EL DÍA DE LOS EPÍLOGOS 61
Colección de misceláneas (8): Muchas entradas en este capítulo: dos obras literarias con telón de fondo de situaciones políticas coyunturales: España y Albania con las obras de Paco Cerdá, Presentes; y Lea Ypi, Libre, sobre la transición en Albania de la dictadura comunista a la democracia liberal; a partir de un testimonio autobiográfico infantil y adolescente absolutamente encantador; y una más, Una función en el teatro Fernando de Rojas, de mi ciudad: ‘Carmen, nada de nadie’, que ni fu ni fa. No me dieron razones ni siquiera para sonreír. Dos películas: con cuatro entradas: dos dedicadas a El acusado, francesa, de Yvan Attal, sobre una dudosa pero posible violación; y dos, Maridos y Mujeres, de Woody Allen, maravilloso análisis sociológico de la cultura matrimonial entre parejas de alto standing cultural en la Nueva York de los años ochenta. El gran Woody haciendo honor a su talento, una vez más.
La vida superflua (6): Cuatro entradas y un epílogo dedicadas a contar mi experiencia de un día de la Semana Santa, en mi ciudad, a la que me acerqué a media tarde del Viernes Santo, en la que “ligué” con una turista, sin consecuencias transcendentes, más allá de una conversación insulsa sobre nada y a la visión (sí porque es cosa de visionarios, lo de las procesiones sobre la pasión y muerte de Jesucristo), de la procesión principal del día, que me dejó exhausto. Por último, la entrada de ayer mismo, sobre este diario y un chino o china, visitante solitario de mi diario de ayer mismo.
Diario del espanto (5); La primera, dedicada a Psicopompo, de Amélie Nothomb, sobre la transición de la vida a la muerte, con ayuda elementos mitológicos, los pájaros en esta obra; y en mi caso a la posibilidad de que sea uno de mis perros Ker, el que cumpla esa difícil responsabilidad. Las cuatro entradas restantes dedicas a El desencanto, película de Jaime Chavarri (1976); pero, sobre todo a la familia Panero y muy especialmente a Leopoldo María Panero.
Monólogos sobre arte (3): Una entrada residual dedicada a la exposición del magnífico pintor danés Hammershoi (finales del siglo XIX y principios del XX), en el Museo Thyssen (todavía no he terminado con esa exposición). Y dos dedicadas a la Feria de Arco de este año (tampoco he terminado). Soy capaz de desordenarme mucho.
Diario de un hombre invisible (2): Una obra teatral en mi ciudad (Teatro Rojas): American Buffalo (1975), de David Mamet, espléndida representación y estupenda idea haber asistido. Y un sábado en el que, por una especial conjunción astral, tuve una imperiosa necesidad de copular con mujer; pero, finalmente, como era natural en mis circunstancias mi ilusión se frustró. Ahora ya es muy difícil cumplir con los imperativos de la naturaleza.
Los días (2): Cosas diversas, las que suelo contar en este apartado. Una de ellas, mi encuentro fortuito con mi vecina de más arriba de la calle, y las cosas que nos contamos. Ambos seguíamos igual (ella con diez años menos que yo). Y otra, sobre una reunión en mi casa, con Ángel y Naty, para ver la eliminación de nuestro equipo de fútbol. Lo pasamos bien, aunque perdimos.
Diario íntimo (1): La primera del mes: sobre guisos, madres, padres y cómo eran las relaciones familiares a mediados de los cincuenta y de qué nefasta forma nos ha influido a los de aquella generación. De cualquier forma, no cambiaría mi fecha de nacimiento por nada. Solo faltaba, una experiencia aciaga más.
Diario de la belleza (1): Los dinosaurios, de una belleza perdida, pero no olvidada, que se recrea ahora en una incomprensible distancia en el tiempo: millones de años. Es una dimensión que los humanos apenas si podemos concebir; desde luego, yo no.
Diario de clausura (1): Relato sobre mi circunstancia de proximidad: la propiedad colindante la han ocupado una pandilla de okupas, que, por ahora, se tradujo en contaminación acústica el verano pasado (discusiones a altas horas entre ellos). Ahora han vuelto las oscuras golondrinas (okupas), por lo que no sé qué podrá pasar el próximo verano.
La Fotografía: Viernes Santo del año dos mil veintitrés en Cuenca, entre ensordecedores tambores a primera hora de la mañana del día en el que la tragedia de Jesucristo se consumó; que ahora, dos mil años después lleva a los conquenses a encapucharse y a aporrear ruidos tambores rítmicamente… Se dice que, después de su muerte, Jesús resucitó al tercer día y que más tarde ascendió al cielo; pero el viernes fue el de su muerte, luego todavía no había motivo de regocijo por su vuelo divino y triunfal y sí de lágrimas bajo los capuchones (provienen del siglo XV, utilizado por la Inquisición Española para identificar y avergonzar a los condenados). He ido varios viernes santos a Cuenca. Ya no volveré.