COLECCIÓN DE MISCELÁNEAS 118
“Patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él”. George Bernard Shaw
Lunes, veinte de julio de dos mil veintiséis
Pasé el domingo en mi casa, en mi celda de clausura (estudio), corrigiendo mi trabajo de diarista, al margen de la pasión colectiva que se desataría a las nueve de la noche, aunque fuera preñándose desde hacía varios días.
A las ocho apagué el ordenador, cerré la clausura y bajé a preparar el patio, también de clausura, para ver el partido solito. Desde el silencio no fui capaz de generar excitado nerviosismo y entusiasmo por nuestra abrumadora superioridad deportiva. Vi el partido tranquilo, sin que mis circuitos emocionales se alteraran; si claro, deseaba que ganáramos, faltaría más, pero, el fútbol, como tantas cosas, adquiere su sentido vivencial y euforizante en sociedad, con los otros. Si no, pues no. Es prácticamente imposible enardecerse en solitario, lo digo por mí, ahora, que todo lo hago solo. O te mezclas sentimental y emocionalmente y además lo compartes verbal y gestualmente, o todo se queda en nada.
Fue la escenificación efervescente e inocente de orgulloso patriotismo, léase: satisfacción de pertenencia a un colectivo territorial, histórico, cultural, político y fronterizo: ellos y nosotros, que sigue y seguirá teniendo sentido siempre. Algo tan connatural al hecho de ser humanos como eso (los grupos de pertenencia han existido siempre entre los seres vivos; pero, aquí y ahora, solo es posible con la aséptica coartada de lo deportivo; si no, en el decurso de la vida social, está fuertemente reprimido para nosotros, los españoles. Una pandilla de malnacidos y peor informados nos han arrebatado la libertad de mostrar y expresar lo que somos de corazón.
El fútbol, ayer, demostró que dentro de nuestras fronteras casi todos sentimos lo mismo hacia nuestros orígenes: fidelidad emocional reverencial, primaria si se quiere, pero honorablemente sentida. Y luego están los otros, los malditos que han secuestrado nuestra libertad por interés propio (ideológico y corrupto), y en ese caso sí absoluta y radicalmente primario.
Las gentes sencillas y de bien de nuestro país se ciñeron las camisetas en el alma, y durante la duración del partido lo dieron todo, era el momento de sentirse integrados todos con todos, empujando en la misma dirección. Eso es exaltante y feliz. Momentos de paz, sin guerra entre nosotros. Fue sublime e inefable, casi bordeando lo imposible. Nos sentimos los mejores del mundo en algo, nosotros, los españoles, y durante unas horas pudimos sublimar y olvidar la amarga sensación de perdedores que llevamos siempre a cuestas. El juego futbolístico, sacado de los estadios, o, mejor dicho, en los propios estadios, se ha constituido como un perfecto pretexto para convertir el juego deportivo en causa nacional, sustituyendo las guerras por el marcador y asimilando los goles marcados a batallas ganadas.
La Fotografía: En cuanto al juego en sí, por lo que pude ver desde la frialdad por la falta de presión a mi alrededor, fue constatar la abrumadora superioridad de España, frente a un equipo que más que futbolistas eran una pandilla de macarras uniformados, agresivos y antideportivos. El árbitro, aunque no iba de azul, era uno de ellos: nos anuló un gol injustamente por una falta inexistente, aparte de permitir agresiones constantes. Dio igual, nuestro equipo, en el juego, fue muy grande y eso era lo único que importó. Cuando el partido acabó, fotografié la ceremonia de entrega de trofeos, y la celebración de los jugadores, en la que quiso colarse un Donald Trump patético que se comportó como un narcisista irrespetuoso, como un ridículo viejo entrometido. Crucé mensajes de felicitación con los míos: mis escasos amigos y familia. Después me acosté.