ADENTRÁNDOME EN LAS TINIEBLAS 47.1
«Yo que no he encontrado nunca la razón de levantarme de la cama
Yo que no he entendido nunca la manía que nos hace amanecer
A mí que me es lo mismo que hoy sea hoy o sea mañana
Dime tú amor mío, cómo iba yo a saber…”. Rafael Berrio
Viernes, dos de octubre de dos mil veintiséis
Hoy me he despertado a las cuatro y media de la madrugada. No me he vuelto a dormir.
Qué se puede sentir a esa hora de vigilia, tumbado en la cama solo y aterrado en la oscuridad, sin saber qué hacer a lo largo del día y, sobre todo, odiando tener que levantarme (por cierto, hoy, a las 11:50, tengo una consulta médica de dermatología a la que no me apetece acudir, pero lo haré).
No es solo cosa de hoy, sino que mi tiempo existencial de ahora, largo y no sé si oscuro, neutro y liso como una patena.
Como el título mismo de la bellísima película de Theo Angelopoulus: La eternidad y un día, que vi anoche mismo. Otro día, hablaré de ella. Menos mal que los seres humanos contamos con la belleza que crean otros seres humanos, a los que deberemos estar inmensamente agradecidos, si tenemos corazón.
Esta historia va de la muerte y despedida de la vida: «Hermosa película (…) doloroso y lírico retrato del último día de la vida de un viejo y enfermo escritor». Carlos Boyero
También es morir la estrofa de Rafael Berrio, del inicio de esta entrada, bien entendida por mi estado de insondable y desconcertado desánimo de esta madrugada.
He mirado sin ver el techo, solo vislumbrado por la tenue luz que llegaba a mi cama desde las farolas prendidas a mi fachada, sin decidirme a levantarme de la cama, por una sencilla razón: no tenía motivos.
Cuando mi cama la compartí con amores que al final resultaron imposibles, pude decir, como Berrio: “Dime tú amor mío, cómo iba yo a saber”. Pero ni lo dije y ni tan siquiera lo entreví.
Me creía inmortal con el cuerpo fresco y vivo de una mujer al lado.
Fueron llegando las fatídicas decisiones de las mujeres en fuga. Todas se fueron. Huyeron cuando empezaron a ventear mi olor a vejez y muerte que entrevieron un poco más allá del tiempo.
No fue el caso del clarividente Berrio, porque cuando escribió esa canción todavía le quedaban ocho años de salud, dos de enfermedad y toda la eternidad para la majestuosa soledad de la muerte… «¡Qué solos se quedan los muertos!» Gustavo Adolfo Bécquer
Al menos, por lo que he sabido, Berrio estuvo acompañado todo el tiempo. Nadie se escapó de su lado…
No será mi caso, moriré muy solo, y espero que sea en una madrugada parecida a la de hoy y consciente, por Dios, que muera consciente, porque será la única alegría que pueda llevarme al otro lado, cuando huya de la puta vida…
La Fotografía: De la película La eternidad y un día, interpretada por un sublime Bruno Ganz, a los 57 años (me gusta y me interesa asociar los nombres de los artistas importantes a la edad que tenían cuando disfruté de su presencia). A Bruno, que es la viva, soberbia y bella encarnación de la interpretación de las historias de otros, todavía le quedaban veinte años de vida. Para suerte de los que le admirábamos.