DIARIO DE MI FELICIDAD 15.3
“La cortesía es la indiferencia organizada”. Paul Valery
Lunes, diecinueve de enero de dos mil veintiséis
Ayer, domingo, tuve viaje a Madrid ¡inaudito!
Salí de mi casa a las doce menos cuarto, con tiempo y menos mal, porque había quedado para comer con Carmen (una nueva amiga), a las dos y media en un restaurante de la calle Almirante. Cuando llegué a Atocha estaba cortado el Paseo del Prado, lo que me trastocó los planes, pero eso no fue nada comparado con el hecho de que estropeé mucho más el contratiempo, equivocándome de ruta alternativa. Un puto e irritante lío.
Llegué a tiempo, a la hora prevista para la comida, que resultó sumamente agradable. Lo pasamos bien charlando animadamente y comiendo bien.
Salimos del restaurante a las cuatro y media y nos dirigimos paseando hasta la Fundación Mapfre, donde vimos una exposición antológica de Raimundo de Madrazo, además de la de Edward Weston, que ya había visto, pero que volví a ver encantado (ya escribí tres entradas hace unos días).
Raimundo de Madrazo y Garreta (Roma, 1841 – Versalles, 1920), practicó, al comienzo de su carrera, un romanticismo tardío con motivos históricos y religiosos a instancias de su abuelo y su padre, a la sazón, director del Museo del Prado. Poco después, derivó hacia en una corriente artística que se denominó en Francia, juste milieu, una pintura de vía intermedia que tuvo gran aceptación entre el público y los coleccionistas de la época, poco dados a la experimentación. Pronto se dio cuenta de que, con su refinada técnica, podría medrar con obras de estudio, retratos y escenas cortesanas, muy del agrado de la distinguida aristocracia y alta burguesía europea y americana. Lo consiguió, sin duda y brillantemente, con numerosos encargos costumbristas y sobre todo retratos. También, sin sospecharlo siquiera, logró que yo me aburriera soberanamente viendo con escaso interés la exposición.
Menos mal que justo al lado estaba Weston, con sus maravillosas fotografías que volví a ver junto con Carmen, a la que conté cuánto me interesaba su obra. A ella le gustó mucho esta exposición.
Terminamos poco antes de cerrar, recogimos el coche y nos dirigimos al Teatro de La Abadía, teníamos obra: Una forma de vida, adaptación teatral de la obra homónima de Amelie Nothomb, pero eso hoy ya no toca, será mañana…
La Fotografía: En 1862, Raimundo de Madrazo llega a París con el objetivo de completar su formación artística. En estos momentos, el joven pintor aún trataba de responder a los anhelos de su padre que le instaba a dedicarse a la pintura de temática histórica y religiosa, lo que le permitiría concurrir a las grandes exposiciones nacionales e internacionales. En 1865, realiza Las hijas del Cid, en uno de sus últimos intentos por complacer los deseos paternos. De elevada carga erótica camuflada por tintes literarios, aborda un episodio de la Edad Media española, inspirado en el cantar de mío Cid. Varios de los romances caballerescos que interpretaron este cantar del siglo XI, habían sido recopilados en 1838 por el literato Eugenio de Ochoa, tío político de Raimundo de Madrazo. Lo cierto es que esta obra me encantó, era misteriosa, inspirada, sensual y bellamente concebida y ejecutada y, especialmente por describir una situación inquietante y perturbadora. Romanticismo en estado puro.