El otro día me tropecé con un titular de prensa en el que un futbolista decía que «no se puede vivir sin reír». Tenía razón. Se puede vivir riendo poco (mi caso), pero la calidad de vida de los adustos me parece sensiblemente peor que la de los sonrientes o abiertamente rientes. El tipo de la fotografía, por ejemplo, no sé de qué se ríe tan estruendosamente, pero su alegría, a pesar de su escasa belleza, era contagiosa y provocaba una cierta empatía con su causa, es decir con él mismo. No hay causa superior a esa. Ya está. Y ahora una cita para disimular un poco: «Es curioso constatar hasta qué punto los sentimientos más naturales forman el fondo y la sustancia de lo que la gente considera en nosotros turbio y corrompido». Irene Nemirovsky
21 AGOSTO 2011
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