5 FEBRERO 2026

© 2026 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2026
Localizacion
PELICULA: Maspalomas, de José Mari Goenaga, Aitor Arregi
Soporte de imagen
-DIGITAL 12.800
Fecha de diario
2026-02-05
Referencia
11385

DIARIO DEL ESPANTO 4.3
“Había un poeta inglés que decía que él había creído que el sexo acababa a los 40, luego pensó que a los 50, y así hasta los 80. ¡Y no se acaba nunca! No se acaba nunca, doy fe”. Jorge Edwards
Viernes, treinta de enero de dos mil veintiséis

… Esta película vasca (no confundir con España), aunque sean casi exactamente iguales a nosotros, los españoles, y aunque renieguen y no quieran, han mamado durante siglos la misma cultura ibérica, así son y así se comportan (son más españoles que nosotros, que afirmaría Unamuno y yo mismo).
Bueno, a lo que iba, la película ha reunido nueve candidaturas a los Goya y se supone que, a partir de esa circunstancia feliz, es una obra digna de consideración. Lo es, yo incluso la he visto entera; solo que, con malestar, pero eso es cosa mía y solo mía.
Mis escasas capacidades me impiden entender qué nos pasa realmente a los humanos con la condena a envejecer y con las malditas dependencias y servidumbres de nuestra sexualidad.
Vicente, el protagonista (José Ramón Soroiz), compone una interpretación perfecta, exacta e insuperable de un viejo gay de vida emocional desarbolada y desoladoramente triste.
La vejez no es tanto un problema de complejidad conceptual; sino existencialmente simple: no soportamos presenciar nuestra decadencia, nuestro acabamiento físico diario, nuestro acercamiento a la maldita muerte, y junto a esa degradación, en paralelo, nuestra inacabable y agónica pulsión sexual que sigue humillándonos y esclavizándonos hasta el final, a no ser que te mueras antes de morir (yo la combato con estoicismo radical y de nuevo cuño: el aislamiento). Ese drama es el que vive Vicente, y lo transmite con una certera verosimilitud: Soroiz, y por esa descarnada autenticidad se merece el Goya…
La Fotografía: Vicente, en un momento de su vida, decide romper con todo y seguir su instinto amoroso y sexual (eso no se ve, solo es sugerido desde la memoria familiar). Hizo bien porque no podía negar lo que sentía, y eso fue valiente y también una desgracia porque le condenaría a una vida difícil, sin comodidades, aunque probablemente excitante y aventurera en muchos momentos; pero también precaria afectivamente lo que le abocó a una vejez fracasada y sufriente. Los autores, en muchos momentos sutiles y brillantes, para contarnos esa dicotomía dramática, ese áspero contraste, meten en la misma habitación del geriátrico a dos personajes antitéticos: Vicente, acobardado por su destino marginal, reprimido y solitario (vive instalado en un disimulo insoportable acosado por la culpa); y el otro, exultantemente positivo porque siempre ha vivido en el lado confortable de la normalidad y plena aceptación social, Xanti (Kándido Uranga). Curiosamente, llegan a quererse, aunque eso, tan solo parece una excepción humana, o una licencia poética buenista de los vascos redentores que han hecho la película.

 

Pepe Fuentes ·