22 JULIO 2026

© 2026 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2026
Localizacion
Película Sin Perdón, de Clint Eastwood (1992)
Soporte de imagen
-DIGITAL 12.800
Fecha de diario
2026-07-22
Referencia
11754

DIARIO DEL ESPANTO 12
“Un ser humano humilla a otro. El humillado acaba odiando. Y el que humilla acaba por justificar su acto en nombre de su libertad…”. Manuel Vilas
Domingo, diecinueve de julio de dos mil veintiséis

Últimas noticias del territorio Dalton: de nueve a doce de la noche, varios intentos de discusiones de tono creciente; es decir, en el planeta Dalton, justo pegado a mi casa, el tono de voz de los contendientes sube en un destilado de soeces palabras agresivas e insultantes.
De pronto, sin saber por qué, se callan, silencio absoluto, como si se los hubiera tragado la tierra o la covacha donde malviven. Una hora después, otra vez, y ahora la discusión viene creciendo de un punto lejano de la calle que da acceso a su maloliente refugio. Algunos chillidos y una voz rasposa de mujer que eleva el tono de los insultos, estentóreamente. De pronto, silencio otra vez. Así dos o tres veces más.
Mientras, yo, cenaba en mi patio de clausura, en la decreciente luz de la tarde noche. De rato en rato, sobresaltado por una voz exasperada y furiosa.
Me retiré a las doce menos cuarto. Me costó dormirme. A la una y media de la madrugada me despertó una gran trifulca que sonaba a pelea, gritos como cuchillos oxidados manchados de sangre; ruido de cristales de botellas que se rompían y una voz altisonante e imperativa que se impuso por encima de las demás instando a los contendientes a que pararán. Las voces se fueron apagando y unos minutos después, el silencio una vez más.
Los Dalton han cambiado de dinámica, antes podían estar una hora seguida discutiendo a grandes voces; ahora, no, lo hacen a ráfagas; y creo que la razón es para que los vecinos (yo, por ejemplo), no tengamos margen para llamar a la policía. El incidente de la una y media me arrebató el sueño hasta, como mínimo, las tres de la mañana.
Supongo que me dormí, pero a las cuatro más voces y golpetazos de unos objetos con otros, o contra las paredes, acompañados de insultos, insultos y más insultos y todo tipo de improperios. En esta ocasión era la mujer de voz pedregosa, la más activa y furiosa. La que insultaba más duro. Gritaba a los demás, que deberían ser seis o siete, y los ordenaba que se levantaran. Los llamaba hijos de puta y otras desafiantes groserías. Ellos a su vez también gritaban. Enloquecidos todos.
Cogí el teléfono dispuesto a llamar a la policía; y entonces, no sé porque extraña razón volvió el silencio. Al rato, adormecido ya, otra vez lo mismo. Repetí el gesto de llamar, pero volvieron a callarse. Como esa situación se repitió a intervalos hasta pasadas las seis de la mañana decidí levantarme porque, evidentemente, ya no podría conciliar el sueño.
Ninguno de los vecinos cercanos debió llamar a la policía porque no oí que vinieran. Yo, tampoco (por cierto, si llamas, te cargan en la factura unos céntimos por no hacer nada). En todo momento me refiero a la policía municipal, que cuando vienen, en vez de fichar a los alborotadores o sancionarlos o reconvenirlos, se dedican a confraternizar con ellos y se despiden amigablemente deseándose todos buenas noches. ¡Menuda puta mierda!
Los malditos hijos de la grandísima puta que son los Dalton, me arruinaron la noche del sábado y de paso el domingo porque pasé el día con carencia de sueño. Y todo, por qué; sencillo, porque hay gentes (los malditos okupas), que les importa una mierda hacer la vida imposible a los demás; y por qué, también sencillo, a las gentes normales (vecinos), no nos reconocen ningún derecho, ni siquiera existimos para ellos, somos basura adocenada a las que se puede atropellar y humillar; no valemos nada a su consideración, por estar acobardados, metidos en nuestras casas y porque jamás nos enfrentaremos a ellos. Somos carne de humillación.
La Fotografía: Dos calles de mi barrio son el salvaje oeste y los que vivimos en ellas, gente acobardada como la que vive asustada en los westerns; con la diferencia entre ellos y nosotros que en el lejano oeste existían los John Wayne, o los Gary Cooper, o los Robert Mitchum, o los Clint Eastwood… de turno, y nosotros solo tenemos a unos pusilánimes policías municipales. Ah, y unas leyes que protegen a todos los Dalton que en el país son.

Pepe Fuentes ·