2 ENERO 2016

© 1992 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
1992
Localizacion
Aguamarga, Almería, (España)
Soporte de imagen
-120 MM.- AGFA 25
Soporte de copias
ORIENTAL
Viraje
SELENIO
Tamaño
25 x 31,5 cm
Copiado máximo en soporte baritado
2
Copias disponibles
1
Año de copiado
2002
Fecha de diario
2016-01-02
Referencia
7483

DIGRESIÓN UNA (1ª). El pintor de batallas (2006). Arturo Pérez Reverte. Tengo dicho, últimamente con frecuencia, que me gusta y me interesa la obra de Pérez Reverte, y que además siento una cierta empatía hacia su mirada y los modos en los que entiende la vida. Es un hombre valiente, o lo ha sido al menos y, para un cobarde como yo, eso siempre es digno de admiración. Casi como de apuntarme a su club de fans, si es que lo tiene. Aunque cosas así, en mi caso, son sencillamente imposibles. El otro día contaba en un divertido artículo que un desconocido le abordó para hablarle de su obra. Yo eso no lo haría ni ante el mismísimo Dios el día siguiente de terminar su “creación”.  Bastante tengo con lo mío. El caso es que me gusta lo que él ve y cuenta. No le he leído demasiado, como a nadie, pero me ha gustado todo a lo que me he acercado. Bien, en una entrevista reciente confesó que esta novela era, de las suyas, la que más le gustaba. Me lo tomé como una invitación personal y unas horas después comencé la lectura (por el milagroso fenómeno Ebook). Sorprendentemente me encontré con un personaje protagonista, Faulques, que había sido fotógrafo de batallas y guerras durante más de treinta años. Con esa ardua, peligrosa y larga actividad a cuestas, llegó al momento en que la fotografía, como herramienta y soporte para explorar los arcanos del hecho de vivir, dejó de servirle. Y la cambió por la pintura pretendiendo, con una sola y monumental obra, introspectiva y brutal, en el interior de una atalaya abandonada, acercarse al sentido de su vida, a una explicación de lo imposible. El error de Faulques radicaba en creer que la pintura, como antes la fotografía, ofrecía explicaciones fiables a nada y mucho menos a la vida. Menos mal que quizá con su propósito, con el mero hecho de buscar, independientemente del soporte en el que vertiera sudor y lágrimas, podría bastarle. “Pero ojo. Si no hay consuelo como resultado de la observación, sí puede haberlo en el acto de la observación misma. Me refiero al acto analítico, científico, incluso estético, de esa observación”. A.P.R.