La vida superflua 11 y 5 (Epílogo)
“La imaginación es el comienzo de la creación. Si imaginas lo que deseas haces lo que imaginas, y al final crearás lo que deseas”. George Bernard Shaw
Jueves, nueve de abril de dos mil veintiséis
… El título de este capítulo es un acierto pleno, no tanto porque contenga acciones superfluas, que también, sino porque se refiere a un protagonista que es la perfecta encarnación del hombre superfluo. O, dicho de otro modo, el que sea un ser que todavía no se ha extinguido, es una eventualidad involuntaria de la naturaleza, y, por lo tanto, coherentemente prescindible y obviable. Su presencia en el mundo es una excepción marginal del sistema. Especialmente eso, a mí (sí, hablo de mí), me hace inmensamente libre. Solo me detiene el miedo y el cansancio.
Esta entrada es a modo de epílogo de las que he dedicado a la Semana Santa. Solo estuve cuatro horas en la zona cero de mi ciudad donde se conmemoró la pasión y muerte del Hijo de Dios: “Mi padre me eligió para este papel, es un error, una monstruosidad, pero seguirá siendo una de las historias más conmovedoras de todos los tiempos, la llamarán la pasión de Cristo”. Amelie Nothomb (Sed)
En realidad, no es una fiesta porque no hay jolgorio, música, baile, risas… solo un arrastrar los pies concentradamente por plazas y calles y mirar estática y respetuosamente el espectáculo que monta la iglesia, las cofradías y la administración civil de la ciudad. Sin risa no entiendo el éxito multitudinario.
Para mí, estas son celebraciones y actuaciones propicias porque se viven en la quietud contemplativa, y ya no estoy para otra cosa que para estarme quieto y calladito.
Estuve hace hoy una semana, perdí mi bufanda amarilla (lo sentí mucho); hice algunas fotos; hablé con una mujer desconocida y turista; paseé durante dos horas por la plaza principal buscando perros a los que admirar, mientras apenas me fijé en la gente que poblaba la plaza; vi cuatro o cinco pasos de la procesión, sin emoción, porque, como expresión del arte sacro no me sorprendieron y en cuanto a los que los portan sobre los hombros con túnicas de colores encendidos pero sobrios, tampoco consiguieron despertar mi interés. En fin, una previsible indiferencia.
A pesar de que mi vida a lo largo de la semana pasada no tuvo textura vivencial, he tardado en salir del influjo radioactivo de la celebración sacramental, nada menos que de cuatro a seis días. No sé por qué de esas alteraciones en la paz del espíritu en la que vivo; sin ni siquiera tentaciones, salvo la de la gula que en este caso eran unas sencillas torrijas que ni siquiera llegué a probar (contuve el «pecado»).
La Fotografía: La ciudad, en pleno reposo, una vez que las figuras divinas de material no sé si orgánico o inorgánico, pero lujosamente vestidas, y sus acompañantes: los ciudadanos de aquí y los visitantes de fuera; aficionados y los profesionales del asunto: curas, cofrades y otros inespecíficos, ya se habían retirado a descansar inocentemente, sin pena ni culpa. Quedé yo con mi vieja cámara RB67, cuando era analógico (2009), ahora, ya solo soy digital y superfluo.