Me acuerdo de la romería de mi adolescencia (1)
«Breñosos, crudos, estériles, los cerros que ciñen a Toledo (…) Son aquí inevitables almas estrechas y como ojivales de ascetas, de soldados, dominadas por unos cuantos fantasmas transcendentes, regidas por alucinaciones…». Jose Ortega y Gasset
Viernes, uno de mayo de dos mil veintiséis
El uno de mayo se celebra la romería del Valle, de mi ciudad, la más célebre de todas (hay dos o tres más).
Entre los catorce y los dieciocho años, íbamos cinco o seis amigos: Julián, Laureano, Jesús, Chacón, Manolo, Puyo y yo, con la única pretensión de ligar con chicas. De ellas, entonces y en aquella época, lo esperábamos todo, yo al menos. Que nos salvaran. Sí, como lo hacían nuestras madres. Necesitábamos, en nuestra inconsciente inseguridad que esos deseados ángeles nos salvaran y protegieran de todo mal. Además, creíamos que éramos merecedores de su amor, porque sí, porque teníamos un alma generosa y delicada y además nos pensábamos únicos. A mí al menos me pasaba. Queríamos enamorarnos y reclinarnos dulcemente en su regazo y también sofocar nuestros ardores y urgencias sexuales. Soñar con ellas era todo para nosotros entonces. Supongo que siempre ha sido así; aunque ahora ya no tengo ni remota idea de cómo lo viven y lo hacen los adolescentes y jóvenes de ahora.
Llegábamos al campo de la romería a las cuatro de la tarde si el tiempo era bueno, como hoy, que hace un espléndido día de sol.
A la ermita, a ver a la Virgen, ni nos acercábamos, solo había uno entre nosotros que era católico practicante, pero él tampoco se distraía no fuera a perderse algo.
Íbamos sin perder un segundo al campo montuoso, áspero, plagado de piedras, encinas, retamas, esparto, pinchos y grandes piedras, y la más grande de todas la del Moro, que miraba a la ciudad y guardaba una leyenda dentro.
Subíamos y bajábamos por los cerros atisbando sorpresas y oportunidades: pandillita de niñas de nuestra edad, sin compañía de competidores, a las que abordar. Los seis o siete que éramos, todos sin excepción, enfermizamente tímidos e incapaces (no había ninguno gracioso y desenvuelto). Si encontrábamos presas sobre las que caer tenía que darse la feliz circunstancia de que alguien conociera a alguien y sirviera de cabeza de puente. No sucedía nunca. Lo teníamos difícil, pero eso no aligeraba nuestro ansioso deseo.
Por otro lado, para mayor inconveniente, no hacíamos pandilla con chicas, no se no daba bien, ni eso ni nada, maldita sea.
Creo recordar que algún año, sí nos unimos a un grupo de chicas; y en esos casos, como el objetivo máximo no era ligar descomprometida y alegremente sino ennoviarnos todo terminaba saliendo mal.
Un año, en la romería precisamente, me encantó una chica que me pareció intensamente guapa y cruelmente antipática y todo al mismo tiempo. No me hizo ningún caso.
A veces, cuando me da por perdonarme tanta inepcia (a mí se me ha dado mal vivir en todas las épocas, solo variaba el formato sociológico o lo imperante del momento, o la moda que tocara: la de los guateques, por ejemplo), culpo a los condicionantes de aquella época, finales de los sesenta y principios de los setenta.
Los jovencitos de provincia lo teníamos fatal, sobre todo si no espabilábamos y nosotros éramos unos pardillos con menos horizonte que un callejón sin salida. Por si fuera poco, ninguno de nosotros éramos ilustrados, es decir, no recibíamos influencias de la modernidad del momento, y, tampoco estudiábamos ni nos asistía ninguna vocación salvo echarnos novia. Íbamos para trabajadores sin cualificación, cargados con infinitos complejos y deficiencias…
La Fotografía: Detalle del campo donde se celebra la romería. Los asistentes de entonces nos dispersábamos por el sinuoso terreno, sobre todo debajo de las encinas y grupos de piedras. Ahora ya menos, me parece, porque los chiringuitos donde se bebe se han multiplicado por diez o cien, no sé, muchos. Hoy he caminado por la carretera que cruza el entorno y la sucesión de barras que la bordeaban no acababa nunca, quizá un kilómetro o más. En aquella época, con el país bajo dictadura, todo era más contenido o reprimido, o simplemente, eran otros tiempos.