La vida superflua 13.3
“Nadie recuerda cómo era el tono de voz de mi abuelo, cuál eran sus palabras favoritas, como era su timbre, sus gestos, sus ojos”. Manuel Vilas
Jueves, cuatro de junio de dos mil veintiséis
… Mi objetivo, más o menos pertinente, dado que el día era uno de los que luce más que el sol, según dice la cultura popular, y más concretamente en mi ciudad, en otras, quizá no tanto; era seguir el itinerario de la procesión hasta llegar a la catedral, entrar a ver cuánta gente había y lo que hacían los oficiantes y después ir retirándome discretamente del espectáculo.
Continué por la calle Alfileritos, Plaza San Vicente, Alfonso XII, plaza Juan de Mariana (hice algunas fotos por el itinerario, pero todas fueron parecidas…
La Fotografía: E, inevitablemente porque era recorrido procesional, llegué a la calle Rojas, de imborrable recuerdo para mí, porque en un intervalo hacia el centro de la calle que es corta, se conforma un pequeño entrante, donde se encuentra el número uno, donde vivió ni madre durante años, y antes mis abuelos. Inexplicablemente, unas mujeres desconocidas miran hacia la ventana de mi madre, como si la buscaran o la recordaran. Ahora me acuerdo de que, inmensamente generosa y cariñosa como era, el día de la víspera del Corpus, cuando las gentes recorrían las calles para ver la decoración, mi madre, aparte de adornar su casa para la ocasión, abría la puerta para que pasara la familia, amigos y sus muchos conocidos para tomase un vaso de sangría que preparaba exquisitamente y charlar un rato. Lloro al escribir este sentido recuerdo. Murió hace treinta y dos años, a los sesenta y cinco y fue una inmensa pérdida para todos nosotros. Ahora, tantos años años después, se me van olvidando sus palabras, el tono de su voz, de lo que hablaba y el modo como escuchaba a todo el mundo. Mayor es el olvido del modo de estar vivo de mi padre; de mis abuelos ya no me queda nada, salvo los contornos de sus cuerpos y sus rasgos, gracias a las fotografías que conservo de todos ellos. Es el doloroso recuerdo que pervive en mí de aquellas personas a las que quise, y lo que es aun peor: el olvido está destruyéndolos a todos en mi memoria.