ADENTRÁNDOME EN LAS TINIEBLAS 47
“Todo ser humano debe ser capaz de soportar la vida”. Sigmund Freud
Miércoles, tres de septiembre de dos mil veintiséis
Hoy es el infausto aniversario de la muerte de mi padre (1978). Mi padre fue como quiera que fuera, es decir, como le salió ser a partir de un cúmulo de hechos o designios que confluyeron en el momento de ser engendrado, a partir de una herencia genética que venía desde un tiempo inmemorial y que se perdió en la tiniebla del tiempo.
Después vino la historia y la cultura donde creció en torno a los otros: sus padres y todos aquellos con los que fue relacionándose. Pero, soy de la opinión que el núcleo esencial venía de antes, de mucho antes.
Nos relacionamos con el mundo a partir de nuestro contacto con una realidad ante la que reaccionamos haciendo unas cosas u otras, unas decisiones u otras, pero siempre a partir de lo que nos constituyó al nacer.
Mi padre, en la época en la que despertaba al mundo, nueve años, por ejemplo, corría salvajemente por las calles de Toledo, cuando la ciudad era bombardeada y el Alcázar asediado. Al colegio no fue nunca, o tan solo para conseguir aprender a leer y escribir con dificultades. Lo mismo que mi madre. Ambos fueron hijos de familias pobres y de un contexto histórico y social extremadamente precario. Y, de esas infortunadas circunstancias nací yo, que heredé una insuficiente inteligencia racional, pero sobre todo emocional (mi eterna condena).
A mi padre le oí decir a mi madre, cuando era adolescente, que era un desgraciado. Ellos sabían que habían engendrado un bulto dudoso y deficiente hasta lo más profundo de su ser.
No obstante, mis padres, a pesar de todas las dificultades del mundo, por encima de cualquier consideración, fueron grandes personas, generosas e íntegras. Buenas y sensibles. Y yo también, o así me considero.
Se lo debo a los indefinibles e indetectables genes de ellos, porque no tuvieron ni tiempo ni recursos para educarme, salvo por el ejemplo laborioso e incansable de mi madre. Por mi parte, siempre empujé en sentido contrario por culpa de mis torpezas e incapacidades.
Estoy persuadido de que todo procede, lo bueno y lo malo, de lo que traje conmigo al nacer y eso es de ellos y de sus ancestros. De tiempo inmemorial, de un tiempo oscuro para mí. Por eso, mis padres son lo más importante que yo puedo encontrar en mi ser, e independientemente de cómo fueran en el tiempo que vivieron, para mí siempre serán el origen para reverenciar, por encima de todo.
Puede que mi padre no fuera precisamente un ejemplo porque durante muchos años se entregó al goce descontrolado (pulsión de muerte), autodestruyéndose a partir de una nefasta adicción que tanto nos hizo sufrir a mi madre y a mí.
Por mi parte, puse todos los factores de autocontrol en mí, al menos en cuanto a las adicciones; pero no desde el consciente disciplinado, no hizo falta, ese componente de sensatez lo traje conmigo al nacer (mi abuela decía de mí cuando era muy niño: ¡qué bueno es pepito!
Me siento bastante perdido a la hora de encontrar los puntos cardinales de mi ser y del modo en el que he vivido. Lo dejo todo en manos de lo inabarcable e indefinible (los orígenes de todo, el antes del alumbramiento, porque son indetectables en el espacio y el tiempo) y del insondable misterio que es el vivir, pero sobre todo el morir.
Mi padre existió, me engendró y murió en un día como hoy de hace cuarenta y ocho años, y le rindo el más sentido y respetuoso homenaje. Sin él yo sería otro, lo que sería inconcebible e indeseable.
La Fotografía: Mis padres eran guapos y glamurosos, sobre todo mi padre que tenía la viva imagen de galán Hollywoodense de la época. Siempre pensé que se parecía a Sterling Hayden. Se casaron el catorce de noviembre de mil novecientos cincuenta y dos. Nueve meses menos cuatro días después nací yo. Esa noche mi padre y mi madre fueron precisos, exactos, certeros, no fallaron en su propósito; salvo en el resultado y consecuencia de su acto de amor: me engendraron a mí y lo estropearon todo para nuestra familia y el resto del tiempo. Claro que, cómo podían saber ellos que yo llegaría con una pesada carga de tinieblas. Yo tampoco pude hacer nada, salvo lo que, al parecer, instintivamente hice (algo debía saber ya), que fue dejar estéril a mi madre al nacer. Tuve un diabólico éxito que he disfrutado toda mi vida: soy hijo único para disgusto de ellos y un infinito gozo para mí.