8 FEBRERO 2026

© 1980 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
1980
Localizacion
Salvador Luján (Toledo, España)
Soporte de imagen
-35 MM- TRI X 200
Fecha de diario
2026-02-08
Referencia
5381

Me acuerdo de Salvador, mi abuelo
“Quizá el silencio dura más allá de sí mismo y la existencia
es sólo un grito negro, un alarido ante la eternidad”.
Antonio Gamoneda
Miércoles, cuatro de febrero de dos mil veintiséis

Salvador fue mi abuelo. El padre de mi madre. Nació cuatro años después de iniciado el siglo XX y murió en el 89 del mismo siglo, a los ochenta y cinco. De cáncer intestinal.
Fui consciente de la existencia de mi abuelo cuando tuve 6 años; y él 55. Viví con él y mi abuela, en una minúscula casa solitaria en lo alto de un cerro agreste, durante tres cursos escolares. Solo lo veía por la noche, cuando llegaba después de pasar el día arando el campo. Se sentaba en una silla baja en silencio y cenaba lo poco que hubiera en la casa. Mi abuelo y yo nunca hablábamos. Él tampoco lo hacía, ni siquiera con mi abuela. No sé si se quisieron. Me parece que él a ella sí: se casaron cuando mi abuela tenía ya un hijo, al que asumió como suyo. En aquella época (años 20 del siglo pasado, eso era impensable en las clases pobres).
Mi abuelo no sabía ni leer ni escribir.
Mi abuelo trabajó desde niño en las tareas más duras del campo hasta que se jubiló (arar en invierno, segar en verano).
Mi abuelo fue sordo, siempre le recuerdo con un audífono, pero aun así había que hablarle muy alto.
Mi abuelo, que yo pueda recordar, tampoco tuvo dentadura nunca. Nadie se preocupó de proporcionarle una: ni su mujer, ni sus tres hijos; ni nadie (mi abuela si la tuvo). Para todos, él podía ser objeto de todas las desatenciones imaginables.
Mi abuelo nunca tuvo familia allegada, procedía de un pueblo lejano de Albacete y vino solo al centro de la península. Tampoco tuvo amigos y en las reuniones familiares permanecía ligeramente apartado de los demás. Nunca intervenía en las conversaciones. A nadie le interesaba lo que mi abuelo pudiera opinar de nada. Mi abuelo, permaneció silencioso durante décadas, que yo pueda recordar; nadie le hacía caso ni nadie le preguntaba nada y a nadie le interesaba su opinión, si es que la tuvo sobre algo, porque nunca la manifestó. No estaba acostumbrado a ser oído, luego no sé si verdaderamente le dolía esa marginación.
Mi abuelo permaneció viviendo en ese abandono de todos siempre, especialmente desde que murió mi abuela Modesta, en 1979, a la que quise mucho. Ella a mí también. A partir de ese momento, siempre vivió con mi madre, los dos viudos, desde hacía dos años con uno de diferencia.
Recuerdo, en días de invierno, los dos sentados en la mesa camilla, al brasero, bajo una triste luz de una bombilla sobre sus cabezas. En silencio ¡que inmensa y desoladora soledad!
Mi madre, de alma grande y generosa, lo cuidó: vistió, alimentó, lo llevó al médico cuando fue necesario, porque era el orden imperante: las hijas cuidaban a los padres. Sus dos hijos apenas si miraron al bulto sospechoso e invisible que era para ellos su padre, mi abuelo. Esos dos individuos valían poco, desde luego.
Mi madre siempre lo trato con gran respeto y generosidad.
Yo, tampoco hice nada por mi abuelo, de lo que me avergonzaré siempre, porque él fue generoso conmigo.
A veces me lo encontraba por la ciudad, caminando por las calles, despacio y solo.
Me pregunto ¿Cómo pudo soportar mi abuelo el silencio y la desconsideración de todos durante su larga vida? Jamás podría contestar a una pregunta como esa, a pesar de ser un ancestro directo mío. Mi abuelo, ahora, en el que mi vida se parece tanto a la suya, debería ser un referente luminoso para mí (y lo será cuando asuma toda la resignación que tengo reservada); al fin y al cabo, él fue un ejemplo de estoicismo extremo. Su silencio y su condena fue inmensamente grande para que yo pueda entenderla ahora, pero lo haré y en carne propia, no me queda otra.
La Fotografía: Recuerdo a mi abuelo en los meses anteriores a su muerte, en verano, en casa de mi madre, en su habitación en penumbra, desahuciado. Cuando lo visitaba sufría (casi nadie lo hacía y yo de tarde en tarde); entraba y salía de la habitación enseguida, con premura y agobio. Me avergonzaré siempre de mi insensibilidad y desapego de hombre tonto. En la fotografía de hoy, mi abuelo, del que me estoy acordando ahora, pero que apenas lo hago nunca, tenía setenta y seis años. Su mujer, mi abuela Modesta, había muerto en noviembre del año anterior. Salvador, mi abuelo, entró en la vejez profunda (aunque siempre había vivido en ella, como marginado absoluto); tan solo acompañado y cuidado por mi madre. Vivían en una pequeña casa oscura y fría, de distribución intrincada e inverosímil, en el mismo centro de la ciudad (junto a Santo Tomé). Murió nueve años después de esta fotografía, pero se mantuvo con la misma apariencia hasta el final. Era imposible que su rostro pudiera envejecer más.

Pepe Fuentes ·