DIARIO DE ENVEJECIMIENTO 72.1
“No se me escapa que, o bien se vive a fondo la vida a costa de ser un Indiana Jones y un paleto, o bien se escribe y se le da un significado a la existencia. Pero entonces no puede vivirse. Dicho de otro modo, si estás en la vida, eres insignificante. Si quieres significar, estás muerto”. Enrique Vila Matas (Lejos de Veracruz)
Martes, doce de mayo de dos mil veintiséis
Lo que dice Enrique Vila Matas hoy, lo decía Michel Houellebecq en la cita de la entrada del día 12. Exactamente eso.
Resulta obvio donde me encuentro: en el mundo de los muertos. Indiana no podría ser nunca porque soy muy cobarde.
Eso ya no tiene arreglo, nunca lo ha tenido.
Soy de los que busca, obsesivamente, el significado, de ahí este diario fotográfico (aunque parezca que sean más importantes los textos, es mentira, significan más las fotografías). Buscando y buscando me he hecho viejo, pero el sentido último (ni el primero) de mi vida no lo he encontrado, ni esforzándome ni azarosamente. Simplemente he avanzado a ciegas hacia ninguna parte; o sí, ya lo creo: al ocaso.
En estos días, desde hace un mes, dedico varias horas al día a reordenar mis carpetas con los miles de imágenes de tantos años, intentando poner sentido y orden a ese maremágnum para así poder localizar la mejor imagen para los cuentecitos diarios.
He renunciado a encontrar el fin último entre las imágenes que he robado al mundo. Es un trabajo exhaustivo, agotador e inútil; en realidad es como una mortaja de lo que he hecho a lo largo de mi vida de buscador de un tesoro inexistente, antes de morirme.
¿Y tú qué haces, a qué dedicas tus horas diarias? Preguntaría un inadvertido: -a amortajar las fotos de mi vida- contestaría yo. Y luego, la mía, mi cuerpo, para así no dar molestias a nadie, añadiría. Será una muerte integral y absoluta; como si me abdujera una fuerza irresistible: ahora está; ahora no está. Y se acabó.
La Fotografía: Bellísimo cementerio blanco de Casabermeja, en 2019; el último año de mi vida fotográfica analógica. Lo visité junto a Naty y Mi Charlie. Cuando mi perrito me perdía de vista porque yo fotografiaba y él se dedicaba a sus cosas, se quedaba paralizado por el pánico y emprendía una loca carrera con el hocico pegado al suelo buscándome entre tumbas, angustiado. Debía pensar, este idiota, como está buscando el sentido a la vida, es decir, muertito ya, es capaz de caerse en una tumba abierta y ya no salir.