MONÓLOGOS SOBRE ARTE 40.1
Y si toda tu fe estuviera equivocada, ¿qué pasaría entonces? (hermana del patriarca, cínica y lúcida)
-Que aún viviría mucho mejor que todos los que dudan… (patriarca)
-Un momento, estás diciendo que prefieres a Dios a la verdad. (hermana del patriarca, cínica y lúcida)
-Si es necesario, elegiré siempre a Dios antes que a la verdad (patriarca de la familia)
Diálogo en una celebración judía, de la película: Delitos y Faltas, de Woody Allen (1989)
Martes, diecinueve de marzo de dos mil veintiséis
Siete meses, siete, llevo sin entrar en la estancia donde dialogo conmigo mismo sobre arte en este diario.
Me dejé atrás la última edición de Estampa (septiembre). No sé si volveré sobre ella. No creo porque ya no me acuerdo, aunque fotos tengo, claro.
Mientras, Delitos y Faltas, de Woody Allen (artista total); quizá, para mí, su mejor película; aunque eso es imposible determinarlo categóricamente.
Me fascinó la primera vez que la vi y ayer mismo (al menos mi sentido estético permanece estable en lo excelente): el clamoroso triunfo del cinismo y la inmoralidad gratuita, todo le sale gratis al gravísimo y cobarde infractor, salvo por unos problemas de conciencia de nada, adheridos a su alma desde que se los soldaron en la infancia a golpes de la Torá; pero que un breve paso del tiempo y el puro instinto de supervivencia, templado en el más puro y miserable interés propio a costa de lo que sea, se encarga de disolver.
Una tía de la familia, episódica, lúcida y peligrosa como una cascabel, afirma que la única verdad es la del resultado final de los hechos, que lo demás es accesorio, o, dicho de otro modo, que, si un asesino queda libre (incluidos los nazis si hubieran ganado la guerra), se salva, porque Dios no existe y la moral solo es una convención que podría ser una impostura sujeta a relativas eventualidades, o a los vaivenes de la cultura del ¡sálvese quien pueda!.
Y es ahí, en ese ambiguo terreno vivencial y moral donde Woody Allen despliega su inmenso talento para escribir y filmar, con una ligera sutileza que convierte lo oscuro en luminoso. El ser humano, escabroso y de oscurísimas intenciones, en este caso encarnando a un ser elegante, impoluto y encantador, queda impune.
La película está encuadrada o calificada como comedia; pero no me parece exacto, es un drama con mayúsculas porque muestra crudamente todos los errores vitales y morales que nos gastamos los humanos al vivir y eso no es comedia, sino ejercicio de puro y amargo cinismo.
Pero, por obra y gracia del gran Allen, al mismo tiempo que ves el lado negrísimo disfrutas como si de una amable comedia se tratara ¿melodrama, tal vez? Sí, mejor, cuadra más. Quizá lo único cierto es: ¿a quién le importan las lágrimas, si se puede reír? La respuesta se revela por sí sola.
Siempre he querido a Woody y siempre lo querré.
La Fotografía: Claro, la impactante cara A de la historia, por pura lógica narrativa de Allen, tiene cara B, inmensa y ejemplar también, y no es otra que la que permite al personaje encarnado por el propio Woody, trabajar un personaje perdedor cargado de contradicciones lúcidas y desamor recurrente propio de su mundo de seres atribulados. Entiendo al director de documentales de escaso éxito, frustrado en su matrimonio y que aspira a un amor arrebatado y luminoso para su vida… Para más información sobre el desenlace mirar atentamente la foto de hoy; o mejor todavía, ver la apasionante película.