Diario de un hombre Invisible: 9
“Mi vida cambió el día que comprendí que todo lo que ocurre, ocurre para ser contado. Que la humanidad se sostiene no solo de su reproducción incesante, sino de la narración incesante de su historia. De nuestras historias. De modo que escribir es mi forma de fertilidad”. Alma Delia Murillo (La cabeza de mi padre)
Sábado, treinta y uno de enero dos mil veintiséis
Hoy, sábado, me adentro en el capítulo de la invisibilidad, especialmente, porque los fines de semana soy más invisible que los martes, por ejemplo.
Comienzo con una cita encontrada en la maravillosa novela que terminé ayer por la tarde, con una acotación encontrada en el último capítulo, que me refuerza en la idea de que hay que contar, que la vida o se cuenta, o no existe, y peor todavía, no habrá existido. Por eso, aunque no me pase nada nunca (a los hombres invisibles nunca nos pasa nada), yo escribo y escribo, por si acaso se me olvida vivir.
Hoy, día en blanco, salvo por esta entrada, y porque a primera hora de la mañana he mantenido un intercambio de mensajes con una mujer en el contexto de una página de los ridículos contactos (los de la búsqueda del amor). Excepcionalmente, se trataba de una mujer con multitud de intereses y actividades intelectuales, según me ha dicho, incluido profesar el budismo y otras lindezas orientales (sí ese viejo asunto del crecimiento personal desde la espiritualidad). No creo que volvamos a contactar: siempre les dejo la responsabilidad a ellas: me ofrezco (si me gustan), les doy las pistas para alcanzarme, y luego me olvido del asunto. Ninguna lo intenta y a mí se me olvidan.
Después, he decidido caminar al azar por el casco viejo de mi ciudad; me gusta eso. Improvisar constantemente por qué calles me adentro y qué azarosas esquinas doblo.
A medida que caminaba, de pronto, me ha venido a la memoria mi padre (quizá por la novela de Alma), que siempre está presente como telón de fondo en mi vida (más, mi madre); imaginándomelo, haciendo trastadas por esas mismas calles en los años de la guerra, de los nueve a los doce años (eso fue leyenda familiar recordada). Mi padre fue un hombre de grandísima intuición, un superdotado en ese aspecto. Jamás conseguí explicarme como alguien como él que nunca había salido del campo o de la pequeña ciudad de Toledo; era capaz de ir a Madrid y manejarse por esa gran ciudad como si fuera la suya propia (nunca pasó allí más de un día seguido, creo); pero yo presencié como iba de un lado a otro, manejándose por calles y zonas, con naturalidad como si hubiera nacido en ella (sabía dónde estaba cada calle y se orientaba con la más absoluta naturalidad). Era, sencillamente inaudito y prodigioso. Eso me hace pensar de él que fue mucho más de lo que yo pude imaginar. Sin apenas saber leer y escribir, tenía un poderoso instinto, un enorme talento natural. Mi padre fue un gran desconocido para mí.
Para Alma Delia Murillo, también su padre-personaje lo fue. Delia le dice a su padre en este maravilloso testimonio que terminé de leer ayer: Tú cumpliste tu promesa a cabalidad; su padre: qué bueno que vinieron, porque ya me voy a morir-, Ella: Yo cumplo escribiendo el relato”.
Yo no pude saldar cuentas con mi padre, nada pude o nada supe decirle. Me llevaré a la tumba mis deudas impagadas con él, que sé que me quiso mucho, como yo a él, pero nunca nos lo dijimos.
La Fotografía: Casi siempre que camino por calles al azar, por intrincados y estrechos itinerarios que se retuercen sobre sí mismos, termino en la zona sureste; la de la fotografía (tomada desde San Juan de la Penitencia) y muy cerca de la plaza de San Justo, donde nací. Debe ser por eso el que mi instinto me lleva hasta allí.