Me acuerdo de mis colegios
“El niño que dejé de ser se convirtió en un antepasado y, en cierta medida, en una criatura enigmática, distante, de la cual soy hijo o nieto…”. Antonio Lobo Antunes (acaba de morir y lo siento mucho)
Jueves, doce de marzo de dos mil veintiséis
Antes que nada, mi felicitación a este diario fotográfico y siempre íntimo, porque es un gran invento, una fugaz inspiración, o mejor una iluminación que se me ocurrió hace veintidós años y que me ha ayudado a vivir desde entonces. No quiero ni imaginar que habría sido de mí sin él diario, porque la idea de que no existiera me aterroriza. Hoy cumple 22 años y 8036 entradas, tantas como días han transcurrido desde entonces.
Ahora, a mi edad, tan cercana al final de la representación de mi vida, se me ocurre contrastarme con los Tres Pilares del Legado, según la tradición:
Tener un hijo: Sí, lo he tenido; Plantar un árbol: alguno he debido plantar, pero sin propósito trascendente; Escribir un libro: también lo he hecho, es este diario, que, aunque tiene un formato atípico, su redacción ha durado y dura muchos años y reúne miles y miles de páginas.
Al menos, estos tres logros justifican mi inepto paso por la vida y me dejan tranquilo. Sí, porque al menos he logrado hacerlo y seguir haciéndolo, porque mi diario soy yo y si no existiera daría igual haber nacido que no. Obviamente, a mis propios ojos y consideración; porque el diario no trascenderá ni falta que hace. Menos mal que eso me importa muy poco o nada.
Lo único trascendente y que yo he cumplido, es lo que dejó escrito Albert Camus: “El sentido literal de la vida es todo lo que hagas para evitar matarte”.
La Fotografía: Foto de colegio pobre, con 11 años. Me parezco un niño guapo, y del que, además, mi abuela materna decía “qué bueno es pepito” (claro, era mi abuela), pero tenía razón porque lo era, y la prueba es que lo sigo siendo. Lo que no decía mi abuela porque no creo que lo quisiera saber, es que tenía un bajísimo nivel de inteligencia, y la prueba es que sigue siendo el mismo (eso no cambia nunca).
Asistí a colegios ínfimos desde 1958 a 1967 (9 años), en los que no aprendí absolutamente nada. Carecía de condiciones para aprender y ellos para enseñar (fracaso asegurado). Esa incompetencia, durante al menos 6 años se vio severa y sistemáticamente castigada con malos tratos físicos. Durante el primero de ellos (el cuarto de mi vida escolar); las agresiones fueron ejecutadas por un apestoso viejo cojo (exmilitar), que consistieron en sonoras y dolorosas bofetadas, pellizcos en la entrepierna, golpes con un mechero metálico en la cabeza y retorcimiento de orejas, que me acuerde ahora. En ese momento tenía 9 años. Los siguientes cinco cursos, el protocolo consistió en parecidas agresiones: violentas bofetadas, golpes con saña y odio en las palmas de las manos con palos o reglas o tirones del pelo. Todo ese amplio repertorio de vejaciones y dolorosos daños me los infligieron maestros primero y jefes de estudio después, en dos colegios distintos. No recuerdo que en esos años nadie se interesara por lo que aprendía o no de las materias que realmente no impartían. A ellos les traía sin cuidado lo que me pasara o aprendiera. Ni siquiera sabían cómo me llamaba. Menos mal que seguí siendo un niño guapo (todos los niños lo son). En esta foto y en ese curso, el maldito maestro del terror que le tocó martirizarme se llamaba Don Adelio (de infausta memoria). No me acuerdo haber aprendido nada de él o con él, pero sí de las muchas bofetadas que me propinó. Esta entrada no es un ajuste de cuentas con nadie, ni contra los verdugos (era la cultura educativa imperante); ni con mis padres, ellos menos que nadie porque lo hicieron lo mejor que supieron, además de que nunca les conté que esos malnacidos me pegaran, no era costumbre; ni siquiera contra el sistema del país (dictadura) que no propició una educación esmerada y eficiente, al menos entre la clase social a la que pertenecía y pertenezco (pobre). No, nadie tuvo la culpa de nada, que yo pueda concretar ahora, en todo caso la desidia y la insensibilidad de aquella despreciable gentuza. Sencillamente, fueron el signo de los tiempos, la vida que me tocó y las capacidades o lo contrario con las que vine al mundo, y de eso no me siento responsable, aunque pude haber hecho algo práctico para mejorar el ridículo que fui y seguí siendo después, y así hasta ahora mismo. Menos mal que eso, a estas alturas, ya me da igual y me río y me río de todo, hasta morirme de risa. Afortunadamente fui guapo (y bueno, que dijo mi abuela) hasta que me hice adolescente, momento en el que me estropeé un poco.