1 MARZO 2026

© pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Fecha de diario
2026-03-01
Referencia
11551

 DIARIO ÍNTIMO 139.1
“Mi vida fueron esas dos mujeres, o eso creo, ahí está el problema, en que no sé si mis matrimonios fueron reales porque los dos están muertos. El matrimonio nace y muere, como un ser humano. Estoy hablando de lo que mi corazón y mi deseo construyeron: dos matrimonios, dos intimidades. Si alguien me conoció, ellas fueron. Si ellas no me conocieron, nadie lo hizo. Y si no lo hizo nadie, qué belleza. Y si me conocieron ellas dos, qué belleza también. Y si me dejaron porque fui un ser insoportable, o porque no supe amarlas, o se desenamoraron, también ríos de belleza”. Manuel Vilas (Islandia)
Sábado, veintiocho de febrero de dos mil veintiséis

Si este diario lo leyera alguien (esencialmente está concebido para otra cosa); pero, aun así, si alguien lo lee, podría pensar que abuso de la compañía de Manuel Vilas (mi escritor preferido); pero es lo que hay en mi vida, sobre todo, en estos últimos días que estoy leyendo Islandia, y que, por anecdótico que pueda parecer, es importante el hecho de que, en su caso, cuente su convalecencia moral y psicológica de dos matrimonios; y mira tú por donde, yo también.
Mi caso es distinto al suyo en los detalles, en los matices, pero básicamente es el mismo: ambos detestamos la soledad, y ahora estamos solos (en el suyo no lo sé a ciencia cierta porque nunca he hablado ni nunca hablaré con Vilas, no somos amigos y además somos hijos de experiencias y generaciones distintas, yo tengo diez años más que él).
Por si fuera poca la oportunidad de traer a mi diario al hermano Manuel, a ambos nos dejaron, y en el segundo caso, el suyo y el mío, acordamos el mutuo acuerdo como forma pública con nuestras últimas mujeres.
Yo, además de mis dos matrimonios, he transitado por otras mujeres en cortos periodos (él no lo sé); pero han sido mis dos “esposas” las que me han marcado profundamente, cada una en su época: Carmen durante nueve años, allá por los años setenta-ochenta; y Naty durante treinta y uno, desde el noventa a dos mil veintiuno. También en mi caso los dos están muertos. Y, también en mi caso, no habrá un tercero. Imposible, ya no me da la vida.
Y, a propósito de matrimonios perdidos en el tiempo, ayer, precisamente, hablé con Carmen, mi primera mujer y madre de Gabriel, porque fue su cumpleaños. Llevamos cuarenta y dos años, sin fallar ninguno, felicitándonos. Ella, ayer, cumplió setenta y uno. En nuestra conversación, quizá más animada y risueña que otras veces, nos preguntamos por nuestra vida y edad. Ella dijo que se alegraba de seguir aquí, con salud y que aquí quería seguir si límite en el tiempo. Por mi parte le dije que esa fase yo ya la había superado, que estaba en la segunda, en la que me daba igual estar que no; hasta que llegara la tercera, en la que querría morirme. Nos reímos con estas disquisiciones altamente existenciales…
La Fotografía: Carmen, con veintiséis años (yo, veintiocho). Llevábamos casados desde sus veinte años, y aún nos quedaban tres de matrimonio. Nuestra vida cotidiana y doméstica discurría tranquila, sin tensiones, nos queríamos y respetábamos. El problema era otro. Fue importante el que tan jóvenes cómo éramos y en un contexto social de gran indefinición supiéramos gestionar un cambio radical en nuestras vidas: los españoles estábamos inaugurando la modernidad democrática y avanzábamos a tientas, creándonos nuevos valores dónde sustentar nuestras vidas sin hacernos demasiado daño. Juntos, entre ambos, organizamos nuestra separación, especialmente en lo que afectaría a nuestro hijo: custodia compartida y riguroso cambio de estancia y tiempo a partes iguales con ella y conmigo. Y todo nos salió perfecto. Insuperable. Con el tiempo, Carmen rehízo su vida sentimental, se casó y todavía sigue con la misma pareja; yo también, pero mi matrimonio se rompió. Sin embargo, todos podemos relacionarnos tranquilamente, sin tensión ni resentimiento. Si la vida se trabaja sobre valores humanamente razonables y respetuosos, el riesgo de conflicto es infinitamente menor (inexistente, a pesar del dolor de la pérdida). Y, sí, así hemos sido nosotros y nuestros matrimonios, positivos y enriquecedores. Estoy convencido de que nuestras vidas han sido mejores porque nos cruzamos y creamos vínculos amorosos con los que crecimos. Es la gran belleza de la que habla Vilas.

Pepe Fuentes ·