La vida superflua 11.2
“Una vida usada cometiendo errores no solo es más honorable, sino que es más útil que una vida usada no haciendo nada”. George Bernard Shaw
Sábado, cuatro de abril de dos mil veintiséis
…Desde la plaza del reloj parado (lleva así mucho tiempo, por primera vez desde que yo vine al mundo); opté por un recorrido espiritual, dado las fechas: cobertizos (hay conventos de clausura donde guardan los pasos de las procesiones); avancé por otras calles también con iglesias y mucha gente y así llegué a la plaza del Ayuntamiento, que en realidad es la de la Catedral porque es una construcción, santa, además de imponerse a todas las demás, por tamaño, antigüedad y suntuosidad.
La Catedral se encontraba fuertemente iluminada por el sol y la plaza en sombra. Había bastante gente que no parecía hacer nada, aunque se les veía satisfechos. La clave del movimiento feliz de los humanos consiste, creo percibir, en un detalle sin apenas importancia, por ejemplo, sin hacer nada nadie, ellos, visitantes, estaban colmados porque su pasividad la vivían lejos de su ciudad; y yo, aburrido porque me encontrada en la mía. Lo que remite, parece, a que para estar contentos hay que viajar; pero que va, eso es mentira, y si no que se lo pregunten a las monjas de clausura. Todo depende de cada uno y de su capacidad para vivir cometiendo errores.
No terminaba de sentirme cómodo porque a estas alturas de mi aventura, no me estaba interesando realmente ni por los motivos de la santidad de la semana ni por nada en especial. Mi estado de ánimo solo me daba para arrastrarme despaciosa y aburridamente por las calles porque ya lo sabía todo.
Decidí sentarme en uno de los escalones de la puerta principal del Palacio Arzobispal, para ver si así resultaba inspirado o iluminado por algún influjo sobrenatural.
Inadvertidamente me había sentado al lado de una mujer, y unos minutos después, me percaté que era joven y esplendorosa. Tardé en darme cuenta porque las mujeres ya no existen para mí como posibilidad activa y real. Decidí, por puro instinto residual de mi conciencia (de deseo mejor ni hablar), tensionar un poco nuestra cercanía. Noté que ella respondía acusando mi atención. Después de algunas miradas de reojo compartidas, la saludé. Ella respondió con una sonrisa de aceptación al acercamiento.
Comenzamos a charlar de banalidades, que era lo que tocaba. Se trataba de una mujer bastante atractiva, delgada, estatura media, cuerpo de marcadas formas, media melena rubia, expresión alegre y segura. Calculé que debía tener cuarenta años, como mucho. Eso la descartaba como un ligue feliz y provechoso. Me contó que estaba en la ciudad desde el jueves haciendo turismo, y que la estaba encantando todo lo que veía. Dijo ser asturiana, de Oviedo, y que se iría el domingo. Yo le dije que era de aquí mismo, lo que supongo que no la estimuló precisamente, además de que debía haberse percatado de que soy un viejo al borde de la muerte…
La Fotografía: Vistas así las cosas, a través del velo gris del desánimo, mejor que la Catedral se torciera peligrosamente y así que la tarde fuera algo más excitante. Los que vivimos aquí y los visitantes, siempre estaríamos pendientes de sí se cae o aguanta prodigiosamente, como si de un milagro se tratara ahora que estamos en días de la conmemoración de lo inverosímil, de hechos imposibles por incontrastables, como una ascensión milagrosa a los cielos sin nave espacial, ni escafandra, ni traje de astronauta naranja (entonces todavía no se habían inventado). Eso no impide que todo el mundo crea en los prodigios y muera por esa fe si hiciera falta (el santoral está repleto de ejemplos).