DIARIO ÍNTIMO 140 y 3
“Uno puede hacer lo que le plazca, sin embargo, todo importa”. Wallace Stevens
Jueves, cinco de marzo de dos mil veintiséis
Anoche recibí la contestación de mi representante a mi petición de acelerar el proceso de resolución del caso “Inés”. Ahora, a estas alturas, y desde hace ya casi cinco años, todos mis intentos de acercamientos a mujeres con propósitos amorosos, los califico de casos porque todos han fracasado. O, dicho de otro modo, todos son “casos perdidos”. El resultado es claramente desfavorable para mí, apenas si he gustado a alguna mujer. A mí tampoco me han gustado ellas, pero menos.
A las diez de la noche, mientras veía una serie que me está gustando sobremanera, mi agente me comunicó por correo, la sentencia del caso “Inés”: “Por mi parte, decirte que ya he tenido ocasión de hablar con ella después de la cita y, tras reflexionarlo con calma, me ha comentado que no siente que exista el encaje necesario para continuar profundizando en el conocimiento mutuo”.
Seguí viendo la serie El marginal, que tanto me está gustando, como si nada pasara, y nada pasaba, verdaderamente.
Existen hechos inauditos, misteriosos, parecidos a los encantamientos, que se me se me antojan premonitorios.
El lunes, día siguiente a la cita con Inés; caminaba en mi paseo por un camino solitario que frecuento a diario. Eran las diez de la mañana y en esto, un perro negro aparece por el desnivel del camino, a unos cincuenta metros, y sin dudarlo viene corriendo hasta mí, como si me conociera y sin dudarlo se alza sobre las patas traseras y se apoya sobre mis piernas moviendo el rabo gozosamente, al mismo tiempo que me miraba a los ojos con intensidad. Le acaricié la cabeza encantado. Un instante después, el perrito se bajó, dio media vuelta y comenzó a correr en la dirección desde donde había venido, bajó el terraplén y no lo volví a ver. No había ningún posible dueño por el contorno. Tampoco había visto nunca a ese perro, es más, no me había sucedido nunca algo así por mi zona de paseo. Era un Border Collie, joven. Inés me contó que tiene un perro de dos años, precisamente un Border Collie; la única diferencia es que el de Inés tiene los ojos de distinto color, y mi inesperado y simpático amigo, que ahora me parece un mensajero los tenía negros. Lo que demuestra que no era un fenómeno paranormal, en los que no creo, pero que existir, existen.
Este atisbo de historia amorosa posible y enseguida imposible, aun siendo decepcionante me ha encantado haberla vivido porque Inés me pareció una mujer encantadoramente estimulante. Que haya resultado fallida no me ha supuesto un terrible disgusto, a pesar de que movilizó mis deseos sexuales, y su manera de ser y estar, mis ganas de conocerla más y mejor. En fin, no ha podido ser y mejor así, las abismales diferencias de edad (en torno a doce años), y otras circunstancias profesionales y familiares, hacían imposible cualquier paso adelante.
Todos contentos, entonces. Fin de la historia.
La Fotografía: Una posible recreación de mi encuentro con Inés, pero sin el peso del compromiso amoroso. En 1898, Hammershoi se encuentra en Londres, donde aspira a conocer a James Mcneill Whistler y a exponer este lienzo, del que se conservan dos dibujos preparatorios: “Una especie de retrato doble de Ida y yo, aunque yo doy la espalda casi por completo al espectador. Y, de hecho, la intención no es que sean retratos en el sentido estricto”. Vilhelm Hammershoi. El resultado es una escena íntima con dos figuras cercanas pero desconectadas, en un contexto ambiguo y enigmático.