MONÓLOGOS SOBRE ARTE 39.1
«Odiaría pintar retratos en el sentido de pintar a extraños que viven y encargan su retrato. Eso no me interesa; preferiría conocerlos muy bien para pintarles”. Vilhelm Hammershoi
Martes, tres de marzo de dos mil veintiséis
Son las 16:45, y acabo de llegar a mi Clausura, vengo del sillón grande de la sala de estar, de dormir y leer una hora a mi escritor preferido, recientemente abandonado por la que fue su mujer, y que cuenta en Islandia, una excelente novela-testimonio-psicoterapéutica, en la que dice novelar lo que le ha acontecido, que es terrible: de pronto le han dejado solo y él odia la soledad, como yo. Dice escribir sobre su desgracia amorosa, para que no se la coma el olvido. Hay que escribir a diario porque es lo que nos fija y sostiene en el vivir. Al menos yo necesito hacerlo para que mi vida no se la coma el presente, porque con el olvido ya cuento.
Él no lo sabrá nunca, pero lloro con su relato: por él y por mí.
Hoy por la mañana he escrito a mi representante amorosa, que debe estar muy estresada enlazando deseos y carencias, porque para conseguir tener un hueco de unos minutos de su tiempo, para contarle cómo fue mi encuentro con Inés, el domingo pasado, tengo que soportar una lista de espera de diecisiete días, nada menos. Mi representante debe formar parte de un organismo público.
Inés me gustó, y solo eso quiero decirle a esta delegada de Dios, para que ella, con toda probabilidad me contesté: -pues tú a ella no-; y así pueda desconectar a Inés de mi expectativa y no perder ni un instante más en la quimera. Tan sencillo como eso; otra cosa es desconsiderado y ridículo. No tiene sentido. Se lo he hecho saber. No me contestará, seguro. Las mujeres no me contestan nunca a nada.
Sin embargo, cuando he abierto el correo, una mujer completamente desconocida para mí (una comercial de arte), se ha presentado de esta guisa: “Soy Marta, del equipo de Artist Relations de Singulart en París. Somos la destacada galería de arte online para coleccionistas de todo el mundo. Recientemente descubrí tu trabajo online y me pareció muy interesante”.
Tendría que haberla contestado, pero no lo he hecho porque no nos conocemos de nada: Querida Marta (Lajoso); gracias por haberme hecho visible desde mi invisibilidad (ni tú ni nadie me habéis visto nunca); y lo que dices es una patraña para pillar pasta. Mientes, Marta (Lajoso), porque ni siquiera sabes que no soy de este mundo.
Por el contrario, Vilhelm Hammershoi (1864-1916), que apenas vivió 51 años, si tuvo mucho éxito en vida y además fue visible, tuvo amigos y un matrimonio que le duró siempre, no se lo rompieron como a Vilas o a mí. Lo malo para Vilhelm, es que duró mucho menos que yo voy durando, lo que ha sido una pérdida para el mundo: su ausencia y mi presencia (vivió los mismos años que mi padre, pocos); pero mi padre no fue artista; sin embargo, Hammershoi sí lo fue. Pintó unas 400 obras, que supongo maravillosas, intimistas, emocionantes, vibrantes, poéticas todas… a tenor de las setenta que vi en el Thyssen.
La Fotografía: Obra de la exposición “El ojo que escucha”, en el Thyssen, el pasado febrero. El matrimonio (1891), que representa al propio Vilhelm Hammershoi y a su mujer Ida Ilsted. El artista tiene en este autorretrato 27 años, por lo que su matrimonio, que duró hasta su muerte, se mantuvo unido durante 25 años, más que el de Vilas (11); pero menos que el mío (31). Hace ya siglo y medio, en la rigurosa y luterana Dinamarca, no debía haber apenas deserciones matrimoniales.