DIARIO DEL ESPANTO 8 y 4
“No usen mi torpe biografía para juzgarme”. Leopoldo María Panero
Jueves, veintitrés de abril de dos mil veintiséis
… La frase la dijo Leopoldo en 2014, el año de su muerte. La obtuve de El Cultural (ABC), en octubre (había muerto en marzo). Probablemente sintetizaba esencias, tristezas y miedos. Pedía algún tipo de perdón, tal vez, me pregunto. Por su bien, espero que no. De lo que caben pocas dudas es de que ya estuviera viendo acercarse la muerte a gran velocidad.
Por ahora daré por terminada esta aproximación, pero volveré porque me resultará necesario hacerlo.
Francis Bacon, hace aproximadamente quinientos años escribió: “Quien está encantado en la soledad es una bestia salvaje o un dios”. Eso fue Leopoldo María Panero, parece, aunque destinado o tal vez condenado por dramáticas circunstancias y sostenido por una esquinada esquizofrenia, que siempre ayuda a los poetas.
En fin, lo digo porque no creo que él estuviera encantado con su soledad, o al menos no lo parece porque se pasó su vida llorando de desamor y soledad. Fue un niño que siempre quiso ser abrazado; como yo y como todos los de aquella época, tan huérfanos. Después, a medida que crecimos supimos y aprendimos que la vida iba de silencio, soledad y sufrimiento; a no ser que el destino o tu ángel de la guarda, te hubieran regalado una profunda e irredenta estupidez salvadora.
En su infancia, y luego adolescencia, y luego juventud, y luego madurez (aunque ya a salvo en los manicomios), lloró y lloró, pero como poseía un inmenso talento y eso nunca se puede ocultar ni reprimir, escribió decenas de libros (poesía, cuentos, ensayos…), que tan solo le sirvieron para ser infeliz con causa.
¿Quién quiere la inservible felicidad? Yo para mí no la quiero, aunque la haya deseado de forma inalcanzable en el mejor de los casos, y estúpidamente en el peor. Ahora ya no rumio malos pensamientos (los de vocación esclava), porque he cumplido mi condena: estoy rehabilitado y salvado para siempre.
Como dijo Bacon y sirviéndome de su penetrante afirmación, estoy encantado en mi soledad: compañía quise, compañía ya no quiero, salvo, tal vez y tan solo la de un perro fiel, que dado su supuesta irracionalidad animal no me intoxicará con perniciosas costumbres sociales (Mi Charlie, nada quería saber de perros o personas: nos marcamos el camino mutuamente, fue mi hermano).
Ya puedo ser un salvaje o un dios, o ambas cosas, según me convenga.
Alcancé ese maravilloso estadio cuando crucé la línea de la era septuagenaria. En ese momento, el encargado del tráfico de los bienaventurados me dijo que mi sitio se encontraba en el número cuatro de una cuesta de varios tramos de escaleras (disuasoria para artríticos mentales).
Ahora, confortablemente reclinado en mi cheslón de escribir y pensar poco (es la gloria, tan deseada a lo largo de tanto tiempo, con exenciones de todas clases), recibiré diariamente la dosis paradisiaca que me corresponda.
Entre ellas, haberme despojado de la necesidad de compañía, y mucho menos de las que tengan que ver con esos ideales sentimentales y desorientados a los que llaman felicidad ¡que se la metan por el culo!
He alcanzado una sobria y saludable sabiduría estoica, pero no sostenida por la experiencia de lo vivido; no, todo lo contrario, más bien por la inversa, por la de lo no vivido que me protege de todo mal.
En este nuevo estado de paz y quietud autosuficiente, antes de que llegue lo malo, me conformo con las pequeñas satisfacciones solitarias: comer bien, dormir bien, mirar y oír bien, caminar bien, masturbarme bien, leer bien y el deseo de escribir mejor… con eso y alguna cosa más que ahora se me olvide, ya voy servido.
La Fotografía: Del inteligente documental: Merienda de negros, de Elba Martínez (2003).
“Qué infinita es la vejez
y cuánto sabe aquella,
cuánto sabe la muerte
que odia al poema
y pone una frase en lo alto de un palo
diciendo: he aquí lo que queda de mi alma”.
Leopoldo María Panero (Esquizofrénicas)