DIARIO ÍNTIMO 136
“Lo importante ahora sería quererme a mí mismo cada vez menos, ir reduciendo mi identidad, ir acostumbrando poco a poco a mi alma a la devastación que se acerca, en la que me extinguiré con una pena en el corazón tan insoportable como fugaz”. Manuel Vilas
Lunes, doce de enero de dos mil veintiséis
Quererme menos no sé si será posible. En serio, no tengo idea.
Me pregunto ¿me quiero? No lo sé, unas veces sí y otras menos. Todo sucede en el intervalo narcisista entre el amor y el desprecio. Unas veces me quiero porque me protejo y otras me desprecio y es cuando siento que podría morir de inmediato y no me importaría.
Ahora, en la edad tardía, la relación conmigo mismo adquiere matices nuevos porque ha entrado en juego la resignación y la indiferencia.
Como ya no tengo que someterme al escrutinio de nadie (los nadie ni siquiera existen), sería el momento de adoptar un estilo de vida entre el más exagerado hedonismo y el más lúcido nihilismo. “No hay destino que no se venza con el desprecio”. Albert Camus
¿Por qué este despertar a la semana tan sombrío? Sencillo, he tenido momentos en estos tres días últimos (los malditos fines de semana que tan desfavorables me resultan), en el que caí en un pozo negro, un sopor en los que todo me daba exactamente igual, grado cero de hacer o pensar en cualquier cosa que supusiera una actitud activa, un movimiento en cualquier dirección, a la Clausura, por ejemplo.
Hay días así en mi vida, que son los invadidos por la oscuridad; luego, el día siguiente, hoy lunes por ejemplo, no es que pase al amor complacido; no, es cosa de magia; me levanto como si nada hubiera pasado y empiezo a funcionar a golpe de rutina, siempre tan amables y acogedoras.
La Fotografía: Los segregados (yo, por ejemplo) por aciagas circunstancias sobrevenidas, seguimos creyendo que todavía estamos a tiempo, de que aún tenemos la posibilidad y capacidad de entrega a los demás (a una mujer, tal vez, en mi caso), y así, a partir del engañoso entendimiento de conversaciones de cercanía o de abrazos (excitados o no), conseguir taponar el insondable agujero que se nos ha abierto en el centro mismo de nuestros cuerpos, de nuestra soledad, de nuestro ser. A medida que el tiempo avanza veo nítidamente la imposibilidad de engañarme y de paso hacerme acompañar por alguien en el engaño. Es entonces cuando me voy queriendo menos y menos y compadeciéndome más y más (que dice Vilas).