14 FEBRERO 2026

© 2025 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2025
Localizacion
pepe fuentes (Toledo)
Soporte de imagen
-DIGITAL 50
Fecha de diario
2026-02-14
Referencia
10809

La vida superflua 9
“La elegancia es una actitud”. Karl Lagerfeld
Miércoles, once de febrero de dos mil veintiséis

Sigo en el mismo capítulo, el de la vida superflua, que me da la impresión de que va a tener un estupendo futuro en el diario, siempre que el diario lo tenga, que no está claro. Ahora ya es todo prescindible y la máxima aspiración es que esa banal percepción sea antidepresiva.
Hoy no tengo nada de que escribir; mi chata realidad no me ha ofrecido ningún punto de apoyo para elaborar una de mis “exquisitas” reflexiones desalentadoramente existenciales. Salvo que tengo mis órganos íntimos afectados por un mal leve e inesperado. Bueno, espero que sea así. Estoy hablando de la piel; de la que ya decía Paul Valéry que era la parte más profunda de nuestro ser, y si es la de las partes íntimas, no es solo eso, sino la única razón de ser.
Ayer por la tarde fui al dermatólogo (el antiguo), al que hacía dos años que no iba.
Entré en la clínica a las 16:10 h. Todo estaba más o menos como antes. En la recepción, dos ayudantes escrupulosamente uniformados (un hombre y una mujer, ambos jóvenes), que me indicaron que me sentara en la sala de espera. No había nadie más.
Estaba citado a las 16:15 y un minuto después salieron los pacientes anteriores. Entré. Puntuales todos.
El doctor me indicó que me sentara. Miró alternativamente a mi cara y a su pantalla, y confirmó mi nombre y que hacía dos años que había estado. Le informé del motivo, sin que me lo hubiera preguntado y él asintió, comprensivamente.
Mi primera impresión sobre él fue que había envejecido. Su figura y su cara me parecieron más escuetas y empequeñecidas. Su cabeza se había reducido, era como si se hubiera resecado todo entero.
Mi dermatólogo tiene un rostro anguloso que sugiere inteligencia y educada perspicacia. Todo es afilado en su rostro, inclusive su barba blanca corta. Su manera de estar es sobria y circunspecta. Es un hombre silencioso, pero que habla de vez en cuando.
Me indicó con un gesto que le contara mis problemas (dermatológicos); lo que hice, además de aportarle un informe de la doctora que me está tratando. Lo estudió muy concentrado. Se levantó y me invitó a pasar a la zona quirúrgica y me indicó que me tendiera en la camilla. Me descubrí la zona genital que él estudió con suma atención. Yo, al mismo tiempo le fui contando lo que me estaba pasando. Me expuso el porqué de lo que me ocurría y me recomendó abandonar una de las cremas que me estaba aplicando porque me estaba abrasando. Por mi parte, yo había decidido lo mismo (había empezado a sufrir hemorragias leves que me asustaban).
Volvimos a su mesa. Siguió escribiendo a gran velocidad en un teclado minúsculo.
Mientras lo hacía seguí analizando al pequeño dermatólogo. Este hombre es ergonómico, pensé y lo tiene todo pulcramente colocado no solo en su clínica, sino, también, todo lo demás en su cabeza. Me fijé en sus manos: blancas, estilizadas, refulgentes, de dedos lagos y precisos que transmitían eficacia quirúrgica. Uniformado con una irreprochable bata blanca, debajo de la cual, también lucía un conjunto blanco de diseño con abertura en el  cuello en ángulo y abotonado en el centro de arriba abajo (o al revés). Clínicamente transmitía eficiencia y buen criterio. Me sentí cómodo y confiado con su reconocimiento y con sus explicaciones y recomendaciones: nueva manera de aplicarme el tratamiento, aunque de los mismos compuestos, menos uno, el malo.
No sé si semejante despliegue estético y exacto me dará resultados clínicos, pero ya de por sí la puesta en escena fue deslumbrante: el dermatólogo era un esteta y un seductor, sin duda. El precio de la consulta, caro, no podía ser de otro modo, se lo había ganado.
Había algo sabio en ese hombre: mientras se ocupó de mi caso tuve la sensación de que en esos momentos yo era el paciente más importante del mundo. Volveré a consulta dentro de veinte días, según me dijo.
La Fotografía: Lo que mi ergonómico doctor no sabía cuándo me presenté era que a lo largo de los dos últimos años, que abandoné sus cuidados, mi piel había pasado por trances dolorosos y sumamente desagradables.

Pepe Fuentes ·