COLECCIÓN DE MISCELÁNEAS 107 y 2.
¡Querían linchar a las hienas! ¡El pueblo bueno quería linchar a las Baladro, la policía las rescata! ¡Que las quemen con leña verde! Clama el pueblo. Alarma, periódico, México DF 11.03.1964 (que aparece en la serie)
Viernes, seis de Febrero de dos mil veintiséis
… Y era un mal tan devastador que me alteró e hizo que la noche fuera intranquila y me despertara aterrorizado varias veces. La causa: una serie de TV, que por ser tan buena adquirió unos tintes de verosimilitud que me perturbaron seriamente. Se trataba de Las muertas, de Luis Estrada, a partir de la novela homónima Jorge Ibargüengoitia. La historia recrea hechos reales que sucedieron en el estado de Guanajuato a lo largo de veinte años, más o menos, desde los años cuarenta al sesenta y cuatro, cuando termina la pesadilla.
Personajes inimaginables pero ciertos, de un realismo creíble: el capitán Bedoya, por ejemplo, gordo, feo y podrido hasta el vómito; las dos madrotas: Arcángela y Serafina Baladro (en la historia real, había dos más que apenas aparecen en la serie), despiadadas asesinas; Calaverita la mano derecha de las malas; y un numeroso elenco de secundarios, abominables, corruptos hasta la deformación más monstruosa y aberrante; pero al mismo tiempo fascinantes y divertidos como personajes de ficción.
Disfruté de la serie, no solo por su ritmo sostenido y hasta electrizante; sino, sobre todo por la recreación de época del México de provincias de mediados del pasado siglo, los personajes y su reconstrucción estética surrealista y esa asombrosa convivencia de la mayor depravación con el más extremo y visionario espíritu religioso. Pura mística, en todos los sentidos.
Me fascinaron las Baladro como personajes, a pesar de su inmensa crueldad; y por qué, porque eran valientes. Los seres arrojados y desacomplejados enamoran.
Asombrosa por creíble, la perfección de estética kitsch de la puesta en escena y el ambiente en el interior de lo que llamaban casinos (prostíbulos) o cabarés.
Perfectamente entendible la fascinación surrealista de Luis Buñuel o André Breton o Antonín Artaud y tantos otros por México, ese inimitable país que en la serie aparece en estado puro. Todos los países son iguales o parecidos; salvo México, que es único.
La Fotografía: Realización perfecta que crece capítulo a capítulo hasta llegar al paroxismo final. Me resultó tan estremecedora en algunos momentos que me costaba sostener la mirada en la pantalla por la negrura de lo que sucedía en ella. Terminé de verla a las once de la noche del viernes. Me acosté y el recuerdo de las imágenes, especialmente del último capítulo, hicieron que me desvelara. Luego, fui despertándome a lo largo de la noche varias veces con visiones aterradoras de la serie. A estas alturas, me resulta difícil de soportar la credibilidad y crudeza de historias extremas, sobre todo antes de acostarme (mi vejez es asustadiza, parece). Imagen de la serie, o metáfora de la encarnación diabólica del mal.