Diario de un hombre lejano 1.2
“…no tendremos deseos ni esperanzas porque deseos y esperanzas son gestos bajos e inelegantes; ni tendremos impulsos y desasosiegos porque la precipitación es una indelicadeza para con los ojos de los demás, y la impaciencia es siempre una grosería”. Fernando Pessoa (El libro del desasosiego)
Domingo, diez de mayo de dos mil veintiséis
… No sé por qué me he despertado a las cuatro de la madrugada. Me he puesto a leer cosas sueltas, corregir alguna entrada del diario y escribirme correos a mí mismo susurrando al móvil. Luego me he dormido una hora más.
Me he levantado a las siete y eso ha supuesto que ya estaba en otro día, el del compromiso de contar la mejoría que siento en estos últimos días y que intuyo estable, porque, además, tengo un Plan de Plenitud Vital (PPV, como acrónimo).
Es increíblemente sencillo, ya lo decía Antón Chéjov: “La sencillez es la madre del talento”.
Se trata de actuar en consonancia con mi estado físico y mental; pauta que he sometido a validación en este último tiempo, con apreciable éxito: actuar en mi clausura (mi casa) haciendo lo que me produce placer y complacencia porque aun siendo exigente es posible para mí si me esfuerzo (sin dificultad me desmotivaría); o dicho de otro modo, no desear nada que no esté al alcance de mi mano autosuficiente. Todo lo que dependa de la concurrencia de otros, a la mierda con ello, porque la decepción estaría asegurada.
Sencillo, ¿no? Pues sí, y eso me gusta…
La Fotografía: Paseo (de ida, de ayer). Poco antes de las diez me fui al campo, y esta vez con el coche porque me decidí por una ruta infrecuente y distante y que la elección fuera al azar, casi elegida por el propio coche. Llegué a una zona con edificios viejos y un cartel amarillo en el tejado que decía: Posada Rur (las dos últimas letras se habían caído). Aparqué y me dirigí a un camino que partía del edificio principal de dos plantas, que algún día, a mediados del siglo pasado debió ser lujoso. Solo pretendía caminar tres kilómetros de ida, y los mismos de vuelta, claro. Sabía que no me encontraría a nadie: ir y volver sin tener que saludar a accidentales caminantes. No di importancia a que en el cielo se estaba formando una tormenta primaveral que presagiaba agua. Paralelo al camino, el agua corría por un canal de riego en dirección contraria al sentido de mi marcha, despreocupada y distante. Cuando camino siempre somos dos en ruta, yo y el autor de lo que escucho; en este caso era Víctor Amat, y su Autoestima Punk; ilustrativa y descriptiva de mi ser de ahora mismo; autoestima ya tengo, y si no, pues nada, reconocerlo la aumentará seguro. Y ahora a un estadio más allá alcanzar el grado Punk y así hacerme un ser lejano…