La vida superflua 6
“En Toledo, respiré el oriente. Veo allí, a cada paso, una lucha maravillosa entre el romanismo y el semitismo, un elemento árabe judío que persiste bajo el espeso barniz católico; veo pasar por las calles, numerosas variedades de tipos, semita, árabes y judíos Vestidos a la española. Mauricio Barrés
Jueves, veinticinco de diciembre de dos mil veinticinco
Ayer por la mañana pensé que sería un gran día (y no sé porqué). Luego resultó que no tanto…
Me levanté temprano (como siempre), subí con un café a la torre de clausura y me puse a escribir una graciosa entrada sobre Ábalos y la Navidad (me lo pasé bien haciéndolo).
Mi prima me llamó a las nueve para felicitarme sin causa, pero siempre me gusta que me llame. Hablamos de nuestras cosas y nos deseamos buenas fiestas.
A las once me dije, me voy a la ciudad, pero primero daré la vuelta al Valle: circunvalar la ciudad con el río de por medio, viéndola al otro lado a lo largo de todo el paseo, y sí, es una bonita ciudad, sobre todo de lejos (dentro es otra cosa, probablemente, tan solo una cárcel oscura y húmeda).
Aunque parezca que mi vida avanza a tontas y a locas, sin propósitos ni nada; hoy no era así, porque llevaba un plan. Hasta me eché al hombro la cámara grande, por si acaso.
Me dije, llegaré al centro a la una y media y me daré una vuelta por los bares que sirven migas con una cerveza y convocan a mucha gente, y a lo mejor hasta me encuentro con alguien que me guste. Una gilipollez, porque ya desconozco a todo el mundo; y efectivamente no me encontré con nadie, como si en vez de en mi ciudad estuviera en Segovia.
Me pareció ver pasar a lo lejos a una mujer remotamente conocida, con la que en los ochenta todo resultaba fácil entre nosotros (hasta trato carnal tuvimos), pero no la busqué porque ahora, en vez de fácil, sería imposible.
Decidí volver a mi casa, no sin antes, en la plaza grande, comprarme mazapán, que tanto me gusta. Volví a mi casa, sin sensación de derrota y tampoco frustrado. La cosa ya no pintaba tan bien como cuando me levanté lleno de prometedores propósitos. Me daba igual. Ahora lo que importaba era un buen aperitivo, comer y tumbarme a no hacer nada. Eso hice.
Por la tarde me llamó mi hijo, mi excuñado y recibí algunos mensajes típicos navideños. No escribí, hice tareas periféricas, como ordenar fotografías en carpetas y cosas así. Asesinar mi tiempo.
Llegó la hora de la cena en mi casa. Bajé a la cocina. Como estaba previsto, me preparé el prometido salpicón de marisco (5 €) y de postre un plátano y una figurita de mazapán que había comprado por la mañana.
No canté villancicos ni me conté chistes ni hablé con nadie, ni siquiera conmigo mismo, conversación que acompaño con todo tipo de imprecaciones (suelo hacerlo con frecuencia).
A las once y media me acosté, y encima me dormí, como si nada hubiera pasado.
PS. (de la entrada del 25, navidad): por la tarde, me ha saltado a la pantalla una nota de prensa a propósito de Jose Luis Ábalos, del que hablé hace tres días profusamente, informando de que, tanto él como Koldo, tendrían un menú carcelario-navideño compuesto por “entremeses, cuatro o cinco langostinos por persona, un entrecot a doble de precio y, de postre, degustarán melocotón en almíbar y turrón”. Y, además, un vis a vis, no entre ellos, sino con mujeres (lo que no decía la noticia es si las mujeres las pagan ellos o nosotros, que ya pagamos la cena y la comida). No hay color ni comparación posible, un puto agravio comparativo: yo un triste salpicón de marisco de 5 € y una figurita de mazapán; pero, lo que más me jode (por envidia que no sufro) es que yo, en estos días, de vis a vis, nada de nada (tampoco otros). Lo primero que haré mañana por la mañana es pedir el carné del PSOE, que no me darán.
La Fotografía: La ciudad desde el Valle. Sí, esa panorámica es la que fui viendo a lo largo de mi paseo del 24; solo que la foto es de hace ocho años, cuando mi vida todavía era analógica. Ya no y nada es mejor: ni mi vida ni mis fotos. Pero no cambiaría nada, me quedo aquí y ahora. Y las fotos guardadas pulcramente. Deberían enterrarme con ellas, porque son más importantes que mi alma para avalar mi entrada en el paraíso.