7 MAYO 2026

© 2026 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2026
Localizacion
Toledo (España)
Soporte de imagen
-DIGITAL 50
Fecha de diario
2026-05-07
Referencia
1104

Me acuerdo de la romería de mi adolescencia (y 5)
«Esta incomparable ciudad se esfuerza por retener en sus muros el paisaje árido, no disimulado, no sometido; la montaña, la montaña pura, la montaña revelación. De manera increíble sale de ella la tierra, y al punto, delante de las puertas, se hace mundo, creación, montaña y abismo, Génesis…”. Reiner María Rilke (Epistolario español).
Martes, cinco de mayo de dos mil veintiséis

… La romería se celebra afuera, al otro lado, en el campo poético de Rilke; y en el de la leyenda del Rey Moro; ambos, que es el mismo, el que siempre he sentido como propio.
El famoso príncipe moro Abul-Walid, asedió a la ciudad poco después de ser reconquistada por Alfonso VI (1085), esperando entrar en ella con derecho de conquista para encontrarse con su amada, Sobeyha, hermana del que fuera rey en el Toledo musulmán, Yahia Alkadir. Pero no lo consiguió. Lloró frente a ella y su imagen apenada y nostálgica era vislumbrada en noches de luna clara.
El viernes, día uno, recorrí la circunvalación lo que supone completar un círculo más o menos perfecto o imperfecto, aunque sensible porque me decía de historias pasadas y vividas, aunque sin nostalgia. Una de ellas: un día de romería, un hermano de mi madre, de nueve años, se cayó desde una piedra en alto y se abrió la cabeza desde la frente hasta casi la nuca; pero sobrevivió y desde entonces, mi madre y mi abuela prometieron acudir a misa en la ermita el día de la romería para dar gracias a la Virgen por salvarlo. Ambas lo hicieron durante décadas, hasta que murieron.
En mi paseo mañanero fui cruzándome con decenas de toledanos, incluso muchos de mi edad, pero no reconocí a ninguno. Me siento fuera de esta ciudad. Nadie me vincula a ella y los recuerdos están en proceso de borrado. A veces hasta dudo de que haya vivido aquí durante tantos años.
La Fotografía: La romería se celebra desde el siglo XVII y en aquella época se accedía hasta el escarpado enclave de la ermita cruzando el río en barcas (o barca, eso no lo sé). De jovencito, también crucé alguna vez así, en una barca impulsada a remos por un barquero descomunal que, haciendo un titánico esfuerzo, remontaba la corriente adversa hasta el centro del río y a partir de ahí, esa misma corriente se ponía del lado del barquero y los pasajeros y nos depositaba amorosamente en la otra orilla. Era un acto de amor del río hacia nosotros, los toledanos. Recuerdo la travesía como una inestable, incierta y emocionante experiencia. La barca de ahora, que vi el otro día, es una plataforma sin remos ni barquero, ni belleza: una fea combinación mecánica de manivela para desatracar y motor para continuar atada a un cable salvador; pero sin el encanto ni la emoción de no saber si llegaríamos al otro lado o nos arrastraría la corriente. Y sin el ciclópeo barquero (Caronte redivivo). Presencié la escena con nostalgia a pesar de mis pragmáticas furias. Eso sí, el artilugio llevaba ondeando una bandera española: aquí no existe esa tontuna colectiva de las nacionalidades peculiares por las que sus habitantes se degradan en el más primario fascismo que los llevará a morir de idiocia, o al aberrante asesinato, posible y probable porque ya lo han hecho.  La monstruosidad en los humanos puede ser recurrente y tentadora, sobre todo si carecen de sensatez y sabiduría. Nosotros, los de aquí, no somos de esos y menos mal porque nos evita caer en las más estúpidas y alienantes manipulaciones. Somos gentes enteras y distantes. Al final, cuando todo lo que fue deje de existir, podremos decir: “siempre nos quedará Toledo”.

Pepe Fuentes ·