13 MARZO 2026

© 1964 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
1964
Localizacion
pepe fuentes luján
Soporte de imagen
-DIGITAL (100)
Fecha de diario
2026-03-13
Referencia
11448.1

Me acuerdo de mis colegios
“El niño que dejé de ser se convirtió en un antepasado y, en cierta medida, en una criatura enigmática, distante, de la cual soy hijo o nieto…”. Antonio Lobo Antunes (acaba de morir y lo siento mucho)
Jueves, doce de marzo de dos mil veintiséis

Antes que nada, mi felicitación a este diario fotográfico y siempre íntimo, porque es un gran invento, una fugaz inspiración, o mejor una iluminación que se me ocurrió hace veintidós años y que me ha ayudado a vivir desde entonces. No quiero ni imaginar que habría sido de mí sin él diario, porque la idea de que no existiera me aterroriza. Hoy cumple 22 años y 8036 entradas, tantas como días han transcurrido desde entonces.
Ahora, a mi edad, tan cercana al final de la representación de mi vida, se me ocurre contrastarme con los Tres Pilares del Legado, según la tradición:
Tener un hijo: Sí, lo he tenido; Plantar un árbol: alguno he debido plantar, pero sin propósito trascendente; Escribir un libro: también lo he hecho, es este diario, que, aunque tiene un formato atípico, su redacción ha durado y dura muchos años y reúne miles y miles de páginas.
Al menos, estos tres logros justifican mi inepto paso por la vida y me dejan tranquilo. Sí, porque al menos he logrado hacerlo y seguir haciéndolo, porque mi diario soy yo y si no existiera daría igual haber nacido que no. Obviamente, a mis propios ojos y consideración; porque el diario no trascenderá ni falta que hace. Menos mal que eso me importa muy poco o nada.
Lo único trascendente y que yo he cumplido, es lo que dejó escrito Albert Camus: “El sentido literal de la vida es todo lo que hagas para evitar matarte”.
La Fotografía: Foto de colegio pobre, con 11 años. Me parezco un niño guapo, y del que, además, mi abuela materna decía “qué bueno es pepito” (claro, era mi abuela), pero tenía razón porque lo era, y la prueba es que lo sigo siendo. Lo que no decía mi abuela porque no creo que lo quisiera saber, es que tenía un bajísimo nivel de inteligencia, y la prueba es que sigue siendo el mismo (eso no cambia nunca).
Asistí a colegios ínfimos desde 1958 a 1967 (9 años), en los que no aprendí absolutamente nada.  Carecía de condiciones para aprender y ellos para enseñar (fracaso asegurado). Esa incompetencia, durante al menos 6 años se vio severa y sistemáticamente castigada con malos tratos físicos. Durante el primero de ellos (el cuarto de mi vida escolar); las agresiones fueron ejecutadas por un apestoso viejo cojo (exmilitar), que consistieron en sonoras y dolorosas bofetadas, pellizcos en la entrepierna, golpes con un mechero metálico en la cabeza y retorcimiento de orejas, que me acuerde ahora. En ese momento tenía 9 años. Los siguientes cinco cursos, el protocolo consistió en parecidas agresiones: violentas bofetadas, golpes con saña y odio en las palmas de las manos con palos o reglas o tirones del pelo. Todo ese amplio repertorio de vejaciones y dolorosos daños me los infligieron maestros primero y jefes de estudio después, en dos colegios distintos. No recuerdo que en esos años nadie se interesara por lo que aprendía o no de las materias que realmente no impartían. A ellos les traía sin cuidado lo que me pasara o aprendiera. Ni siquiera sabían cómo me llamaba. Menos mal que seguí siendo un niño guapo (todos los niños lo son). En esta foto y en ese curso, el maldito maestro del terror que le tocó martirizarme se llamaba Don Adelio (de infausta memoria). No me acuerdo haber aprendido nada de él o con él, pero sí de las muchas bofetadas que me propinó. Esta entrada no es un ajuste de cuentas con nadie, ni contra los verdugos (era la cultura educativa imperante); ni con mis padres, ellos menos que nadie porque lo hicieron lo mejor que supieron, además de que nunca les conté que esos malnacidos me pegaran, no era costumbre; ni siquiera contra el sistema del país (dictadura) que no propició una educación esmerada y eficiente, al menos entre la clase social a la que pertenecía y pertenezco (pobre). No, nadie tuvo la culpa de nada, que yo pueda concretar ahora, en todo caso la desidia y la insensibilidad de aquella despreciable gentuza. Sencillamente, fueron el signo de los tiempos, la vida que me tocó y las capacidades o lo contrario con las que vine al mundo, y de eso no me siento responsable, aunque pude haber hecho algo práctico para mejorar el ridículo que fui y seguí siendo después, y así hasta ahora mismo. Menos mal que eso, a estas alturas, ya me da igual y me río y me río de todo, hasta morirme de risa. Afortunadamente fui guapo (y bueno, que dijo mi abuela) hasta que me hice adolescente, momento en el que me estropeé un poco.

Pepe Fuentes ·