DIARIO ÍNTIMO 139 y 2
“Porque el verdadero amor no entiende de amistad. El verdadero amor, cuando muere, busca el olvido, se sacia de olvido, se venga de su muerte reclamando el olvido absoluto”. Manuel Vilas (Islandia)
Sábado, veintiocho de febrero de dos mil veintiséis
… Después de hablar con Carmen, llamé a Naty por cuestiones digitales (es mi asistente en esta materia); o quizá, subconscientemente, porque tuve el impulso, después de leer un rato Islandia, de hablar en una misma tarde, con las dos mujeres que lo fueron en mi vida. La verdad es que de esto no estoy seguro.
Hay muchas horas muertas en una relación estable y continuada; pero también vivas, muy vivas; pero sobre todo hay un -nosotros-, una sublime sensación de no estar solos, porque falten las palabras y su encarnación real.
Mi segundo matrimonio fue absoluto, mezclamos todo los que nos constituía en el mundo real como dos y lo hicimos uno: el tiempo, los bienes materiales, el dinero, la casa y hasta el perro (Nuestro Charlie). Lo que le pasaba a uno, bueno o malo, repercutía en el otro. Podíamos llamarnos diez veces al día si no estábamos juntos. Esa fue nuestra relación de treinta y un años. El acabamiento me provocó lágrimas, las que derramé cuando Naty se fue. No sé si ella lloró. Yo sí, en nuestro abrazo de despedida.
Me dije: Hasta aquí ha llegado esta suerte; ahora, es el turno del irremisible olvido.
Inmediatamente, con urgencia, busqué otra mujer que me curara la herida y que me acompañara y me consolara con su cuerpo entregado y con palabras, sobre todo palabras amorosas que llenaran el vacío de las perdidas. No pudo ser, ni remotamente fue posible. No fue la mujer adecuada sencillamente porque no me quiso ni un instante y ni siquiera sé si la llegué a gustar un poco (creo que no). O sí, pero tan solo como objeto de su necesidad de infligir humillación. Así era su gratuita y cruel perversidad. No tuve suerte.
Fue una situación premonitoria y un heraldo negro porque me predijo que ya no habría palabras amorosas en mi vida, ni dentro ni fuera de mi casa, ni viajando, ni comiendo, ni durmiendo, ni haciendo nada de nada volvería a oír la palabra “amor”, “cariño”, “cielo”, que resonaban en mis oídos a diario y que yo también pronunciaba constantemente.
Desde entonces, en estos casi cinco años, esas palabras no las he vuelto a oír.
El lenguaje del amor era sanador, me consolaba y redimía de todo lo malo que me sucedía. Ya no cuento con ese tesoro, ahora en mi vida todo es a cuerpo limpio bajo una lluvia de piedras asesinas. Por eso de mi clausura, porque me siento protegido del ruido y las tormentas. Cuando el lenguaje del amor es acallado por la realidad adversa sientes un aterrador e insondable silencio, y para mí y ahora, ya para siempre.
La soledad, probablemente y por encima de cualquier otra eventualidad, tan solo sea la erradicación del lenguaje amoroso de la vida, el triunfo infame del desolador silencio en los días, las horas, los minutos.
La Fotografía: Naty con cuarenta y un años (otra vez el uno como referente temporal); que tanto tiempo aguantó a mi lado (la circunstancia no es reciproca, porque fue ella la que decidió marcharse). En mi historia sentimental se dan curiosos paralelismos numéricos (y no solo), sin aparente importancia (o sí): Carmen ha cumplido setenta y uno, este año; y Naty cumplirá sesenta y uno, también este año. Y luego estoy yo que la edad cronológica, la del calendario, ya ha dejado de ser trascendente y ahora la importante es la del cuerpo, o más bien la de mi estado de ánimo. Hay un denominador común en las que fueron mis mujeres: su cautivadora y deseada belleza, que gocé todo el tiempo que permanecimos juntos. He tenido una gran suerte en mi vida matrimonial: mis dos mujeres, además de esplendorosas, fueron generosas y me cuidaron (yo a ellas también), hasta donde pudo ser.