26 NOVIEMBRE 2021

© 2021 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2021
Localizacion
Madrid
Soporte de imagen
-DIGITAL-
Copiado máximo en soporte baritado
3
Fecha de diario
2021-11-26
Referencia
2814

DIARIO ÍNTIMO (14) uno.
Fui tan lamentable y ridículamente estúpido que a lo largo de poco más de un mes me creí un sueño amoroso. Mutó en colosal decepción. Menos mal que fue breve.

No me resulta fácil relatar una historia en la que, inadvertidamente, he sido tonto hasta lo irrisorio.
Todo empezó a finales de septiembre, momento en el que yo estaba bajo los devastadores efectos de una ruptura sentimental inevitable pero no por eso menos dolorosa (lo conté a comienzos de septiembre en este diario).
En ese tiempo me sentía desesperanzado y un poco ansioso ante la perspectiva de una sequía sentimental y sexual que apuntaba a ser larguísima. Entonces, sorpresivamente, apareció una mujer a la que yo busqué, es decir, no fue un efecto paranormal o un conjuro mágico, aunque lo pareciera. El primer encuentro no pudo ser más alentador e ideal: atracción física, afinidades, posibilidad de mezclar sentidos del humor, disponibilidad y ganas de compartir tiempo y opciones vivenciales (diario del veinticuatro de octubre). Todo parecía perfecto, lo único que no encajaba era que la perfección no existe, aspecto del que yo estaba plenamente enterado, pero del que no quise darme por enterado. La consciencia era lo que menos me interesaba en ese momento. Con esas miríficas conjunciones que parecían tuteladas por los mismísimos dioses (menores) comencé el cortejo (así lo llamaba ella). Pobre estúpido otra vez, porque los dioses no existen (ni mayores ni menores). Pero a mí me daba igual porque la movida sentimental me estaba sentando francamente bien. Sonreía y hacía planes, no grandes planes, pero sí de un alcance posible, inmediato y desde luego feliz.
Pasaron las semanas, o más bien los fines de semana que era cuando nos reuníamos para vivir una supuesta historia de amor, donde todo era bueno: la comunicación, las risas, la gastronomía y por supuesto, un sexo intenso, placentero y reparador. Asombroso todo lo que pasaba. En el colmo de la iluminada bienaventuranza hasta hicimos planes para una escapada de unos días. Las contraseñas de nuestro lenguaje amoroso eran las convencionales: amor, cielo, cariño… y todo ese aliño y salseo de los romances encendidos, feliz cuando son de verdad y patéticos cuando no, y esta vez era que No. Por su parte claro, porque yo me lo creía, lo propiciaba y me sentía bobaliconamente encantado, como si todo fuera verdad ¡¡¡tan viejo y tan tonto!!!
Este torbellino de ilusiones húmedas duró cuatro fines de semana, si no me equivoco; es poco tiempo, sin duda, pero dulcemente vertiginoso. Entre semana cruzábamos llamadas y mensajería (whasapp) interminables, de horas a veces. Aparentemente apasionado, insuperable e inimaginable tan solo poco más de un mes antes. Eso pensaba, asombrado e incrédulo.
Aun siendo rematadamente tonto, no lo era del todo y a veces presentía sombras y que algo estaba dislocado. Reservas, zonas oscuras, contradicciones, lagunas, evasivas… en fin, todo un nutrido menú de disimulos por su parte, que yo me apresuraba a tapar, o a mirar hacia otro lado silbando, como si no pasara nada y pasaba, ya lo creo. No me interesaba ver y claro, cuando te pones una venda no ves, pero la hostia te la das seguro.
No, no quiero culpar a esa mujer (ya no tiene ni nombre para mí, por lo que a partir de ahora será -la innombrable- para este relato, luego, ni siquiera será) sino tan solo a mi imprevisión, no porque yo hiciera algo de lo que tuviera que arrepentirme, que no, afortunadamente; si no porque me había entregado como si fuera un muchacho inexperto y eso lo pagas porque no te tienen en cuenta (en amor, aunque seas poca cosa, tienes que crecer y aparentar que eres algo, lo que sea, porque si no No). Ella ni era una muchacha y ni mucho menos inocente, sino una consumada experta en mentir. Ha manejado toda nuestra corta relación con una frialdad y pericia digna de un espíritu refinado, inclemente y, sobre todo, innecesario y gratuito. A lo mejor no ha sido así, pero a mí me ha sabido desagradablemente a eso. No di razones para que me aplicara el hiriente repertorio que finalmente me aplicó (en todo momento me porté como un buen tipo, ya lo creo). Los hombres, y supongo que las mujeres también (sobre las mujeres he empezado a desconocerlo casi todo, solo que sesenta años tarde) tenemos el tonto e ingenuo prejuicio de que basta con que alguien nos guste para atribuirle las más excelsas y generosas virtudes. Eso es una estúpida y ciega premisa: la mirada amorosa no salva a nadie de su comportamiento y responsabilidad. En este caso mi mirada propicia no la salva; y, sobre todo no me salva a mí de mi notoria ingenuidad.
Si tengo algún lector de este diario (ella me decía que no lo leía nadie, ella desde luego no, por eso esta crónica de la decepción no la conocerá, ni puñetera falta que hace) se preguntará que ha pasado, luego ya seremos dos, él y yo…
La Fotografía: Este gato se llama Klee y es de -la innombrable- ella sabe de arte y por eso lo del homenaje a un artista importante. Eso era de agradecer para mí (lo de las veleidades artísticas, que yo también tengo). Lástima que ese diálogo posible también se truncara.

Pepe Fuentes ·