19 JULIO 2020

© 2000 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2000
Localizacion
Madrid (España)
Soporte de imagen
-120 MM AGFA 100
Copiado máximo en soporte baritado
3
Fecha de diario
2020-07-19
Referencia
2803

A MÍ, LA POLITICA, A ESTAS ALTURAS, NI FU NI FA (antes tampoco) I.
Sin embargo, hace tan solo quince días, he tenido una revelación, una especie de clic mental o, para ser más preciso, emocional, por el que, súbitamente, he visto claro dos cosas (una la cuento hoy y la otra mañana). Y entonces, corriendo corriendo, se lo he contado a Naty, a los dos amigos que me quedan, y a la mujer de uno de ellos, igualmente amiga. Fue algo así como, ¡¡¡mirad, mirad, he tenido una especie de revelación y he cambiado en mi cabeza un par de cositas!!! Ni que decir tiene que, ninguna de esas personas, fueron receptivas a mi entusiasmo, es más, se mostraron abiertamente renuentes, por no decir que firmemente contrarias a mi inspiración; ni tan siquiera Naty se lo pensó, a pesar de que jugamos en el mismo equipo. Políticamente no, al parecer. Les argumenté: hasta anteayer mismo, yo era un firme defensor de la monarquía (como mal menor), pues bien, a partir de mi iluminación, me he convertido en un visceral antimonárquico. Por razones éticas, y, sobre todo, estéticas. A saber, la característica esencial de una monarquía es que es hereditaria (una boutade histórica, como muchas de las que hay en política), lo que propicia una cierta estabilidad más allá de veleidades “democráticas”; pues bien, para que esa cadena virtuosa tenga carta de naturaleza moral y política, es imprescindible que ninguno de los eslabones se corrompa. Sí, es así, al fin y al cabo los monarcas son humanos; la dinastía debe terminar con el corrupto, y eso no quiere decir que el sistema monárquico acabe, sino tan solo esa línea sucesoria por romper el pacto de ejemplaridad exigida. En nuestro caso, tenemos un rey no elegido por su pueblo (hay monarquías electivas en el mundo) porque su único y banal mérito es ser hijo de rey y que, admitámoslo, es la única razón de ser de las monarquías hereditarias. Tan coyuntural e inexplicable como eso. ¿Y qué pasa si el eslabón que da sentido a su cargo se ha descompuesto? Sencillo, que esa línea sucesoria se ha inhabilitado por las más zafias y soeces razones, en el caso que me preocupa: corrupción, codicia, irresponsabilidad y sexo a destiempo (supongo que gracias a altas dosis de viagra) ¡¡¡Qué ordinariez, por Dios!!! Para mí, ética y filosóficamente, el rey debe ser un estoico de altura, insobornable e inasequible a vulgares debilidades, de una sabiduría y honradez ejemplar (y si el designado no se considera a la altura de esos valores no debe aceptar el honor). De lo que se infiere que, para la alta dignidad de representar a un país en la máxima instancia, no nos sirve un corriente hedonista de tres al cuarto. Sabemos que, además de corrupto y trivial, ha sido un Mataelefantes (hay que ser un capullo ventajista para matar de lejos y con potentes armas de fuego a estos inteligentes, sonrientes e impresionantes animales). Puestos a transgredir, sería mejor que hubiera sido un consumado y cínico nihilista pero, mirándole atentamente, parece que esa condición le viene muy grande; aunque, bien es verdad, que se ha cargado su legado y de paso nada menos que una dinastía de varios siglos, alegremente, sin pena ni culpa. Me imagino al individuo ahora, viejo y torpón, corriendo con bastón detrás de la(s) nínfula(s), intoxicado de estimulantes sexuales, con sacos de dinero conseguidos gracias al buen nombre del país al que representaba, para tapar su segura impotencia senil. No hay ni el más mínimo atisbo de dignidad en esa imagen.  Amigos, la dinastía debe acabar. Así es imposible ser monárquico (al menos borbónico). El problema es que no adivino una solución, porque republicano no soy. Nos jodió a conciencia el irresponsable e indigno emérito ¡¡¡Qué mala suerte hemos tenido!!! Quizá la merecíamos. Pero no debemos olvidar que, con las repúblicas, siempre llegaron los desastres. Nunca han funcionado ni creo que puedan funcionar en España. Es una pena, el sistema monárquico parlamentario me parecía perfecto para nosotros. Nos modernizaba y, con un poco más de cultura y tradición democrática, habría sido perfecto. Ni que decir tiene que a mis amigos no conseguí convencerlos…

 

Pepe Fuentes ·