28 ENERO 2026

© 1990 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
1990
Localizacion
Morella (España)
Soporte de imagen
-120 MM- TMX 100
Fecha de diario
2026-01-28
Referencia
5182

COLECCIÓN DE MISCELÁNEAS 105
“Cuando canta el gallo negro
Es que ya se acaba el día
Si cantara el gallo rojo
Otro gallo cantaría
Ay. Si es que yo miento,
Que el cantar que yo canto
Lo borre el viento” …
Chicho Sánchez Ferlosio
(cita introductoria de El viaje de mi padre, de Julio Llamazares)
Sábado, veinticuatro de enero dos mil veintiséis

Primer día de un fin de semana que se presenta liso y brillante como una patena dorada. Promesa impoluta de felicidad diáfana, sin mácula ni desasosiego.
Nadie perturbará mi día, de eso estoy completamente seguro.
Saldré a caminar a las diez de la mañana y mientras lo hago escucharé los dos últimos capítulos del relato de un viaje a la memoria y a la emoción filial y testimonial de Julio Llamazares, siguiendo la estela de su padre combatiente de la guerra civil española, como operador de transmisiones en el bando franquista. El título: El viaje de mi padre.
Julio, sigue el itinerario desde La Mata de Veruela (León) hasta la Sierra Espadana, en Castellón; pasando por hitos como Teruel y Zaragoza.
Me está encantando este relato por diversas razones; la principal, por la primorosa prosa viajera de Llamazares, de aparente sencillez, pero de certera e interesantísima eficacia narrativa, además de la pátina emotiva que cubre toda la narración al tratarse de un homenaje a la terrible experiencia que vivió su padre, junto a su amigo-hermano Saturnino (ambos telegrafistas).
Esta novela narra el viaje del propio Julio, de carácter histórico, testimonial y emotivo, que inició en enero de dos mil veinticuatro, hasta Teruel; y la segunda parte en junio del mismo año, hacia el final de viaje, Castellón, pasando por Zaragoza.
El virtuosismo de la prosa de viajes de Julio Llamazares (que ya me encantaría siquiera atisbarla para los míos), es perfecta porque se despliega sobre el territorio por donde discurre, aportando referencias bien documentadas sobre lo que ve, tanto histórica como monumentalmente; pero lo hace con levedad, con pinceladas amenas y oportunas para situar el contexto; y todo eso también sustentado en el acercamiento a las gentes con las que se cruza y con las que establece diálogos sobre el contexto dónde se encuentren, aportando además lo que de interés humano encuentre en sus interlocutores.
Parte de una vertebración previa (lo que yo hago fatal), y que, en el caso de este relato, sigue un itinerario ferroviario de León hasta Teruel, visitando pueblos y estaciones de tren abandonadas (todas lo están).
Una vez en Teruel, donde se celebró la cruenta batalla de conquista y reconquista de la escarpada ciudad, detenida en el tiempo (cambió de manos dos veces); describe la ciudad actual al mismo tiempo que la entrevera de los seguros hechos bélicos.
En junio retomó el periplo hacia Zaragoza para finalizar en Castellón, como su padre, que se salvó de una muerte segura en la Sierra Espadana porque él o su compañero dieron una patada a la emisora de radio dejándola inservible, lo que les salvó la vida al evacuarlos por prescindibles; sino habrían muerto como les pasó a casi todos los de su compañía.
He disfrutado esta espléndida obra de Llamazares, que me parece un magnífico ser humano, empático, sensible, afectuoso con todas las personas que va tratando en su viaje y que sabe transmitir con cercanía y grandísima calidad literaria. Desde que leí La lluvia amarilla hace décadas, siempre lo he admirado y seguido…
La Fotografía: En 1990, y desde hacía seis años, mi hijo y yo íbamos de vacaciones playeras a puntos de la costa, de este al sur, durante quince días. Ese año tocó Benicasim, en Castellón. Gabriel, con quince años ya, consiguió, como hizo siempre, montarse una pandilla de chavales de su edad y a mí me aparcaba para que le esperara a que terminara de pasárselo estruendosamente bien, como adolescente que era en ese momento; yo me aburría mortalmente durante quince días. Ese año, un día me desplacé a Morella (120 Km), donde también arribó Llamazares, y fotografié el castillo al que subí (él no lo hizo, según cuenta).

Pepe Fuentes ·