Los MICROVIAJES
A Málaga y Sevilla: día 2.3
“Por encima de todas las ideas filosóficas, aún en lo referente a la virtud misma, el último fin de nuestra vida es el placer”. Michel de Montaigne
Sábado, veintitrés de mayo de dos mil veintiséis
… Después del Pompidou nos sentamos en la terraza del Hard Rock a tomarnos un tinto de verano y contemplar la zona portuaria. La camarera era muy simpática. Desde donde nos encontrábamos se divisaban dos cruceros turísticos, supongo que sin hantavirus. Nos sentíamos en la pura gloria, con una luz esplendorosa que matizaba los contornos y la textura de todo lo que divisábamos. En esos momentos de puro placer llegué a pensar que viajar tenía todo el sentido del mundo.
Después de un rato nos dispusimos a visitar la catedral que se encontraba enfrente, en la zona urbana céntrica. Comenzó a construirse en el siglo XVI con intenciones gótico-tardías para acabar siendo renacentista, más de doscientos años después. No nos detuvimos demasiado en ella, a mí no me entusiasmó, quizá porque en este viaje en lo que se refería a catedrales, solo pensaba en la de Sevilla.
Además, las catedrales me gustan góticas, pura esencia del espíritu catedralicio.
Paramos a comer en una taberna con terraza en la zona, la del gitano tuerto. Comimos regular tirando a mal, pero eso sí, caro. Estábamos en coto de caza de turistas.
De casa del gitano nos acercamos a casa de Tita (Thyssen), que estaba cerca.
Ubicado en el Palacio de Villalón, finales del siglo XV y principios del XVI, el espacio alberga restos romanos del siglo I d.c. que no son visitables con la entrada al museo.
La obra expuesta se despliega en cuatro plantas y cumplió con las peores expectativas que llevábamos en nuestra mochila de prejuicios, o tal vez preferencias, al menos las mías: una ingente cantidad de obras pertenecientes al siglo XIX y principios del XX, a saber: paisajismo romántico, costumbrismo, preciosismo, naturalismo… y lo peor de todo redundante con cantidad de obras similares, muy parecidas. Vistas unas pocas, vistas todas…
Nos aburrimos, pero lo solucionamos largándonos pronto, antes de tiempo tal vez…
La Fotografía: Volvimos al puerto y nos sentamos en una terraza a tomar unos cócteles (me equivoqué en la elección y me lo dejé casi entero). Nos fotografiamos mutuamente y yo a la gente que pasaba inadvertidamente, y en este caso, a una familia o colegas que se sintieron vivamente interesados en la partida del crucero Amadea, que desatracaba en ese momento. Me gusta hacer eso, aunque reconozca que no está bien, pero es un mero ejercicio estético-sociológico sin mala intención y ninguna trascendencia.