DIARIO ÍNTIMO 143.3
“Mi forma de bromear es decir la verdad. Es la broma más divertida del mundo”. George Bernard Shaw
Miércoles, seis de mayo de dos mil veintiséis
… Recurro hoy a Shaw, un genio del sentido del humor porque es lo que hace mi hermano cuando se siente a gusto, feliz, como el sábado pasado.
Amante del arte de la tauromaquia, tuvo una tarde torera inspirada e inimitable. Decidió ofrecernos lo mejor de sí mismo lidiando metafóricamente el astifino zaino que venía por derecho, y que no era otro que el trasunto de la vida.
Eso lo sabíamos los dos, él y yo. Cultivamos el jardín de nuestro compartido sentido del vivir.
Él, se ciñó la chaquetilla y la montera y salió al tercio con todos sus recursos: capote, banderillas, muleta y espada, pero sobre todo su genialidad, bien temperada y oportuna.
Lidió más que con la sobriedad clásica de Morante (al que admira), con la inspirada genialidad de José Tomás, encontrando el sitio en la irónica distancia arrojada e inverosímil ante la vida que le es propia, frente a un toro que viene cargado de resentimiento, ahíto de reactivas intenciones por haber sido injustamente humillada su dignidad con castigos innobles.
Ofició como es habitual en él en sus mejores momentos, con la más deslumbrante y luminosa naturalidad, la más esplendorosa de sus sonrisas y una gestualidad alegre, gozosa y estruendosamente divertida. Todo lo que dijo, como protagonista y autor de la placentera sobremesa, y lo que pudimos decir nosotros como corifeos entregados a la brillante representación fueron cuestiones graves, trascendentes porque tenían que ver con la edad y la decadencia, pero en clave de sofisticada comedia.
Mi hermano se desnuda y nos desnuda y lo hace para liberarnos y liberarse de su propio caos.
Y así, de paso, con buena comida y buen vino, manejamos con sutilísimo y a veces estruendoso sentido del humor, nuestras contradicciones y el puto lado vacío y sórdido que es sentir como se nos escapan los deseos y las emociones de nuestras ya decadentes vidas; y para conjurar la muerte que al fin y al cabo es el vivir sin vivir, sin gracia ni textura vital… también llamada vejez…
La Fotografía: De la mesa nos levantamos tres horas después, cuando ya se iban sentado los del turno de la merienda; mientras y sobre las sombrillas golpeaba la furiosa lluvia de una tormenta primaveral, que como no estaba invitada, avergonzada, se fue enseguida. Cruzamos el puente, hacia la ciudad de nuevo porque teníamos que llegar hasta al otro lado, al de Alcántara, desde donde nuestros amigos regresarían. Nada más rebasar el de este lado que para mí es el del otro, paramos a fotografiar (me había llevado la cámara) porque sospechaba que podría ser la última oportunidad de vernos en fotos. Naty y Mamen miran encantadas al bello y seductor que es mi hermano (aunque no nos parezcamos porque somos hijos de madres y ciudades diferentes). A él se le ve espléndido porque sentía que nuestro feliz encuentro nos había colmado y hecho gozar de esas raras situaciones en el que la comunión es perfecta e insólita por infrecuente, y porque sí, la madre de cualquier auténtica vivencia.