Diario de la Soledad (doce)
“Ese estimulante de las glándulas sudoríparas que en lenguaje popular se denomina amor y que sirve, entre otras cosas, para ensamblar individuos y a continuación amargarles la existencia, a mi hoy día me produce alergia. Más aún, pánico. Te sale de pronto un amor como te sale un carcinoma. Prefiero, por razones de salud, la calma del solitario, del indiferente, del que sobrevive en la soñolienta paz de una fatiga crónica. Nada de cuanto acontece a mi alrededor me interesa. Ni siquiera me intereso yo mismo”. Fernando Aramburu (Los vencejos)
Domingo, quince de marzo de dos mil veintiséis
… Y así llevamos años (Naty y yo). Es curioso lo nuestro; porque a pesar de que lo común siempre fue especial y muy ventajoso para ambos, optamos por la ruptura y las vidas separadas. La clave del buen funcionamiento de las parejas me parece, es la ayuda mutua; si no, para qué los dichosos matrimonios, si las pasiones sexuales se acaban enseguida. Con poco sexo y desganado, el acuerdo pasa a ser transaccional: tú me das, yo te doy, y al revés (a partes iguales), si no, no es un trato justo.
En Islandia (que estoy a punto de terminar), Ada le dice a Manuel, que su matrimonio pasará a ser una relación -a la nórdica- que para ella es cómoda porque ya no está enamorada de Manuel (eso le ha dicho); pero el problema es que él sigue amando locamente a Ada; y eso, a la altura de la novela en la que estoy (último tercio), hace sufrir a Manuel, porque, además, sigue deseando sexualmente a Ada y le pide sexo, pero ella lo rechaza, claro: “Porque ya no somos pareja, porque ya no me atraes sexualmente y yo a ti tampoco -dijo Ada con una vehemencia inclemente-… (Islandia)
Él, no parece darse cuenta de que es muy mala idea mostrar un flanco de vulnerabilidad tan tentador (debe ser porque padece de amor fou), menos mal que ella, mujer noble, nada cruel, no entra en la perversidad de acceder, porque le habría supuesto la más horrenda de las humillaciones: ser víctima de la lástima.
A mí, Naty, sexualmente me gustó siempre, pero ya no existe ese deseo después de casi cinco años de separación (a la nórdica); y nunca le expresé deseo sexual a lo largo de este tiempo de separación. Jamás me permito demandar sexo a alguien que ha decidido apartarme de su vida (antes muerto).
Mis maniobras amorosas son más de seducido (me gusta ese papel, y no sé porqué, debe ser por inseguridad) que de seductor: si no noto deseo en la mujer objeto del mío, jamás doy un paso hacia delante. Su ego que lo alimente su tía, pongo por caso. No me fío de los bajos instintos femeninos.
Terminaré la entrada de hoy, rematando la de ayer y que me tiene muy contento: pasé de la precariedad digital a la excelencia, y justo es reconocer que ha sido gracias a Naty, todavía mi mujer (no nos hemos divorciado, ya lo haremos, no hay prisa).
Por cierto, y a propósito de la contundencia de Aramburu contra el amor (parece reactiva), que dejó escrito en Los vencejos (2021), con sesenta y dos años, y ahora, con sesenta y siete, no sé si habrá cambiado de opinión porque cinco años de soledad dan para muchas reconsideraciones y mudanzas. Lo que sí puedo decir a la altura de mi edad, y por si no lo sabe Aramburu, es que el abismo vertiginoso se abre con el cambio de década: lo que era amenazante a la altura sexagenaria, se convierte en dramática realidad en la septuagenaria. Ya no es la carencia de sexo y de otro cuerpo al que abrazar cuando el miedo acucia; no, es algo más primario, es la queja del cuerpo y que ese lamento no tengas a quien contárselo. Eso o algo parecido, lo dice mi escritor preferido en Islandia: darle mucho miedo la soledad y la falta de amor. A mí también. Aunque, mi realidad sea la de Aramburu: la fatiga crónica y la invisibilidad.
La Fotografía: Some Kind of Heaven (Una clase de cielo). EE.UU. (2020). Dirección: Lance Oppenheim. Documental. Di paso a dos entradas sobre este documental en Julio de 2021, justamente un mes antes de que Naty me comunicara que una foto como la de hoy no sería posible, o sí, pero cada uno por un lado, solos; sin nada que superar ayudándonos el uno al otro. Creo que eso es peor, aunque Aramburu no esté de acuerdo, y yo, ahora, casi que tampoco.