Diario del Desamor 3
“La vida no es más que una larga pérdida de todo aquello que amamos”. Valérie Perrin
Martes, quince de septiembre de dos mil veintiséis
Hoy, esta tarde, acabaré la novela: Cambiar el agua de las flores, de Valérie Perrin; de hecho, la cita de entrada es el título del capítulo 92.
En el final del 91 se produce este maravilloso diálogo entre la protagonista, Violette, y su gran amiga Celia:
Violette: Celia, he conocido a alguien (…) Pero se ha acabado.
Celia, ¿por qué? Tengo mi vida, mis costumbres desde hace demasiado tiempo. Además, él es más joven que yo, y además no vive en la Borgoña y además tiene un hijo de siete años.
Esos son muchos además, pero una vida y las costumbres pueden cambiarse.
¿Tú crees?
Sí.
¿Tú cambiarías de costumbres?
¿Y por qué no?
Valérie Perrin
El título de este capítulo del diario es extraño al contenido de esta entrada, porque llevo demasiados años autoconvenciéndome de la imposibilidad del amor, con un cierto éxito; pero, contradictoria y resignadamente. No me gusta que pueda ser (y es) así.
Me pregunto: ¿existe el amor más allá de la ficción: de una excelente novela o de una película o de la poesía…? Me contesto: lo dudo, pero mientras se escriban novelas como la de Perrin ¿quién quiere el amor real? No me contesto.
Deseo con ganas que el amor exista; sería maravilloso que fuera así y que nos llevara hasta la pérdida de cualquier sentido de la lógica, de la sensatez, de la prudencia; que nos llevara a la locura.
Qué tengo yo, si no tengo amor: Nada.
De muy niño, me enamoraba de las niñas perdidamente porque, probablemente, en mi casa no sentía que el amor existiera (que sí existía), pero no tenía forma, no había ni besos, ni abrazos, ni sensualidad (la primera sensación de amor se vive a través de la proximidad del cuerpo de la madre y no fue mi caso). Mis padres en ese aspecto fueron secos, inexpresivos, aunque no los culpo. Quise cuerpos, pieles, gestos, besos, abrazos, pero no conseguí nunca esa sensación de estímulos plenos. Nadie cultivó en mi cuerpo el germen del amor, que al no prender me convirtió en un ser estéril.
Me ha encantado la novela de Perrin porque es una enorme, genial, brutal diría, historia de amor y desamor al mismo tiempo. Sublime, emocionante, literariamente perfecta, una creación que te hace pensar y sentir que el amor puede ser posible. Sí, tal vez sí.
Valérie introduce en su historia una variante de Los puentes de Madison, de forma natural y con un sentido temático absolutamente creíble y necesario. Gabriel e Irene, ambos casados, se enamoran locamente al margen de sus matrimonios; pero no es una vulgar historia de infidelidades; no, en absoluto, es la de un amor apasionado y arrasador.
Irene le confiesa a Gabriel, una vez muerto este: “Usted es mi primer amor, mi segundo amor, mi décimo amor, mi último amor. Usted ha ocupado toda mi vida. Vendré a reunirme con usted en la eternidad, mantendré mi promesa. Guárdeme un sitio cálido, como en las habitaciones de hotel en las que nos encontrábamos, cuando usted se adelantaba, me guardaba mi sitio caliente en esas grandes camas de paso… Valérie Perrin (Ella siempre llamó de usted al gran y único amor de su vida).
El amor existe, sin duda, si es como el de Irene y Gabriel; y ¿por qué no iba a existir? ¡Y por qué no!
La Fotografía: La foto es de 1978 (había empezado a fotografiar tan solo un año antes); y ya el amor se me aparecía como un tema nuclear para llevar a mi recién estrenado soporte o lenguaje o cómo se quiera llamar. Y hasta hoy. Asunto de capital importancia, siempre.