Los MICROVIAJES
A Málaga y Sevilla: día 4.2
“Para ver un lugar es preciso volver a verlo”. Claudio Magris
Lunes, veinticinco de mayo de dos mil veintiséis
… Llegamos a la puerta de acceso —ahora convertida en atracción turística— a la una, media hora antes del cierre. Antes incluso de entrar, el lugar nos produjo una impresión extraña y sospechosa: habían cerrado con paneles los huecos que antes permanecían abiertos.
Los dos conocíamos el enclave. Para mí era la tercera visita; para Naty, la segunda. Habíamos estado juntos en el 2000. Entonces, diecisiete años después de mi primera visita, comprobamos que lo habían transformado en un almacén municipal de objetos aparentemente inservibles, hasta afearlo y volverlo casi irreconocible. Aun así, me dispuse a fotografiar los altos cortes verticales de la piedra con la misma entrega de la primera vez.
No contábamos con que unos jóvenes, que circulaban en motos ruidosas por los alrededores, me vieran. Al hacerlo, se hicieron señales y vinieron hacia mi ruidosamente y alardeando provocativamente. El equipo fotográfico podía estar en peligro. Naty, que había observado la escena desde lejos, advirtió el riesgo, llegó derrapando con el coche por un camino y me rescató en el último momento. Huimos asustados, sin mirar atrás.
Veintiséis años después, el peligro era otro e imposible de evitar: el atentado histórico y estético ya se había consumado. El enclave, propiedad privada de la familia Ramos Lobo, había sido sometido, con la colaboración del artista local Francisco Valdivia Gómez, a una “rehabilitación” kitsch desmedida, llena de cacharrería agrícola de la primera mitad del siglo pasado: trillos, arados, maquinaria herrumbrosa y toda clase de instrumentos rescatados de eras abandonadas. Hasta un gigantesco león ibérico en piedra habían colocado en el deslavazado jardín frente a la fachada principal.
Para mayor agravio a la sobria y vibrante belleza de un lugar con más de dos milenios de historia, añadieron interpretaciones históricas pretenciosas, pastiches desagradables y relieves copiados de ilustraciones genéricas sobre arte antiguo en piedra. A ese conjunto de torpes “recreaciones” lo han llamado La Petra de Andalucía, al parecer por sugerencia de Vargas Llosa; si realmente lo dijo, debió de ser en un día poco afortunado.
La Fotografía: Nave principal, que vimos y fotografiamos. Después, salimos para fotografiar las estructuras exentas, que se conservaban como siempre, salvo por los árboles plantados en el entorno, también discordantes con la textura terrosa del conjunto.