Diario de CLAUSURA 6 y 4
«No entres dócil en esa buena noche.
La vejez debería arder y delirar al final del día;
rabia, rabia contra el ocaso de la luz». Dylan Thomas
Jueves, uno de enero de dos mil veinticinco
… Si la mañana de ayer fue sociable y dicharachera con llamadas y mensajes; la tarde fue tristona, casi llorosa; aunque también rabiosa y ardiente contra el derrotismo de los años (entrada del día uno).
El buen momento lo pasé con la llamada de Gabriel, que se encuentra en Florida, en el centro mismo del edén, pasando unos días con su familia. Mi hijo hace varias visitas al año a diversos paraísos. Soy feliz por eso.
A las ocho, cerré la Torre y bajé a reencontrarme con los langostinos de Mercadona (tan solo los pelé y puse una cucharada de mahonesa encima que ya tenía hecha); dos croquetas de jamón, también de Mercadona, calentadas en el microondas, uvas de postre y mis habituales pistachos y almendras. Y ya está. Me conecté a una serie que resultó brutalmente interesante (hablaré de ella, seguramente mañana), Reunión, se titulaba, que vi del tirón (cinco capítulos de casi una hora). Me absorbió de tal modo que pasé de un año a otro sin enterarme.
Aunque me queje de algunas circunstancias de mi vida de ahora, como de la soledad (unos ratos sí y otros no); el último día del año fue grato y tranquilo.
Ahora, lo peor es la indeseable combinación de vejez y soledad: ambas suponen un continuo desarreglo de cuerpo y espíritu. Y, ni estoicismo ni hostias, ni paz, que decía mi amiga Antonieta; toda esa amalgama de crisis sobrevenidas son una puta mierda sin paliativos.
El mundo ahora, en el ocaso, es demasiado complicado para vivirlo viejo y en soledad; por eso mi estúpido y estéril afán de encontrar una compañera para que, a medida que nos apaguemos, vayamos comentándolo en amena y cariñosa conversación solidaria. Reírnos de todo, abrazarnos en las tardes frías y viajar de vez en cuando. Combatir hipocondrías y acompañarnos al médico (así duraríamos algo más y mejor). También evitar un asilo-moridero, que es donde terminas cuando estás solo.
Conjurar juntos el terror de seguir vivos a pesar de la inconveniente edad. Todo eso, con la compañía de alguien que me gustara, hasta podría ser fabuloso. No, eso no ha sido posible para mí. Se parece demasiado a un sueño, y los sueños en la edad tardía o no existen o devienen en pesadillas.
Solo me queda servirme de las novelas, películas y mi diario. Las novelas son cosas de viejos, sobre todo, y a propósito de ellas, creo que mañana empezaré a oír una nueva, de Elizabeth Taylor, titulada, ‘Prohibido morir aquí’. Ese sitio donde no se puede morir, es el hotel londinense Claremont, donde habitan de forma estable un grupo de viejos, tipo residencia de ancianos, pero en formato de hotel, lo que les permite soñar que todavía están listos para la vida mundana. Ese sitio no es un lugar adecuado para morir porque la dirección del hotel se lo ha prohibido. La condición es que vivan como si estuvieran de paso y en su salón y comedor representen la vida burguesa acomodada y socialmente glamurosa, pero con andadores. Según dice Fernando R. Lafuente, “es una novela directa, escrita con una precisión que logra ver, escuchar, sentir, los múltiples vaivenes de la vejez». Sí, eso afirma, y yo me lo he creído, así que voy a escucharla porque también soy viejo y me tengo prohibido morir aquí y allá y en cualquier parte.
La Fotografía: De la película, Los cantos de Ekay, de África Riamonti, 2024; en la que aparece esta sala moridero sobrecogedora; y sí, aquí no solo se puede morir, sino que se debe y cuanto antes. La película es tan perturbadora que apenas pude soportarla.