Diario de CLAUSURA 9
“… Cambios a mansalva y decadencia
como único horizonte en la retina.
Si mis ojos no me engañan sólo veo
cambio y decadencia en torno a mí…”.
Rafael Berrio (Canción)
Viernes, veinticuatro de abril de dos mil veintiséis
Anoche, a una hora que no me tomé la molestia de mirar, se desencadenó una estruendosa tormenta que golpeó mi casa con ferocidad, como piedras golpeando con inclemencia y rencor. Me volví a dormir.
Al otro lado de mi patio, en una casa ruinosa, pero no vieja, llevan viviendo un año unos okupas jóvenes y fuertes (en la treintena), tatuados y feroces. Hombres y mujeres. Parecen una logia sin historia ni propósito. solo sobrevivir bajo un tejado. A veces discuten furiosamente, aunque solo se oyen las voces de ellos y no de ellas (no sé qué pensar de eso, quizá que el tono bajo no excluye la maldad y las arteras estrategias). El verano pasado, a las doce de la noche y después, perturbaban mi quietud de espíritu y mi silencio con sus estúpidas y desabridas peleas.
Pensé que, en invierno, dado que la casa abandonada no tiene protegidas las puertas ni las ventanas, salvo con cartones, emigrarían sitiados por el mal tiempo y el frío en sus vidas. Y ya no volverían. No, que va, siguieron, aunque más intermitentemente; y ahora que ha llegado la primavera (han vuelto las oscuras golondrinas), y parece que están acondicionando la casa trayendo muebles carcomidos y sucios seleccionados de los que deja un nuevo vecino en la calle. Han colocado una mesa y sillas en una especie de terraza interior donde salen a tomar el sol. Hasta un niño de unos seis o siete años tienen, que viene de fin de semana. Sospecho y temo que van a tener un verano movido, que sufriré yo. Hay algo maldito en esas gentes, cuando me los encuentro en calles aledañas, siempre dos o tres, desprenden una crispada violencia en sus gestos que incomoda.
A veces pienso: -y si a los errantes, ahora con techo, les da por invadirme (solo tendrían que saltar un muro no muy alto), okupan mi casa y mi vida y se arrogan ese derecho por el valor de conquista y consecuente pillaje- Qué haría yo entonces, comprarme una espada y un yelmo y combatir como viejo Quijote, que no soy, aunque si viejo. O rendirme humillado. Del estado-indiferente-delincuente, no espero nada. Tengo una alarma que me avisaría de que me invaden, sí, muy bien, y luego qué. Ellos, lo mismo que habitan impunemente una propiedad que no es suya, podrían hacer lo mismo con la mía.
Hasta podrían matarme y esconder mi cadáver, o simplemente tirarlo a la basura y convertirse en los reyes de mi casa, y de mi clausura, y de mis cosas.
Si alguien les preguntara por mí, mi vecina, por ejemplo, con contestarla -no sabemos, no le conocemos y ni le hemos visto-. Nosotros somos los que vivimos aquí ahora. Y ya está.
Estoy exagerando porque no creo que la troupe vecina sea así (o sí, no sé), simplemente perturbarán el silencio de mi clausura desde el otro lado del muro, discutiendo y vociferando (otra manera de hacer prevalecer la opinión propia y ejercer el poder en su mundo). Me temo que no voy a aprender nada de mis forzosos vecinos. Cuando me cruzo con ellos noto recelo y miradas preventivas. Preferirían que yo no existiera tan cerca, lo mismo me pasa a mí con ellos.
Ah, hoy a la caída de la tarde iré al teatro, andando. Veré Carmen, nada de nadie, sobre Carmen Díez de Rivera, insigne, esplendorosa e inteligente mujer. Lo contaré, supongo.
La Fotografía: Debajo y a la izquierda mi clausura de verano; al fondo la residencia de mis vecinos okupas, que, por cierto, se levantan tarde: eran las nueve y media de la mañana y tenían los cartones de puertas y ventanas colocados, y ellos dentro, claro. Me temo que así, durmiendo tanto y hasta tan tarde, no progresarán. Es ley de vida, si no te esfuerzas, nada obtienes; a no ser que trabajen con nocturnidad y alevosía.