El emigrante al que no recordará nadie…
ÉRASE UN HOMBRE HARTO DE SU PUEBLO Y DE SÍ MISMO QUE INTENTO HUIR. PERO NO LLEGÓ A NINGUNA PARTE:
Metodio (el que siempre sigue su camino hacia delante) se cansó de su pequeño pueblo. En realidad, Metodio estaba cansado de todo, o no exactamente, sino que entre el cansancio que le provocaba lo que creía conocer y lo poco que le apetecía descubrir lo desconocido se había convertido en un hombre pasivo y hastiado. Sin ganas. Reunió las pocas fuerzas que aún le quedaban dispersas por su atribulado cuerpo y su desfondado espíritu y decidió alejarse por el único camino de salida de su pequeño y casi abandonado pueblo…
…Metodio no sabía hasta dónde llegaría o dónde le apetecería parar. Tampoco sabía qué haría cuando llegara al ignorado lugar, no obstante siguió caminando…
…Metodio temió que comenzara a llover en cualquier momento y que su maleta de cartón piedra se mojara tanto que se deshiciera, y tuviera que tirar las escasas y pobres pertenencias que llevaba con él. No obstante, siguió caminando y pensando que no volvería nunca a lo ya sabido. Así es Metodio cuando decide hacer algo: obsesivo y determinado…
…Metodio se alejó y se alejó, pero tenía la inquietante sensación de que no se movía. Su cuerpo avanzaba, su alma no. Seguía atrapado por los recuerdos y las aburridas experiencias del lugar que acababa de abandonar y comenzaba a sospechar, alarmado, que su viaje no le serviría de nada y que él es uno más de los que nunca consiguen alejarse de sí mismos. Una condena, Metodio; sí, una maldita y eterna condena.