DIARIO DE MI FELICIDAD 15 y 4
¿Dónde están los límites entre la realidad y la ficción cuando no puede mediar el cuerpo en una relación? ¿Cuándo la ficción comienza a erosionar la veracidad del relato? ¿Qué se esconde y qué se muestra? Juan Ceacero
Martes, veinte de enero de dos mil veintiséis
«Deseo existir para usted», le dice por carta el obeso soldado Melvin Mappel (Juan Ceacero), que se encuentra destinado en la guerra de Irak, a la novelista Amélie Nothomb (Isabelle Stoffel); en la adaptación teatral de la novela homónima Una forma de vida, de la escritora holandesa.
Es el comienzo de una relación epistolar en la que la autora se sumerge en el mundo del soldado. Melvin está atrapado en una dependencia de la comida que le ha aumentado el peso en 100 kilos desde su llegada a Bagdad. Su inmensa tarea le destroza y desespera: combatir la soledad, el vacío existencial y encontrar un sentido a su vida.
Por su parte, Amélie Nothomb, también está atrapada en su compulsión por responder a cada lector.
“La novela plantea un juego de espejos, donde su estructura epistolar facilita un juego de metarrealidad que revela, de manera difusa, cierta naturaleza del proceso creativo, de la obsesión creadora, de la necesidad de un sentido o una misión para soportar la existencia. Cuerpo y mente coexisten por separado; escritura y corporalidad, realidad y ficción, deseo y muerte”.
Ambos necesitan reconstruirse a través del otro. Atreverse a que el otro les cambie y lo hagan las palabras escritas y la imaginación, más allá de la presencia corporal propia y la que proyecta el otro sobre uno mismo como una sombra y una promesa.
La obra avanza carta a carta, leídas por el propio remitente donde se desnudaba y se ofrecía a la comprensión y aceptación del otro. El vínculo entrañaba peligro porque podía comportar la destrucción del propio ego, o el del otro (léase sentido y equilibrio), pero era ineludible que, una vez aceptado y comenzado el desafío debía de tener continuidad.
Original y creativa la inventiva de la representación, con una incesante dinámica de expresión corporal dramatizada. El atrezo, especialmente los recursos textiles para sugerir la gordura de Melvin, sumamente expresivos y brillantes. El resto de los elementos escénicos, bien concebidos y utilizados.
A pesar de todos esos valores, la obra se me hizo interminable; pasé por momentos de aplastante tedio y casi somnolencia.
A Carmen, le pasó lo mismo. Se hizo larga (casi dos horas). Demasiadas reiteraciones: el juego dramático planteado era la búsqueda de sentido a la vida (nada menos); pero sin ironía ni humor y sí culpa; por lo que todo resultaba agónico y circular: se partía en una dirección, para volver al mismo punto y vuelta a empezar.
No obstante, mejor haber ido que no.
Dejé a Carmen en la puerta de su casa y no hubo nada. Volví a la mía, que ya era hora.
La Fotografía: Juan Ceacero y Isabelle Stoffel, al final, recibiendo tibios aplausos, aunque ambos estuvieron muy bien (la sala se llenó).