssen. Mientras caminaba a pleno sol y con excelente temperatura me sentí feliz (después, también). Tenía entrada para la exposición de Vilhelm Hammershoi, a las 10:30, y llegué a esa misma hora. Todo iba espectacularmente bien…
La Fotografía: Es práctica expositiva, de buen criterio, además, que, en exposiciones monográficas de artistas, estos sean acompañados por coetáneos suyos o argumentalmente afines. En este caso, además de otros, había obra de Santiago Rusiñol, como este retrato de Erik Satie (1891), que tanto me gusta:
“Despertarse bien
Comportarse bien
Peinarse bien
Mirarse bien
Portarse bien
Pasearse bien
Encontrarse bien”.
Erik Satie (Cuaderno de un mamífero)