La vida superflua 10
“La vida no se trata de encontrarte a ti mismo; se trata de crearte a ti mismo”. George Bernard Shaw
Jueves, veintiséis de febrero de dos mil veintiséis
Hoy no tenía nada qué hacer, y lo he sabido desde que me he despertado. Después, enseguida, cuando me he levantado, me he mirado el espejo y lo he confirmado.
No obstante, he comenzado a hacer lo de todos los días, como si nada pasara…
Primero, a la clausura a la celebración de inicio de actividades antes del desayuno (hora y media), pero sin rezar ni cantar ni dar gracias por nada (debo ser un desagradecido).
Después del desayuno he comenzado la dura tarea de crearme a mí mismo, al menos para hoy, mañana, ya veremos (lo dice, con razón, Shaw, al comienzo).
Lo primero a caminar como todos los días, sin centrarme en las lecturas: he comenzado con Ricardo Piglia, Plata quemada, para saltar a Los últimos días de Inmanuel Kant, de Thomas de Quincey. Después he dejado de escuchar porque no me concentraba y he dejado pasar al silencio, pero sin concentrarme tampoco.
Al pasar por la puerta de la peluquería he pedido hora a mi peluquera, que me la ha dado para las 13:30. He contestado que vale, aunque es mi hora de comer.
Más tarde, antes de alcanzar la peluquería delante de la casa de la Rebe (Don patatón), había una estricta fila de compradores de comida que esperaban su turno para los pollos asados. Por lo menos quince en una perfecta línea recta en la acera. Somos muchos los que no cocinamos en mi barrio.
Mi peluquera, de amable charla siempre, me ha recibido con la simpatía habitual (es muy agradable mi peluquera). Ha tardado menos de cinco minutos en pasarme la máquina por la cabeza.
Me he hecho el arreglo porque el domingo tengo una cita con Inés, y quiero causarle buena impresión, antes de que nos olvidemos el uno del otro, lo que sucederá, ya por la noche.
Dice mi escritor preferido, Manuel Vilas, en Islandia, novela que por fin he comenzado por la tarde: “Toda persona con un pasado que nos es desconocido nos alarma un poco cuando la dejamos entrar en nuestra vida”.
Tiene razón. Lo comprobaré una vez más, el domingo, cuando conozca a la candidata Inés, y yo para ella; por lo que cuando nos veamos, si es que nos vemos (ya tengo el lugar de encuentro: la terraza de un restaurante de La Casa de Campo, de Madrid), nos miraremos preventivamente, hablaremos con desconfianza y con las más estrictas normas de cortesía (espero), nos despediremos y nos olvidaremos. Nunca más volveremos a contactar. A la altura de nuestras edades nadie está dispuesto a conceder intimidad a nadie. Debo revisar el empeño porque no sé qué narices hago metido con este estúpido juego estéril.
Con la última mujer que quedé en el contexto del programa de mi agente (hace mes y medio), Carmen, primero comimos y luego pasamos toda una tarde de domingo juntos en Madrid. Nos despedimos precipitadamente, con urgencia y sin corteses florituras a las diez de la noche, cansados, perplejos e incómodos por la tarde perdida sin necesidad. Duró tanto porque tuvimos teatro a las ocho (por cierto, ella no pagó su entrada, encima). Lo más tonto de la cita es que ya nos habíamos visto en una previa, dos meses antes. Naturalmente no hemos vuelto a contactar, ni lo haremos nunca, sencillamente porque no estamos dispuestos a alterar nuestras acomodadas rutinas. Y porque no nos gustamos lo suficiente, supongo. A la vejez viruelas. nadie se gusta con nadie.
¡qué poco sentido tienen estas insoportables citas!
Y de sexo, mejor ni hablar, por supuesto.
La Fotografía: “La gente está asustada con la muerte, especialmente cuando nos hacemos viejos. Pero yo siento la necesidad de hablar de ella de forma irrespetuosa”. Roy Andersson (Cineasta genial). A mí me gustaría vivir en una película de Andersson y morirme viviendo en una imagen como esta, en la que soy asaltado por una vigorosa guerrera sexual (previa toma de viagra, sin más remedio). La foto: de la película: Sobre el infinito (maravilloso título), que me ayudaría a bien morir, como si de un sueño húmedo se tratara.