DIARIO DE MI FELICIDAD 27.1
“Lacan sostuvo que vivimos porque gozamos, porque vivir sin dolor no es vivir, una vida sin dolor es una vida sin amor. Es cierto que el goce y el dolor no son lo mismo, pero el amor y la felicidad, a veces, también se parecen tanto”. Gabriel Rolón
Sábado, tres de octubre de dos mil veintiséis
Hoy, a las seis de la mañana, frente a mi máquina de languidecer y escribir, me he propuesto vivir un día feliz y encima contármelo. Ayer y anteayer tocaron tinieblas; hoy felicidad. Me he retado a mí mismo a comprobar en que territorio soy más veraz.
Por lo pronto me he levantado mejor que ayer, que fue traumático; hoy solo perezoso. He visto en mi correo que me había escrito una mujer en la página de contactos A; también tengo la B.
Hace dos días cambié el texto de mi presentación en A y en B (suele ser distinto); pero los he unificado para que mi “personalidad amorosa” se proyecte hacia el mundo femenino sin fisuras, compacto y explosivo. Digo en esa ingenua y adolescente operación de marketing: -Hola, a estas alturas, y después de años en estas páginas de contactos (no he encontrado nada mejor); con pocas expectativas ya, y como sigo creyendo en una relación de pareja, plena de potencialidades, complicidades y risas, me gustaría encontrar una mujer entre 64 y 69 años, inteligente, culta y, sobre todo, sofisticada en su manera de entender el vivir. Otra cosa, me temo, no me complacería. Ofrezco lo mismo a fuer de ser demandado por ello en caso de no estar a la altura. Gracias
Dije lo que antecede porque seguro que alguna debe haber (me parece), aunque si existiera jamás escribirá a un tipo como yo. Las demás, tampoco. Pero siempre me quedará un hermoso hilo verde para zurcirlas a todas, que dijo el genial Javier Tomeo.
Sin embargo, una, de 74 años (se sale del marco del perfil solicitado por cinco años y todos los demás argumentos), me ha escrito esta noche, pero su escasa sofisticación solo le ha dado para decir: Hola, qué tal. Y ya está. No voy a contestar porque no se ha atenido a las reglas del juego que propongo, además no ha sido generosa (yo, si me decido a escribir a una mujer, lo soy porque escribo párrafos extendidos, qué menos si invades su espacio prestado).
Estoy harto de la escasez de recursos y ganas de jugar de las mujeres que aparecen en los catálogos A y B como disponibles y deseantes sin estarlo realmente. Supongo que están asustadas ¿pero todas? Algo no funciona en todo este lío. O quizá en mi cabeza. No sé.
Además, la respuesta sería imposible, porque cómo voy a contestarte con fiabilidad a su pregunta porque ayer eran tinieblas y hoy felicidad, y mañana, vete tú a saber, amor mío.
Inicio un fin de semana tranquilo y presumo que, por suerte, sin dolor, mirando de reojo y con sospecha al mundo a través de mi ventanal, justo a mi derecha. Lloverá y verlo será placentero, aparte de mi casa sin ruidos, con música, cosas de las que escribir y leer y películas que ver.
En la senda de pasear me he encontrado con las dos mujeres: una delante y otra detrás. He caminado junto a la de detrás, su lentitud conviene más a la mía… Finalmente, no sé si conseguiré alcanzar la felicidad…
La Fotografía: Ayer comencé a ver nuevamente Rojos (Reds, 1981) película dirigida y protagonizada por Warren Beatty. Solo llegué hasta la mitad de las más de tres horas que dura (seguiré hoy), porque hasta ese momento, solo había aparecido un feminismo recurrente y pesado a partir de las inseguridades del personaje de Diane Keaton; mientras que los bolcheviques (me interesan esos seres, como excepciones humanas, dogmáticos y asesinos dispuestos a cualquier inmoralidad a cambio de poder), pero tardaban en aparecer… hasta que, por fin, aparecieron. Horrorosos. Nada peor. La peor ideología que ha generado la humanidad a lo largo de la historia, ahíta de resentimiento y odio. “Película bastante triste, porque no es realmente muy buena», dijo Pauline Kael, de The New Yorker. Tenía razón. Lo mejor de las más de tres horas que dura: el inspirado cinismo diabólicamente inteligente de Eugene O’Neill (Jack Nicholson)