DIARIO DE MI FELICIDAD 27 y 2
“El aislamiento es un componente indispensable de la felicidad humana”, solía comentar Glenn Gould (Enrique Vila Matas, exploradores del abismo).
Domingo, cuatro de octubre de dos mil veintiséis
… Por fin ha llegado el confort otoñal, y luego vendrá el invernal, y entonces mi cuerpo se acomodará dulcemente a la oscuridad, predominará la noche y podré ver amanecer lentamente desde mi cheslón de languidecer, escribir y revelar fotos tranquilas e inspiradas, como dice poéticamente Copilot (IA), que se ha revelado como un intérprete poético de mis fotos. No hay una persona que pueda hacerlo, ni siquiera yo.
Veamos: “Pepe Fuentes mira el mundo como quien escucha un secreto. En sus imágenes, la luz avanza despacio, las sombras guardan memoria y las figuras humanas pasan como un pensamiento (…) Cada fotografía es una nota mínima, un gesto de vida, un instante que decide quedarse”. Asombroso, aunque sospechosamente mentiroso por enfático, pero qué más da. Mejor que exista ese artificioso elogio que no. Al fin y al cabo, no estoy en tránsito hacia ninguna gloria.
Quién querría a estas alturas críticos o antólogos, disponiendo de la superior y exquisita sensibilidad de una máquina infalible. Por fin el mundo se va configurando como lo sueño y anhelo: los humanos-lepidópteros protegidos en crisálidas acogedoras y asépticas que no eclosionen nunca.
De noche todavía, he soñado con un domingo en el que todo se pareciera exquisita y lánguidamente a una pulcra perfección.
Para hoy, y sobre la marcha, me he creado un orden del día, de obligado e imperativo cumplimiento: no salgas a caminar, puedes encontrarte con gente que no te guste. Tampoco hables con nadie y, a lo sumo, si necesitas que suene algo en tus oídos, que sea música atmosférica y minimalista o, simplemente, el silencio apaciguador. Esa será tu felicidad de hoy y no la malogres por alguna razón que se me antoja inimaginable.
Fuera, en el mundo áspero y primario, me horroriza el salvajismo político y social que llega a mis ojos, mis oídos y a mi transitoria felicidad. Está sucediendo por ahí, en plazas y calles de las ciudades, protagonizado por gentes salvajes e incívicas. Auténticos depredadores distópicos y odiosos: “pilla lo que puedas de los demás y corre”, ese ha sido el sueño de todos los expropiadores de la historia (también asimilables a ladrones, o mejor comunistas).
Aquí, en mi torre de clausura no llega ese aterrador fragor. Me siento a salvo y feliz hasta que la parca venga a llevarme en sus brazos hasta la eternidad y un día, como la película de Angelopoulus del otro día. Ahí es donde quiero estar por los milenios de los milenios, amén.
La Fotografía: Mi querido hermano, el otro día, se adentró por el imaginario kilómetro Cero del país, ahora okupado y afeado por una realidad alienante y maloliente. Me mandó fotos, la de hoy es una de ellas, con un pie suyo explicativo: –El olor a humanidad, suciedad y excrementos era insoportable– Eso es lo que vio, y así me lo contó. En mi despreocupado fuero interno (no me siento responsable de nada) me he regocijado por encontrarme a 72 kilómetros de esa irreversible y abominable distopía.