DIARIO DE MI FELICIDAD 18
“Y aún en el caso de que, resignados a nuestra suerte, vencido el deseo, consigamos un remanso de paz, de poco nos vale, porque entonces comparece ante nosotros la melancolía y, con ella, el tedio de vivir”. Luis Landero
Jueves, diecinueve de febrero de dos mil veintiséis
Hoy no tengo palabras para construir la entrada que toca, la de un día más. Presiento, barrunto, que este diario acabará pronto. Sí, porque ha pervivido en el tiempo porque el malestar ha sido incesante; y ahora, esa insatisfacción ha mutado en lo contrario, en conformidad e indiferencia. Cuando me levanto no encuentro causas para enfadarme y mucho menos para sufrir.
Las razones de este tranquilo bienestar son tan sencillas que alcanzan la menor categoría de la simpleza. Sí, seré un hombre tan plano, pero tan diáfano, como una superficie pulida como el cristal, que además mostrará lo que hay al otro lado o debajo: nada, en absoluto, vacío y pura insustancialidad feliz.
Como dice Landero en la cita de apertura: he alcanzado la inexistencia de deseos, pero, en mi caso sin melancolía. La amenaza será el tedio; pero para eso están las rutinas, y tengo muchas y fáciles y felices.
¿Cómo he llegado a este nirvana? No a través de la meditación e iluminación espiritual, o el desprendimiento de los deseos conscientemente; no, mi camino ha sido sencillo y resumido en una elemental pregunta ¿puedo hacer algo para que personas que me gusten se acerquen a mí, me acompañen y conversemos tranquilamente sobre cómo conjurar la posible melancolía de la que habla Landero? No, en absoluto, de todo punto imposible. Y si lo intentara, fracasaría fatalmente y dejaría de ser feliz. Nadie que pueda gustarme (hablo de mujeres y hombres inteligentes e interesantes, así, grosso modo), ni tan siquiera se dignarían en echar un vistazo a un viejo caduco como yo, y mucho menos prestarme atención y preguntarme qué tal estoy, o si hacemos algo juntos que nos haga felices.
A partir de esa circunstancia, que empiezo a convencerme de que a fin de cuentas es óptima (de las circunstancias, virtud), viviré en paz total conmigo mismo y disfrutaré de mis rutinas conformistas.
Confort total, cero placer.
Hoy me ha visitado Naty para ayudarme a desentrañar enigmas tecnológicos. A cambio, he cocinado espaguetis con gambas que le gustan mucho. Hemos comido, se ha marchado a su casa, y yo he dormido una siesta corta, una de mis rutinas favoritas por bastante placentera.
Ahora estoy pensando en ir mañana a Madrid, en un tren de la muerte (que espero que no descarrile y será gracias a la suerte y no al mantenimiento inexistente); al Thyssen, me interesa sobremanera una exposición temporal: dedicada a Vilhelm Hammershoi, y si me da tiempo, me acercaré a la fundación Mapfre.
La Fotografía: Como vengo diciendo desde hace mucho tiempo en este diario: no es la envidia mi condena y tormento. Me trae sin cuidado lo que hagan y consigan los demás; yo, soy inmensamente rico con mis rutinas, que además no me ha costado nada conseguirlas: solo repetir y repetir lo que me gusta. En este autorretrato tengo un semblante tranquilo y conforme con todo. Hace un instante acabo de leer en una de esas ingentes cantidades de citas de filósofos que aparecen en prensa y en Google cada día (se han puesto de moda, a lo mejor es que me imitan): “No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados en compararnos con los demás». Slavoj Žižek