DIARIO DE MI FELICIDAD 24.2
“No sentir ningún dolor, es lo que duele más. Hemos dicho que el dolor da cuenta de la vida, de la lucha. En ese sentido, la ausencia eterna de dolor no implica la felicidad, sino la nada. El mayor de los miedos es dejar de ser. El que le sigue es sufrir por toda la eternidad”. Gabriel Rolón
Miércoles, diecinueve de agosto de dos mil veintiséis
… La felicidad de antes, pensada en cualquier época de la historia del ser humano, solía ser sencilla en cuanto que se enmarcaba en las tradiciones y en sociedades de arraigados valores religiosos y familiares; continuistas en cuanto al orden productivo y económico. Todo el mundo solía entender las reglas y no era difícil cumplirlas; o sí pero el conflicto se limitaba a los ámbitos privados y de carácter, o en todo caso psicológicos. Hasta que llegó primero el romanticismo, época tendente a las exacerbaciones e idealismos que segregaban amargura en muchas gentes, generalmente con componentes culturales enriquecidos y complejos.
Y, luego, para terminar de liarlo todo, la modernidad, especialmente a partir del siglo XX.; y el psicoanálisis y el malestar de la cultura freudiano y tantos elementos perturbadores (la democracia, el feminismo, el capitalismo y su contrario, el comunismo…).
El viejo concepto de la felicidad dejó de tener vigencia, y sin darnos cuenta nos situamos en la pos-felicidad, que ya no es grupal (quizá, en última instancia, nunca lo ha sido); sino individual, salvajemente personal, y que se mide pragmáticamente por los logros que se consiguen objetivamente. Y, es ahí, donde, asustados, nos apresuramos a buscar un cuerpo teórico y filosófico que nos ayudara a sobrevivir ante tanta competitiva hostilidad; y hete aquí que desempolvamos el estoicismo, o la más espiritual exaltación del individualismo; que en principio nos obliga a responsabilizarnos de nosotros mismos: “y si el asunto no te hace feliz, te aguantas y te jodes, no hay otra”.
Mi fórmula, mucho me temo que es estoica, y no porque me guste el estoicismo, sino porque no me queda otra.
Una vez asumido que todo pasará por no desear nada que no se alcanzable para un viejo (o sea casi nada); urdir un entramado sólido de hechos domésticos cotidianos donde la satisfacción la encontraré en lo que pueda hacer en el momento y como perspectiva vital, nada que vaya más allá de las horas siguientes.
Pondré un ejemplo: ahora son las seis de la tarde y estoy bien, escribiendo esta entrada, sin dolores y ninguna enfermedad que me amenace (que yo sepa). Luego, bajaré a prepararme la cena, cenaré y veré una película. Después, me acostaré y me dormiré oyendo una novela. Esta tarde noche “habré sido feliz”. Mañana, sencillamente, no existe.
La Fotografía (2): …La visita al recinto ferial me ha resultado penosa al comparar la comatosa decadencia actual, a como era en mi preadolescencia esa instalación mágica, entre los doce y los veinte años. Se desplegaba en un fresco y verde parque llamado La Vega, así lo llamábamos, populoso y repleto de atracciones y kioskos donde se vendía comida y refrescos. Todos los críos de esa edad dábamos vueltas como locos, excitadísimos, por los senderos ajardinados que partían del paseo principal, el de Merchán. Todo era pulcro y maravilloso, especialmente los coches eléctricos, al servicio de los ligues chocando; y hasta la noria, o la ola, o el tren de la bruja, o el látigo; y las horchatas o las berenjenas en vinagre, en fin, todo, me provocaba una interminable felicidad durante la semana que duraba. Hasta un circo instalaban y teatros de variedades (Manolita Chen) …