12 AGOSTO 2026

© 2026 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2026
Localizacion
Toledo, Catedral
Soporte de imagen
-DIGITAL 1000
Fecha de diario
2026-08-12
Referencia
11769

DIARIO DE LA BELLEZA 17.1
“Creo que son los males del alma, el alma. Porque el alma que se cura de sus males, muere”. Antonio Porchia
Martes, doce de agosto de dos mil veintiséis

Ayer, de pronto sonó la alarma del despertador. Eran las seis de la mañana, como todos los días. Eso quería decir que estaba dormido despreocupadamente, a pesar de la trascendencia del día. A esa hora suelo ser yo el que le espera a ella; sin embargo, ayer, ella llegó antes, mientras todavía dormía.
No sé por qué esta paradójica circunstancia me empujó a volverme a dormir. Quizá esa frívola reacción fue una simbólica negación. No sé.
Por fin, a las siete, abrí los ojos atónito porque me sentí, asustado, porque nada era igual al día anterior, aunque apenas lo notara, salvo en mí cuerpo. Tenía un año más pesándome en el cuerpo y en el alma, que, aunque no exista, renace cada vez que hay un hecho trascendente relacionado con el paso del tiempo, que es de su entera competencia porque entra en juego la melancolía que es una dolencia que habita y da sentido a la misma alma.
Cuando me levanté, con un poco más de esfuerzo porque llevaba un año más sobre mis ya frágiles hombros, me dirigí al cuarto de baño y me presenté frente al espejo: soy pepe y tengo 73 años, entiendo que no me identifiques porque ayer tenía 72, y era otro.
A partir de hoy todo será diferente, simplemente porque contar con 73 y no 72, me hace una persona sensiblemente más vieja porque he entrado en otra dimensión del tiempo, aunque apenas se note.
A pesar de todo, una vez que arranqué con mi nueva y vieja vida a la vez, me fui a dar mi paseo diario, como si nada pasara.
A las once y media había quedado en mi casa de clausura con mi amigo Ángel, que vendría a ayudarme a mover un mueble y a acompañarme en el trance del tránsito entre anteayer y ayer. Entre una vida y otra.
Llegó con un regalo de cumpleaños. Nos dimos un gran abrazo porque además de “felicitarme” llevábamos bastante tiempo sin vernos.
Él ideo que podíamos pasar parte de la mañana visitando la magna exposición conmemorativa del VIII centenario de la catedral de nuestra ciudad. Somos muy toledanos y amantes del arte y los eventos históricos.
Llegamos a las doce y cuarto y tuvimos que gestionar fatigosamente la obtención de las entradas a partir de un código QR y nuestros móviles, mientras los empleados de las taquillas no hacían nada; un absurdo que no conseguimos entender. Quizá sea cosa de curas perversos, nos dijimos.
Por fin accedimos a la exposición…
La Fotografía: La exposición, en su inicio, se desplegaba primero por los claustros el bajo y el superior, desde donde fuimos accediendo a las distintas salas. A mí me encantó reencontrarme con el claustro alto porque allí vivieron unos remotos tíos abuelos. El marido de mi tía era el campanero, cuando esa actividad era un arte. Iba de muy niño con mi madre a visitarlos. Me encantaba porque todo me parecía enorme y misterioso. La sala de cuerdas de las campanas que caían desde el techo de una sala blanca en semipenumbra era una visión mágica y espectral. Sigo recordándola con absoluta nitidez, porque, además, en un rincón estaba guardada la famosa y temible tarasca. En una de esas puertas era donde ellos vivían.

Pepe Fuentes ·