El otro día, uno cualquiera, ni siquiera recuerdo qué mes o semana era, tuve que soportar a uno de esos individuos con jeta de imbécil, aspecto de imbécil y ocurrencias de imbécil. En este caso, además, por pura y estúpida circunstancia, me vi obligado a compartir un pequeño espacio (un coche) durante unos minutos, y, por un absurdo condicionante «social» y estúpida cortesía (el coche era suyo), se me ocurrió hacer un comentario escueto (cinco palabras) y desenfadado sin la menor importancia. Entonces, el susodicho tarado, también sintió la necesidad de corregirme semánticamente con suficiencia; sin que hiciera ninguna falta, porque la conversación era intranscendente y de «buen rollo», y supongo que sólo fue para dejar claro su solvencia, presencia y sagacidad. Naturalmente, en esos casos nunca contesto, y a partir de ahí me siento legitimado para sumergirme encantado y molesto al mismo tiempo en un mutismo distante, que es la única actitud en la que siempre deseo estar en compañía de idiotas. Conclusión: los esfuerzos más sensatos y rentables son los que conducen al mutismo social más absoluto. Ah, y una norma de comportamiento que debería seguir a rajatabla: -nunca dirigir la palabra a imbéciles, y para eso no sirven excusas porque se les nota a distancia-.
25 ENERO 2012
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