DIARIO DE LA BELLEZA 14
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Augusto Monterroso
Domingo, veintiséis de abril de dos mil veintiséis
Hoy no tengo nada de lo que escribir… salvo que cuando me he despertado los dinosaurios seguían allí, al otro lado del muro que separa mi vida de las suyas. Lo sé porque desde la ventana de mi dormitorio, la que da al oeste, diviso la suya, justamente enfrente.
Hoy he decidido escribir en el capítulo de la belleza, aunque no la divise en el género humano, en nadie de quien pueda acordarme ahora; sin embargo, sí en los animales, de ahora o de siempre. Por eso recurro a imágenes de dinosaurios de ficción, que sí lo eran, guapos e impresionantes hasta el rendido y admirado asombro. Eran los dioses de la era remota, bellos y fascinantes hasta el dolor. También monstruosos.
Ahora ya adornados por la mitológica memoria de lo perdido para siempre, son dignos de fascinada adoración.
Fantásticos y mágicos, y remotos y sobre todo extinguidos, nada ni nadie puede superarlos en el inaprensible territorio de la ensoñación, cuando ya nada puede encantarnos a los irremediablemente condenados a morir pronto.
Los tiburones, también estaban allí entonces, antes que los dinosaurios. También increíbles, aunque no se vean, como el dormido de Groenlandia, que puede vivir quinientos años en las heladas profundidades abisales. Son admirados por su fuerza e invulnerabilidad, millones y millones de años después de cuando eran cazados eficazmente por los dinosaurios. Son tan peligrosamente atrayentes que un artista los ha glorificado metiendo a uno de ellos en una urna con formol y lo ha convertido en inmensas cantidades de dinero y probablemente, también, en símbolo de la inmensa estupidez humana. Spielberg, rendido a su terrorífico poder, ha hecho una película de culto con uno como protagonista absoluto.
Menos mal que siempre nos quedará la belleza de los animales y de las selvas y de los cielos y de los mares.
Nuestra extinción sucederá cuando la belleza desaparezca, o ya no nos interese, como les sucedió a los dinosaurios lo que costó a la tierra millones de años de desolación ¡Qué solo se quedó el mundo sin ellos!
¿Destruyó Dios a los Dinosaurios para castigar a la tierra por su soberbia exuberancia y a los humanos que vendríamos millones de años después, porque ya intuía que seríamos una especie fallida? Probablemente. De ese personaje que hemos inventado nosotros no podemos esperar nada, salvo la infalible muerte, tan sórdida y fea; menos la de los santos, que siguen existiendo entre nimbadas nubes doradas. Qué será de nosotros cuando por fin comprendamos que los Dinosaurios y con ellos los sueños de lo extraordinario, no volverán jamás.
La Fotografía: Este fabuloso animal, que siempre estuvo allí (una inspiración de pocas palabras del genial Monterroso); se metió en el agua cada día a lo largo de millones de años, miraba atentamente al fondo, introducía sus mandíbulas abiertas y esperaba (no le importaba cuanto tiempo). Cuando entre ellas pasaba un tiburón cerraba la boca y se lo comía como una deliciosa delicatessen. En ese momento el dinosaurio se sentía feliz porque disfrutaba del juego y el placer (ellos también amaban la comida, como nosotros), y porque su vida tenía sentido, único modo por el que consiguió existir una eternidad.