DIARIO ÍNTIMO 142
“Somos flechas disparadas del vientre de nuestra madre, y aterrizamos en un cementerio”. Kjell Askildsen
Martes, treinta de marzo de dos mil veintiséis
Las doce y media de la mañana. Acabo de llegar de circunvalar la ciudad, por la ronda del otro lado del río, abriéndome paso con dificultad en algunos tramos entre turistas que fotografiaban ardorosamente.
Luego, al cruzar la ciudad de sur a este empeoró la circunstancia: calles abarrotadas de más y más turistas, la mayoría grupos de estudiantes arracimados en grupos numerosos, por todas las calles, fundamentalmente en el recorrido de San Juan de los Reyes hasta la Plaza de Zocodover. Incómodo a veces, pero sin importancia. A mí me gusta la ciudad llena de gente, aunque no me guste la gente; pero es bueno para la ciudad, aunque la ciudad no me importe demasiado, o sí, pero me resisto a reconocerlo.
Cada día me importan menos cosas, salvo la comida, que me sigue gustando mucho; aunque no reúna fuerzas para cocinar rico, solo para salir del paso. A mi hijo Gabriel también le gusta mucho la comida, es un gastrónomo al que le encantan los restaurantes excelentes que visita de vez en cuando. Yo, nunca. Me alegro mucho de que me hijo se permita ese lujo tan gratificante. Yo, me conformo con los guisos de la Rebe de mi barrio (Don patatón)” y de Mercadona. Un puto asco, pero mis escasos recursos no me dan para más.
Cuando he vuelto y me he sentado en mi clausura a escribir esta entrada, de pronto, me he acordado de que mi madre, en Semana Santa, además de un exquisito potaje (uno de los guisos populares de cuchara más ricos que existen), también hacia torrijas, generalmente de leche, aunque también las hacía con vino: las de mi madre las más exquisitas que se hayan hecho nunca. Luego, cuando faltó ella, esos guisos los comí cocinados por la madre de Naty, y también eran estupendos.
Desde que las mujeres desaparecieron de mi entorno, la calidad de mi vida se fue a la mierda.
Pensando en la exquisitez de las torrijas he decidido que mañana subiré otra vez a la ciudad a comprar unas pocas. Las comeré echando de menos a mi madre.
Toda esta amorosa remembranza me hace acordarme de mi madre y fabular sobre que, probablemente, la época que viví bajo la protección de ella fue la mejor de mi vida: ser cuidado por ella en la enfermedad, comer sus guisos, ponerme la ropa que ella me compraba o que había lavado y planchado; hablar y ser consolado por ella… y pienso que, ninguna otra mujer en el mundo, ni hermanas (nunca he tenido); ni novias, amantes o esposas, cuidaran del hombre como su madre. Será fiel siempre, nunca te traicionará y sería capaz de morir por ti, si hiciera falta.
A la hora de la verdad, los hombres no cuentan. Ni mi padre, con el que nunca sabía de qué hablar; sin embargo, mi madre y yo siempre tuvimos cosas que contarnos. Nunca nos aburríamos cuando estábamos juntos.
La Fotografía: Obra de Marina Vargas, de la exposición que vi en el Reina, en marzo del año pasado, Revelaciones: Una Piedad al revés, aunque para mi cuento de hoy, la Piedad debe seguir teniendo su sentido clásico. Cuando murió, hace décadas ya, no fui consciente del abismo que se abría bajo mis pies. Es ahora, de un tiempo a esta parte, cuando la echo de menos más y más. Ahora, con todas mis circunstancias con las que vivo, ella me habría acompañado y consolado. Sospecho que en el momento de morir lo que más necesitamos es a nuestra madre que nos trajo y debería ser ella quien nos despidiera. Entonces, todo estaría bien.