Los MICROVIAJES
A Málaga y Sevilla: día 3 y 3
“No recordamos días, recordamos momentos”. Cesare Pavese
Domingo, veinticuatro de mayo de dos mil veintiséis
… Después de los museos de la tarde, volvimos al hotel en taxi, dejamos las cámaras y nos dispusimos a volver al centro de la ciudad a cenar, paseando despacio. Todo iba bien.
Nos sentamos en una terraza de un italiano a tomar pasta. Estoy escribiendo esta entrada después de más de un mes y no recuerdo de lo que hablamos a lo largo de la cena, despaciosa y grata.
Ahora me acuerdo de los cientos de veces que nos sentamos en un restaurante a cenar, nada más caer la noche, después de haber pasado el día de un lado para otro en cualquier ciudad o después de un recorrido itinerante por carretera, con sucesivas paradas en pueblos o pequeñas ciudades.
Esos momentos eran los mejores del día porque siempre iban acompañados de una charla tranquila donde el tiempo no pesaba, y tampoco las palabras porque eran las nuestras, nuestros códigos de comunicación desplegándose con una naturalidad que era acuerdo y placer y jamás aburrimiento.
Era frecuente y gracioso que los únicos momentos de algo de tensión del día sucedían en el momento de la elección del restaurante de la cena, en la que no solíamos coincidir. Pero, una vez elegido, todo se calmaba y ya podíamos cenar felizmente.
En la noche del domingo, en Málaga, ni siquiera discrepamos en eso, fue el azar (que según dicen no existe), el que se encargó de salir a nuestro encuentro en formato italiano, y a ambos nos pareció la mejor opción posible.
Después de la cena y de que yo me encargara de olvidarme en el restaurante de mi gorra, a la que tenía mucho aprecio (me pasa de vez en cuando), volvimos al hotel caminando despacio.
Estábamos cansados, pero había sido un día estupendo, con una muy gozosa visita La Alcazaba y el castillo de Gibralfaro; y por la tarde, dos museos muy entretenidos.
La Fotografía: Cruzamos el espacio común de ambos museos y nos dirigimos al Automovilístico y de la Moda, pero esta vez de cero euros del ruso, pasamos a más de veinte del de la modernidad. Ya que habíamos llegado hasta allí, tan lejos, había que entrar. Eso hicimos. Este museo combinaba dos mundos sorprendentes: el de los coches clásicos y el de la alta costura. Pudimos ver desde Rolls Royce antiguos hasta piezas de Dior y Chanel, en un entorno glamuroso que recreaba los comienzos del XX y el periodo de entreguerras.