Me acuerdo de Lisboa (1.1)
“Nada del campo o de la naturaleza me puede dar algo que valga lo que la majestad irregular de la ciudad tranquila, bajo la luz de la luna, vista desde Graça o Sao Pedro de Alcântara. No hay para mí flores como las que, bajo el sol, me da el colorido variadísimo de Lisboa”. Fernando Pessoa
Jueves, veintidós de enero de dos mil veintiséis
Ahora, en este tiempo de abstinencias, dejadez y abandonos; ¡cuánto y cuánto echo de menos a Lisboa! Perderme por sus calles, subir y bajar incesantemente buscando siempre lo que podría encontrarme al final de una cuesta, o en la siguiente esquina; siempre imaginando que en esa ciudad podría sorprenderme con lo inaudito, con el secreto inolvidable que me estaba reservado. Siguiendo los pasos de Fernando Pessoa, que tanto caminó por ella.
Realicé el primer viaje con un amigo, en 1985; hombre de intensas inquietudes artísticas: musicales y plásticas, en línea con la más rabiosa modernidad, especialmente en línea con Andy Warhol, La Velvet, Brian Eno y toda la pléyade de artistas afines (lo ultimísimo del mundo en ese momento) … Mi amigo Josito, esteticista y amante de las vanguardias, estaba al día de todo lo nuevo, especialmente si era especial, minoritario, refinado y glamuroso.
La iniciativa del viaje a Lisboa fue suya (a mí no se me habría ocurrido, estaba en babia). Fuimos en mayo, un mes estupendo. Me llevó a la Fundación Calouste Gulbenkian y a los bares de moda de Lisboa, en el barrio alto. Aquel hombre me mostró aspectos y matices del arte último. Él, informado y moderno, era el guía espiritual del viaje; yo solo conducía. No tenía nada que ofrecer, salvo el coche (él no tenía). A pesar de vivir en la misma ciudad, hace muchos años que no veo al que fue amigo de conveniencia, para ir de un lado para otro, porque en realidad nunca fuimos amigos a muerte. Faltó auténtica sintonía.
Lisboa fue para mí un grandísimo descubrimiento del que me enamoré.
No mucho después, el año siguiente, otro viaje, esta vez con dos amigos, en plan pobretones, ni para un hotel teníamos, dormimos en una pensión del barrio alto. No sucedió nada que pueda recordar; bueno, sí, un día me harté de mis dos amigos (nuestras miradas no estaban en la misma frecuencia) y me fui solo a fotografiar y caminar incansablemente por la ciudad.
Cuatro años después (1990) el primer viaje que realicé con Naty, a Lisboa, por supuesto. Después, a lo largo de treinta años, muchos más. A ambos nos enamoraba Lisboa. Paseos, y más y más recorridos por calles y calles; restaurantes recónditos; bares de copas nocturnas; la ribera del tajo; la Baixa; la alfama, el barrio alto; el castillo de San Jorge; Caparica, Sintra, el cabo Espichel… tantos y tantos sitios inolvidables…
La Fotografía: En aquel viaje, el primero de todos a Lisboa, después de pasar unos días en la ciudad blanca, mi amigo Josito, el alma del periplo (yo solo conducía) ascendimos costeando hacia Nazaré (121 Km); llegamos a media tarde, me acuerdo bien. Tomamos una habitación en un hotel de la ciudad y después bajamos a la playa que me impresionó por su belleza, la luminosidad del mar con la luz del atardecer titilando entre nubes. Mi amigo, en una de sus poses características, como si intentara burlar a la realidad con un sutil quiebro de cintura, que era más un gesto de displicencia hacia todo lo que no estaba al nivel de su altura de miras, tan exquisitas y elaboradas. Siempre pensé de él que se pasaba la vida esquivando a la realidad y sus prosaicas exigencias. Por lo que fui sabiendo, intermitentemente, lo consiguió, aunque no sé hasta cuando pudo hacerlo porque la realidad siempre termina alcanzándote. Hace años que no sé nada de él (la última vez en 2005, en la fiesta de cumpleaños de Naty, a la que le invitamos).