15 MARZO 2026

© 2026 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2026
Localizacion
Madrid. Mercado libros segunda mano. Cuesta Moyano
Soporte de imagen
-DIGITAL 125
Fecha de diario
2026-03-15
Referencia
11410

Diario de CLAUSURA 7
“La literatura no es un oficio, es una enfermedad; uno no escribe para ganar dinero o caer bien a la gente, sino porque intenta curarse, porque está infectado, porque le ha ganado la tristeza”. Ricardo Menéndez Salmón (Dietario voluble)
Sábado, catorce de marzo de dos mil veintiséis

El tiempo (el paso de los días, que es como yo lo siento y referencio) va mucho más rápido que mi esfuerzo por dejar muestras y texturas sobre lo que hago y lo que no, que es mucho. Quizá, tan solo sea una sensación subjetiva o de un propósito maniático por mi parte: dejar escritas palabras sobre hechos, que en el fondo son irrelevantes. Es un propósito parecido al de un obsesivo coleccionista de cualquier cosa.
Tuve un compañero de trabajo que coleccionaba jícaras en su versión de aislante para el cableado aéreo de electricidad, en cristal o cerámica. Raro ¿no? También tuve otro que coleccionada libros, una casa llena y que al quedarse sin sitio los guardaba debajo de las camas. A mí me invitaba algunas tardes para enseñarme sus últimas compras, todos libros escrupulosamente elegidos, generalmente antiguas ediciones por las que sentía predilección. Este hombre bueno y genuinamente español (sé lo que me digo); a pesar de su asepsia y timidez necesitaba algún testigo de su pasión para ahuyentar la amenaza de un solipsismo enloquecedor. Conmigo solo tenía un problema: no era un interlocutor válido porque no sabía de nada, y menos de libros; pero al menos era un rendido admirador de su pasión. y eso a él le servía.
Yo mismo, he coleccionado fotos (miles de copias analógicas tengo), pero todas realizadas por mí; luego más que colección habría que hablar de depósito, o no sé cómo podría llamarlo.
Esa dudosa afición no me ha venido por herencia familiar, todo lo contrario, porque nadie de mis ancestros guardó nunca nada (si se pudiera analizar no se encontrarían rastros de ADN de coleccionista. Eso me lo inventé yo para mí mismo. De mi padre solo conservo una triste bocina de guarda rural, no dejó más; y de mi madre una caja con recetas de cocina. A ella sí le gustaba cuidar de sus cosas y guardarlas en pequeñas cajas, pero todas eran de su uso personal.
Son curiosas estas manías que ocupan los vacíos de tanta gente, y lo son, especialmente, porque en todos los casos esas inútiles y locas colecciones mientras sirven, entretienen; y que acaben en un punto limpio es lo de menos. Como los amores. Mis fotografías también acabarán ahí, en la trituradora.
En realidad, hoy no pensaba escribir sobre lo que lo estoy haciendo; sino de la continuación de la exposición de Hammershoi, en el Thyssen, en la que estuve hace mucho tiempo (19 de febrero), y que ya empieza a olvidárseme sin haber terminado de escribir mis impresiones. Hoy me siento cansado y no lo haré. Quizá mañana pueda, no sé, yo qué sé.
La Fotografía: Puesto de venta de libros en la Cuesta de Moyano, que tomé el día que estuve en el Thyssen. Ya dije el otro día, que no aprendí nada en mi paso por los colegios; lo poco que empecé a saber fue leyendo libros al buen tuntún (sin orientación). Quizá, la mayor influencia cultural que tuve en mi juventud fue la del compañero de trabajo que he mencionado antes, que coleccionaba libros de todas las temáticas imaginables; pero sobre todo de historia y menos de literatura. Se había quedado prendido en una rendida admiración por Miguel de Unamuno, que me transmitió (más adelante, el esencialismo del vasco loco y sus arrebatadas creencias terminaron por agobiarme). Mi compañero, que no amigo, aunque si le apreciaba y respetaba mucho, sobre todo desde el agradecimiento por enseñarme sobre libros y autores; iba a Madrid en tren (nunca tuvo coche) una mañana de domingo al mes, a la Cuesta de Moyano. Volvía cargado de libros, generalmente de viejo. Más que necesidad lectora era obsesión por poseer lo que amaba, quizá por encima de todo, los libros. Fue siempre un hombre serio, melancólico, silencioso y solitario, y un impecable ser humano, rebosante de valores, amabilidad, generosidad y coherencia. También de tristeza. En algún momento he traído al diario un retrato suyo.

Pepe Fuentes ·