DIARIO DE ENVEJECIMIENTO 71 y 2
“Quisiera vivir la historia de amor más hermosa, y me ofusco, porque ya soy viejo, o yo me siento así. Acaso solo la juventud es el tiempo del amor. No puede ser así, tienen que existir las historias de amor cuando abrimos la puerta a la edad sexagenaria, sería una injusticia que no fuera así; sin embargo, todos son insultos ante el sexagenario enamorado y la peor de las ofensas reside en pensar que los cincuentones o los sesentones están incapacitados para vivir amores heroicos. Nos humillan. Nos insultan. Nos ven como restos de una fiesta. Nadie creyó en el amor hacia Dulcinea del cincuentón Don Quijote, salvo Cervantes, que era otro cincuentón y luego sexagenario cuando escribió la novela, porque el Quijote es una novela de amor a una mujer”. Manuel Vilas (Los besos)
Miércoles, veinticinco de marzo de dos mil veintiséis
… Hombre, Manuel, no sé por qué en tu certera reflexión excluyes a los septuagenarios, como si ya no pudiéramos existir para la vida amorosa activa (tú, antes de que te des cuenta ingresarás en esa fatal edad y seguirás anhelando amor como ahora a los sesenta y antes a los cincuenta).
Lo que me parece que sucede en tu discurrir es que, en la era sexagenaria, la siguiente década puede que la percibas tan lejana que a juzgar por lo que te pasa en tu edad tardía de ahora, supones que diez años después, ya es imposible ni siquiera pensar en el amor, un estadio al que sospechas que ya no habrá retorno posible.
A nivel de deseo (generalmente frustrado), lo hay, ya lo creo, e incluso de un modo infinitamente más imperioso porque se sabe que podría ser el último paraíso en el que refugiarse. También se sabe que el acabamiento sin amor será más desoladoramente triste y amargo.
En la setentena sigo sintiendo la necesidad amorosa como diez años antes, o, incluso, como en la treintena; lo único que cambia es que ya no haces lo mismo que hacías para satisfacer los deseos y necesidades; sencillamente, ya no haces nada y nada consigues. Y si lo haces es peor, porque sufres rechazo, es mi caso doblemente, porque yo también rechazo. El mundo de los viejos, en el terreno amoroso, es un terrorífico y cruelísimo campo de batalla: todos contra todos y sin piedad, por un millón de razones y todas insolubles. Nos hemos declarado una guerra total y a muerte. Estamos ahítos de odio y resentimiento por haber llegado a la provecta edad derrotados y probablemente humillados. Nadie consigue enamorarse realmente, o, dicho de otro modo, encontrar a un enamorado-enamorada a partir de los sesenta-setenta es imposible.
Por eso de la impotencia ante las relaciones edad-amor-sexo; que ineludiblemente desemboca en drama; y como colofón en profunda soledad.
Solo puedo terminar la entrada de hoy con el peor de los augurios, para mí y para todos. El enamoramiento siempre comienza con una mirada y reconocimiento del cuerpo del otro u otra, y las señales o vibraciones que te llegan de ese cuerpo; pero eso es imposible si no hay mirada y los viejos ya no nos miramos jamás.
La Fotografía: Imagen del campo de “concentración feliz”, de The Villages, en Florida, donde viven 130.000 personas, generalmente emparejadas. Pertenece al brillante documental: Una clase de cielo, de Lance Oppenheim (2020). Harold Schwartz, hace décadas, y su hijo Gary, quien ahora supervisa las operaciones, expresa la intención de la comunidad sin rodeos: «Aquí se viene a vivir, no a morir», afirma. «Están viviendo su sueño americano». Las personas que han elegido este estilo de vida para su ocaso han preferido escapar de la realidad de la que fueron sus vidas y han optado por una felicidad solipsista; aunque acompañados. Esa es la premisa esencial, sin ella The Villages no podría existir. Cubren la necesidad esencial de conectar -a cualquier edad- y sobre todo, a la suya.