Diario de un hombre Invisible: 11.1
“Quien vive como yo no muere: se acaba, se marchita, se desvegeta. El sitio donde estuvo sigue sin estar él allí, la calle por donde caminaba sigue sin que él sea visto en ella, la casa que habitaba es habitada, pero no por él”. Fernando Pessoa
Lunes, dieciséis de marzo de dos mil veintiséis
Me he levantado de un espléndido humor, el que suelo exhibir para mi uso privado los lunes.
Ayer domingo, pasé a mi estado vivencial habitual: el de la más absoluta y feliz soledad doméstica. Nadie del mundo se hizo presente y no llamé a nadie, para que nada pudiera estropearse. Silencio sepulcral.
Cada uno de los minutos del día fui haciendo lo mi cuerpo y razón me fueron pidiendo: -pepe, ahora haz esto y lo otro, baja, sube, come, duerme, lee, túmbate, ve la tele, escucha música, hazte la cena, acuéstate y así todo el tiempo, en un estado vitalista y de paz orgásmica- (por cierto, de eso también hubo algo, pero no lo contaré).
A las diez de la mañana decidí cambiar mi rutina de paseo y me fui a rodear la ciudad porque estaba bellamente iluminada por el sol. Cuando hago eso me voy cruzando con toledanos, a los que no conozco, pero sé que son de aquí, porque caminan con la mirada perdida, como yo. Eso es propio y característico de nosotros, los que vivimos aquí. Los de fuera (turistas), la rodean en autobús y miran y fotografían contentos y apasionados.
Cuando me cruzo con ellos, unas veces los miro, pero la mayoría de las veces no porque me los sé de memoria. Ellos no suelen mirarme y menos las mujeres (nadie mira a nadie, y menos con interés humano, y menos todavía, amoroso), pero entiendo que no me miren porque no me ven: soy invisible, además de feliz (a nadie le gusta ver la felicidad ajena).
Por cierto, y hablando de mujeres, ayer hubo una inactividad absoluta en torno a mi perfil, en la única página a la que sigo suscrito: Solteros 50, que risa, porque yo tengo setenta y dos; y por cierto y a propósito de las acotaciones por edad, a mí solo me saludan una o dos mujeres al mes (como mucho) desde esa página; eso sí, más viejas que yo, aunque parezca imposible hay mujeres viejísimas que todavía quieren vivir la experiencia del amor geriátrico y cuántico ¡qué ridiculez! Ellas y yo. Es una aberración inimaginable, al menos en el plano estético: dos arrugados viejecitos revolcándose en una cama con la habitación a oscuras, porque si no, no. En mi caso, no ofrecería ese bochornoso espectáculo a Dios (que lo ve todo), porque soy invisible, hasta para Él. Aunque no dejo de reconocer que alguna guarrería hay que hacer para disfrutar del último aliento del cuerpo…
La Fotografía: Galería Vera Cortês, obra de Ana Vieira (1940-2016), en la última edición de Arco- Las tensiones subterráneas de la ‘normalidad’: “Nada parece fuera de lugar. Parece esperar a quien habita esa casa, a que llegue y desarrolle en ella su rutina en paz. Pero Vieira no habla de “paz”, sino de “domesticación”: el resultado de un proceso. Lo doméstico deja de ser un escenario y se afirma como una estructura: un sistema que precede y da forma a quienes lo habitan. Todo parece natural, inevitable, pacificado. Pero esta neutralidad es un constructo. La tranquilidad visual no elimina el conflicto” (internet). Todo ese análisis parece referido al lado conceptual-sociológico para que parezca arte (habitual, dotar de significado trascendente a lo que no lo es tanto); pero que, además, a mí no me alude porque soy viejo y la paz doméstica no es otra cosa que el lugar necesario donde descansar de tanta derrota y la última sala de espera, tan solo eso. En mi caso la paz doméstica no va de domesticación; sino de resignación productiva.