DIARIO ÍNTIMO 135 y 3
¿No quisiéramos todos encontrar un mago que con sus poderes nos concediera nuevos ojos para observar la realidad con una sonrisa liberadora de este convulso y absurdo mundo contemporáneo?». Lluís Pasqual
Sábado, veintisiete de diciembre de dos mil veinticinco
… Las dos entradas anteriores de esta entrega temática (la íntima), las pergeñé hace tres días, aunque las pensé en un bloque de tres, para la tercera no me quedó contenido ni cosas de las que escribir que, por cierto, siempre son las mismas, me temo.
Llevo esperando la inspiración tres días, pero no se me ocurre nada.
No es fácil me digo, dispuesto a engañarme porque no pienso en la explicación más fácil: mediocridad sin paliativos. Mucha gente lo es y viven contentos, como trabajadores, padres, maridos, cuñados, amigos, hermanos y hasta suegros y abuelos (es mi caso). Seguro que nadie cambiaría su aparente o supuesta condición de mediocres por una improbable e intensa vida llena de glamurosas aventuras, y también estúpidas desdichas, seguramente.
A los anodinos puede irnos la vida estupendamente (a mí me va de cine en tecnicolor, nada de pesaroso blanco y negro).
Pondré un ejemplo con mi día de hoy: Me he levantado mucho antes del amanecer; he corregido la entrada de hoy (contenía errores fatales), y he escrito hasta las diez; luego he desayunado y me he largado a caminar; eso sí, acompañado de una novela arrebatadora, de las que escucho cada minuto que me quedo libre de mi incesante actividad, de la que no sirve para nada y por eso me hace feliz todo el rato. La novela se titula: Las extrañas, de Guillermo Arriaga, una genial y trepidante novela de aventuras filosóficas, situada en el siglo XIX. Es la mejor que he leído en mucho tiempo. Las novelas de Arriaga, todas me parecen las mejores posibles, y la última mejor que la anterior y así sucesivamente. Es mi autor del año. He vuelto a mi casa a las doce; he trabajado en mi torre de clausura hasta la hora de comer (hora y media). Comiendo he empezado a ver Mayor Dundee, de Sam Peckinpah (1965), que tenía olvidada; con un Charlton Heston impagable, en pleno apogeo de apostura física y talento. Luego, las dos horas más descansadas del día: haraganear caprichosamente en mi tresillo: sueñecitos, titulares de prensa, artículos, un rato de escucha de Las extrañas, son adictivas; otros sueñecitos y hasta ensoñaciones eróticas. En fin, de todo.
Y el anodino, trivial y nada brillante estilo de vida funcionando a tope. Hoy, sábado (los demás días son idénticos), no me entorpece gente alrededor, luego tampoco molestos ruidos; aunque tampoco risas, ni interesantes o tediosas conversaciones; tampoco amor y ni mucho menos sexo. Solo relajación emocional, paz y sencillos y epidérmicos placeres. O, dicho de otro modo: intensa mediocridad total sin resistencias ni frustración.
Ahora, a las seis, estoy escribiendo, al buen tuntún, esta entrada que tanto se me ha resistido. Permaneceré en mi torre escribiendo y recibiendo la noche hasta las ocho, más o menos. Cerraré la clausura y bajaré a prepararme la cena. Con ella, subiré a mi sala, la de la apagada chimenea, a cenar viendo como Charlton Heston se comporta como un héroe peleando contra los apaches de Sierra Charriba, que tienen todas las de perder por la condición de héroe de su enemigo.
Seguramente, cuando termine ya será tarde y no me apetecerá salir a tomar una copa, por si me encontrara a la mujer que alimente mis amores de la edad tardía, que seguro que no acudirá al encuentro con su destino.
Me acostaré en torno a las once, apagaré la luz y escucharé las apasionantes aventuras de William Burton (noble inglés), que ahora atraviesa un desierto en Abisinia buscando a las insólitas y sagradas cabras bicípites. Naturalmente me dormiré enseguida (mañana tendré que buscar dónde se me apagó la consciencia para continuar).
Este mediocre estilo de vivir está al alcance de todo el mundo porque no necesita la aceptación de nadie, ni obliga a ser simpático y mucho menos brillante, este es mi formato vivencial que no cambio por nada. Es la vida que quiero porque la trabajada satisfacción la tengo asegurada por fácil y corriente. Está al alcance de todo el mundo que no aspire a la intensidad a través de los demás.
La Fotografía: De vez en cuando, me recluyo en mi plató y juego a ser artista mirando a través de mi mágico instrumento de exploración de otros horizontes y otros mundos, en los que a veces me parece atisbar vuelos promisorios de seres imaginarios con formas humanas, o tal vez divinas, cual ángeles mitológicos e inverosímiles. Suelo conseguirlo con las novelas y también con mis mágicos prismáticos de mirar lejos, en el tiempo y el espacio.