COLECCIÓN DE MISCELÁNEAS 109.1
“Todas las sectas, y aún las grandes religiones, tienen una vertiente siniestra, por atractivos que resulten su fe, su doctrina, sus mitos. Todas trabajan en la oscuridad de las conciencias, hurgan en la herida sin fin del miedo humano para extraer destellos de esperanza que son ofrecidos a los creyentes como diamantes del paraíso… Rafael Argullol (El puente de fuego)
Jueves, veintiséis de marzo de dos mil veintiséis
Anoche perdí uno de los mejores momentos del día: cuando, después de cenar, me tumbo en mi sillón largo a ver una película en la que procuro que haya locura, tensión y dramatismo activo y estimulante (valga el oxímoron). Sí, porque dando desvergonzada e inconscientemente la espalda a mi intuición, a mi elemental sentido de la supervivencia existencial y a mis reservas hacia la opinión pública mayoritaria (tan desafortunadamente previsible), me lancé a ver la Gran Película Española (muchos Goyas), de dos mil veinticinco. Y claro, semejante atrevimiento, tan alejado de mis pulcras y prudentes costumbres me condujo inexorablemente a un inmenso y bostezante aburrimiento.
La pantalla me ofreció una historia previsible y tétrica, con olor a sacristía húmeda y rancia y a un planteamiento ético y sociológico ochentero, sino anterior.
Quizá me funcionó el subconsciente porque por la tarde vi una fotografía de la guionista y directora del engendro: Los domingos (2025), Alauda Ruiz de Azúa, que me pareció una mujer guapa, impecablemente sonriente (importante), eso sí, de una belleza antigua y conventual (ella también podría ser monja)…
La Fotografía: A priori sabía que la película me daría juego para tachar el día en el diario en modo penal o extinto servicio militar obligatorio (tachando días en el calendario), porque, al fin y al cabo, mi vida es un cautiverio porque no tengo ni fe ni esperanza y además estoy cansado de cansarme. Dispuse mi cámara para fotografiar, pero hubo momentos en que la cámara se negó a activar el mecanismo de disparo desde el cable que fui pulsando tercamente, aunque sin ganas. Ella sabe. –Rezaré por ti-, dijo la ensoberbecida y tardía adolescente por creerse en poder de un absoluto, a la tía descreída y escéptica, pero, a su vez, creyente también en la supuesta y superior libertad secular. Eso sí desde el puto suelo.