COLECCIÓN DE MISCELÁNEAS 104.2
“Los europeos han recibido como una divina sorpresa la operación de Trump en Venezuela, seguimos creyendo que el poder debe justificarse. Los americanos, chinos y rusos saben que el poder simplemente se ejerce. Esa es la diferencia esencial. No es ideológica, es antropológica. Europa confunde el deber ser con el ser. Washington, Moscú y Pekín simplemente actúan, Europa prefiere establecer juicios cruzada de brazos. El simplismo humanitario se ha convertido en el preferido de todos cuantos se quedan perezosamente encantados con su propia superioridad moral”. Cristina Casabón
Lunes, cinco de enero de dos mil veintiséis
… En la entrada de ayer me lancé como caballo en cacharrería a aplaudir como un loco la intervención de Donald Trump (que no exactamente de EE.UU), en Venezuela. Era consecuencia de un instinto justiciero contra una basura como Maduro. Ha sido una actuación que, para mí, en primera instancia, no ofrecía ni sombras ni dudas.
Pero claro, toda situación delicada y crítica, por muy justificada que pueda parecer, merece una reflexión más exhaustiva, sobre todo porque en la polarización que lleva implícita, hay otros argumentos; y el primero y más obvio es el de la injerencia impune de unos países en la inviolabilidad e independencia de otros; simplemente porque un poder abrumador lo permite. Sí, hay que tener en cuenta ese aspecto (aunque yo siga pensando que lo sucedido es lo correcto, en aras de un sentido humanista y de justicia supranacional).
La objeción que más se está argumentando: la actuación de míster Trump, con su osadía, por no decir prepotencia, blanquea a todos los agresores que en el mundo son, especialmente, Rusia y China; que, a partir de ahora, ellos, se considerarán validados para agredir a quien les dé la gana, lo que ya hacen: entre otros, Ucrania (Rusia) o el sureste asiático (China).
La UE, se está mostrando equidistante con objeciones idealistas obsoletas, condenando blandamente la injerencia (quizá piensan que los problemas se solucionan solos). Por otro lado, el gobierno español, el más inmoral de la UE, ha venido apoyando sin ambages ni ambigüedades a los aberrantes dictadores latinoamericanos, más allá de cualquier sentido de la justicia y la decencia.
Los defensores de la inviolabilidad de los estados lo hacen en aras de un más que dudoso valor supremo: el maldito patriotismo, que, da carta de naturaleza e impunidad a los dirigentes corruptos para efectuar todo tipo de execrables manipulaciones y fraudes electorales, con el pretexto argumental de que son cuestiones internas, y por lo tanto sacrosantas.
Este orden tan desordenado precisa de una profunda revisión.
La única razón de ser de las superestructuras políticas es proteger de injusticias y nefandos dictadores a los seres humanos que habitan en un estado. Son necesarias, pero no contamos con ellas, al menos en el grado de eficacia básica que justifique su existencia…
La Fotografía: Chicago. En la primera década del dos mil. Naty y yo hicimos cinco viajes a Chicago, aparte del sur de EE.UU, y sí, allí me sentí encantado con el país y sus gentes. En absoluto me sentí extraño. Aparte de que mi hijo vive allí desde dos mil cuatro y en este momento tiene la nacionalidad estadounidense. Lamento no haber vuelto. Y sí, me siento perteneciente a ese mundo, también.