Diario de la Soledad 13 .2
“El amor es un coñazo. Es estresante y fatigoso, un pésimo invento del humano que al principio cosquillea agradablemente y al final te parte con el mismo ruido que un palo seco. Un nuevo accidente amoroso daría al traste con mi tranquilidad (…) Paz, quiero paz y nada más que paz. Y si he de pagar un precio por ella en forma de vida retirada, insulsa, huérfana de sensaciones y aventuras, lo pago y santas pascuas. Fernando Aramburu (Los vencejos)
Miércoles, veintidós de julio de dos mil veintiséis
… Hoy he hecho la excepción de cambiar el recorrido habitual, en el que solo me encuentro con patos y autómatas viejos que ni siquiera me miran cuando me cruzo con ellos (yo a ellos tampoco): he dado la vuelta al Valle, pero eso ya lo dije ayer, no lo repetiré.
A la vuelta (desde la ciudad bajé por las empinadas escaleras del Miradero), llegué a mi casa desde la parte más alta de la zona, y justamente al tomar la bajada hacia mi casa, al lado de la Academia de Infantería, me he encontrado con mi vecina, con la que mantengo una relación cordial. Hemos hablado un buen rato, de sus circunstancias y las mías (ambos somos cónyuges abandonados, a una edad inapropiada). Hemos estado de acuerdo en casi todo. Finalmente nos hemos despedido con el deseo de que nuestra resistencia a las contrariedades y otros avatares ingratos sea numantina e invulnerable.
Ahora, ya instalado en mi cheslong de escribir, con un nuevo y carísimo aparato de aíre acondicionado, que ha mejorado el confort en mi clausura de trabajar y rezar.
He pensado, complacido, que creo tener las cosas claras: como dije ayer, hay una opción de equilibrio existencial para los viejos solitarios, que es increíblemente sencilla: llevar una vida cotidiana rigurosamente higiénica, a saber: tener la casa limpia, cocinar y comer bien, dormir lo mejor que se pueda (cabe la ayuda de fármacos en eso y en casi todo), alto grado de actividad creativa e intelectual (cada uno con arreglo a sus posibilidades), trazar metas exigentes y alcanzables, o quizá inalcanzables, sí, eso sería mejor todavía; no hacer vida social por nada del mundo porque solo entorpece y cansa, distribuir las tareas diarias de forma equilibrada y compensada, que ninguna llegue a aburrir y sí estimular divertidamente. Y toda esa actividad dinámica y gratificante en soledad, siempre. Eso es lo más importante.
Utilizaré la famosa pirámide de Maslow como ejemplo y contraste:
Nivel 1: todas las reseñadas por Maslow, exceptuando el sexo que es prescindible o autosuficiente (sin necesitar a nadie).
Niveles 2 y 5: necesarios ambos, ya que se trata de la seguridad y de las actividades de autorrealización que me colocan en el mundo, al menos imaginariamente.
Niveles 3 y 4: innecesarios (filiación y reconocimiento). Los viejos ya no necesitamos realizar esas esforzadas tareas: somos feos, invisibles y molestos para todo el mundo, hasta para nosotros mismos. Y menos mal, porque nos ahorramos dos de los niveles y el trabajazo que suponen, nada menos que competir todos los días con los demás para llegar a existir y ser (por ese orden). Anda y que les den a Maslow y al mundo.
Todo listo entonces: es sencillo, seguir el guion y disfrutar de la vida en soledad, pero enriquecida con la voluntad y un cierto hedonismo, como, por ejemplo, comer bien, buenos libros, estupenda música, placenteras siestas, escribir bien y hasta gustosas masturbaciones y cosas así, sencillitas y posibles. Epitafio para mí: Murió solo, tranquilo y libre…
La Fotografía: Partida de viejos en un espectáculo del legendario oeste en Tabernas, Almería; muy mal situados ante la previsible fatalidad de la vejez (ya lo eran): socializaban (llegaron todos juntos) y se aburrían porque solo esperaban a la muerte, y eso es terriblemente tedioso.