DIARIO DEL ESPANTO 5
“Sin deseo sexual la vida es un balneario de gente humillada que se esconde en los jardines. Más allá de los treinta o treinta y cinco años, la vida es un balneario de humillaciones. No sé, pon cuarenta años si quieres, por dilatar la esperanza”. Manuel Vilas
Martes, veinticuatro de febrero de dos mil veintiséis
La cierta anormalidad que acompaña mis actos, sospecho, que es la única textura de mi vida de ahora. Es una excepcionalidad pueril, banal, pero no tengo otra.
Hoy, sin motivo que yo pudiera entender, me he despertado a las cuatro de la madrugada; pero no ha sido solo eso lo raro (últimamente lo hago en torno a las siete), sino que me he levantado poco después. Para qué, para nada, tal vez para escribir estos párrafos de esta entrada de hoy que no se significará por nada (el día, me refiero).
Quizá haya sido porque sabía que para hoy no tenía entrada escrita, ni pensada. Estoy pasando unos días fuera de mí; pero, curiosamente, en el centro mismo de mi vida de ahora.
Nada me duele, parece que por fin he asumido que mi tiempo de vida será evanescente, inconsciente, y espero que autosuficiente. Entonces todo estará bien.
Creo que dejaré de escribir por hoy, el día del madrugón. Ahora son las siete y cuarto, todavía es de noche y tengo que trabajar en la exposición de Vilhelm Hammershoi, que tanto me impresionó el viernes pasado. Además, tengo una experiencia mística reservada: ir al Súper a comprar pepinos, entre otras cosas, y cualquier otra porquería ya cocinada para comer hoy.
La Fotografía: En estas últimas noches televisivas (dos horas diarias, ni una más, está tasado, regulado por mi propio cuerpo que al llegar al minuto 121, automática e irresistiblemente, alarga la mano al mando a distancia y apaga el aparato); me estoy dedicando a ver dos series argentinas revulsivas y brutales, hipnóticas porque mi mirada se queda prendida en la pantalla sin poder apartarla. Tengo un serio inconveniente con ellas, apenas entiendo nada de lo que dicen porque los personajes (primero han sido mujeres y luego hombres), hablan en argot argentino, a gran velocidad y quedito y no me entero de nada; pero da igual, lo que me importa es que todo lo que sucede en ellas es de una brutalidad cruelísima y retorcida hasta la desfiguración del sentir humano conocido. Primero me tropecé con En el barro (2025) (dos temporadas, he visto la primera); y luego con El marginal (cinco temporadas y anterior 2016). Ambas creadas por un “angelito” llamado Sebastián Ortega (brutal y absolutamente genial como creador e hijo del popular cantante Palito Ortega). No las ha dirigido él, cuenta con varios directores y coguionistas en su productora. Ambas, dramas carcelarios de una crudeza y violencia difícil de soportar, o imposible si eres blando de espíritu o inmaduro ética y estéticamente. Después de la primera temporada de En el barro (reclusas), y no sé por qué he dado el salto a El marginal (reclusos), quizá porque es anterior en el tiempo creativo y porque hay interconexiones entre unos y otros, penados todos. Verlas completas, lo que haré sin duda, será una gran experiencia. Esta imagen es de En el barro, y de una reclusa protagonista que muestra cómo puede llegar a ser el cuerpo de una mujer de 55 años (edad real de la intérprete, genial, por cierto); lo que me disuade de buscar sexo con una mujer de más de esa edad o todavía mayores (lo que estoy haciendo en este tiempo, sin resultado, por cierto, aunque ellas no sepan que no me gustarán, seguro). La razón es sencilla e inocente: es cosa de mi libido que es independiente de mi razón y hasta de mi deseo, sospecho. La naturaleza humana otra vez, en este caso la mía.