Me acuerdo de mi padre y mi madre
“Nadie puede ayudarme. Solo podéis ayudarme vosotros dos (padres), y estáis muertos”. Manuel Vilas
Martes, diecisiete de febrero de dos mil veintiséis
Hoy, mi padre, Nicolás, habría cumplido 99 años. Si no hubiera muerto a los 51, me pregunto cómo estaría físicamente ahora. O mi madre, Luisa, que cumpliría 97 el seis de mayo de este año.
Pero, sobre todo, me pregunto cómo habrían sido nuestras vidas, mi vida, durante tantos años de ausencia de los dos: 48 años mi padre y 32 mi madre.
Hoy era el único día, junto con el de mi cumpleaños que mi padre y yo nos dábamos un tímido e incómodo beso (nos resultaba una experiencia extraña que sentíamos ambos. Habríamos preferido no tener que hacerlo. Era un imperativo que establecía mi madre. Naturalmente, nunca celebramos nuestros respectivos cumpleaños y nunca nos regalamos nada. En nuestra clase social (pobres) esas ceremonias no existían en aquellos años. Tampoco hablábamos nunca mi padre y yo; sin embargo, sí con mi madre.
Nos recuerdo ahora, a los tres, hace sesenta años, sentados comiendo o cenando en la mesa camilla, apoyada contra una ventana (en las tres casas en las que vivimos los tres juntos, durante veintidós años, la mesa siempre se apoyaba contra una ventana), mi padre y yo el uno frente al otro, y mi madre en el centro, con mi padre a su derecha y yo a su izquierda.
Cuanta tristeza recuerdo en esas escenas cotidianas, donde apenas hablábamos ninguno, inclinados sobre nuestros platos. Y luego, en silencio, a nuestras habitaciones, ellos a la suya y yo a la mía. Nunca recibíamos visitas y vecinos nunca tuvimos.
De la santísima trinidad que era mi familia, solo quedo yo, que llevo comiendo y cenando solo, estos casi cinco últimos años. Y así hasta que me muera, solo, claro, como todos.
La Fotografía: Castillo de Galiana, en Toledo. Junto a mis padres, llegamos a vivir a ese lugar, en una pequeña casa que no se ve en la foto, en 1964. Viví con mis padres en ese bonito lugar, que para ellos solo fue trabajo, trabajo y trabajo (para mí, de vez en cuando, también), los 365 días del año (no podían abandonar la propiedad ni un solo día, eran los jardineros-criados-guardeses). Yo viví con ellos hasta 1975, once años en este último lugar. Mi padre murió tres años después, y mi madre tuvo que dejar la casa el año siguiente a otro matrimonio que los sustituyó a ellos. No obstante, siguió trabajando ahí hasta 1994, que se jubiló (30 años en total); y en ese mismo año murió. Yo no he vuelto nunca a ese lugar, a pesar de que lo veo a diario, a lo lejos, desde mi torre de clausura. Me dolería mucho volver a verlo.