DIARIO ÍNTIMO 137
“Los empeños deberían admitir solo un número prudente de intentos, después de los cuales deberíamos disfrutar del delicadísimo placer de la rendición. Hay que saber abandonar, dejarlo para otra ocasión, incluso para otra persona”. Juan Tallón
Lunes, dos de febrero de dos mil veintiséis
El sábado fue un día estupendo, lo conté.
Ayer, dominicus horribilis, que no he contado…
Desde que me levanto intuyo como será el día. Suelo acertar, y normalmente me quedo corto cuando sé que resultará horroroso.
Para empezar, mi casa estaba fría, se me había roto la calefacción y el agua caliente el sábado. No podía llamar a nadie; los técnicos… estaban de fin de semana, supuse.
El día empezó a desplegarse por inercia, haciendo lo de siempre, pero sin ninguna gana, con un odioso y odiador estado de ánimo.
Caminé a regañadientes, sin ni siquiera ganas de oír la novela que tocaba, que ni me acuerdo cuál era.
Compré comida en casa de Rebeca, así se llama la cocinera, pero la despacha un tipo antipático, su novio, parece. Me la venden en un infame envase de plástico (la comida tampoco está especialmente buena); como iba a estarlo si el establecimiento se llama Don Patatón, con un cruel desprecio al buen gusto. Es lo que hice en un mal domingo, como ayer.
Volví a mi casa casi a la hora de comer (mal). No voy de bares los domingos ni ningún otro día.
Después, me tumbé en mi tresillo, el de disfrutar cuando todo va bien; pero como todo iba mal, la experiencia fue penosa: arropado con un edredón hasta las orejas (la casa estaba horrorosamente fría); dejé pasar dos horas en un estado de somnolencia enfermiza por tristísima y depresiva (sí, parecía que lo estaba).
A las cinco menos cuarto cambié de espacio (clausura), porque ahí al menos tengo una estufa que emite aire caliente oscilando sin parar (creo que es china).
Sí, pero el problema es que tampoco me apetecía estar ahí; no deseaba hacer nada, salvo volver a la somnolencia depresiva ¡menuda mierda de tarde se me presentaba!
Me dije: tío aquí no pintas nada porque no soportas la idea de “hacer”, solo dejar pasar las horas que te faltan para acostarte.
Volví al tresillo y puse la televisión; terminé los veinte minutos que me quedaban de la serie Cien años de soledad, con el entierro del patriarca José Arcadio Buendía, presidido por Úsula Iguarán de Buendía, su mujer y patriarca de reserva de Macondo. Él se había vuelto loco porque decía cosas tan terribles e invivibles como: «El Tiempo se detuvo, la Eternidad comenzó». Su familia no lo entendía y como se hace con todo lo que no se entiende, se excluye. Lo ataron a un castaño en el exuberante patio, de noche y de día, durante años. Solo lo soltaron cuando el visionario y coronel Aureliano, su hijo, vaticinó su muerte, que aconteció poco después.
Yo tengo patio, pero no un castaño y tampoco familia cerca; luego de que me aten me libro.
Las horas fueron pasando. Volví a prestar atención a los canales de tv, y no, no había absolutamente nada que me apeteciera ver. Cené un poco de la comida que había comprado por la mañana (macarrones con tomate), por un día y en honor a mi desgana no tomé la dichosa ensalada de todos los días (ni siquiera me apetecía hacerla).
Nadie me había llamado ni ayer ni hoy (no lo hace nadie ningún día, salvo mi amigo-hermano, que está pendiente de mí); y tampoco me habían mandado ningún mensaje. A las nueve y media decidí enviar un mensaje a una amiga (es un modo de decir, porque amiga amiga no es), que últimamente no se encuentra muy bien (ansiedad, dice), para interesarme por cómo sobrellevaba el contratiempo; me contestó que no le apetecía hablar. Estupendo, a mí tampoco, me he librado, pensé.
A las diez, harto de la abstinencia de mi cuerpo y alma toda; me fui a la cama helada, que tuve que reforzar con un grueso edredón porque hacía frio.
Y fueron pasando las horas sin poder dormirme. A las dos seguía despierto. Una voz de fondo leía La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe; pero que, verdaderamente, no escuchaba, aunque la oía, por si me ayudaba a dormirme. No sé si lo llegué a hacer; lo que sí sé es que a las cinco estaba muy despierto mirando la oscuridad, pero sin verla. Me he levantado a las seis.
Como dice Tallón, habrá que pensar en dejar de intentar, una y otra vez, lo imposible y dejárselo a mi vecina Puri, a ver si ella tiene más suerte, pero no creo. Es vieja ya, como yo.
La Fotografía: Metáfora de mi casa, con el sillón y todo, en los fríos domingos tristes.