Diario de un hombre lejano 3 y 2
«El alma se alimenta de todo, en especial de las pérdidas». Marina Tsvietáieva
Sábado, dieciocho de julio de dos mil veintiséis
… Hoy y otros muchos días, en mi paseo diario, me encuentro con dos mujeres a las que les debe faltar tan solo ocho años y medio para ser tan viejas como yo. Me fijo en ellas porque son muy peculiares: una gris oscuro que camina como alma en pena, mujer sin atractivo ni ahora ni nunca. Si los tuvo los perdió hace décadas. Camina ligeramente retrasada con relación a la otra, unos dos metros, más o menos. La que la precede, mujer delgada, angulosa, lechosa de piel, con una expresión enfadada que no parece haber disfrutado de una sonrisa en décadas. Como las veo dos o tres veces a la semana he observado que, en las raras ocasiones que hablan entre sí, la reseca de evidente mal carácter se dirige a la deslucida con ademanes tensos y radicales. Poco después se adelanta para caminar dando la espalda a su acompañante, lo que sucede habitualmente. Probablemente se odien, o tal vez, tan solo sean pareja de hecho.
Con las gentes que me cruzo a unos los saludo y a otros no. Mis conciudadanos y yo mismo somos gentes poco dados a saludos y confianzas. Nunca hablamos unos con otros, a pesar de que llevemos años viéndonos. Ese talante tan ensimismado e introvertido viene dado por el carácter de la ciudad misma, reseca como la paseante blancuzca y antipática.a unos los saludo y a otros no.
Hacia el final del recorrido antes de desviarme de la orilla del río he parado a un hombre tan viejo como yo para preguntarle por su enorme perro peludo, porque iba sin él. Lloroso me ha contado que han tenido que sacrificarlo por tener el abdomen necrosado y sin solución. Ese hombre entristecido me ha preguntado por Mi Charlie, que, en estos diez meses sin él, no lo había hecho. Le he dicho lo mismo, que habíamos tenido que dormirlo. El suyo, gordo y grande, con nueve años; el mío mediano y delgado, con diez. Hemos llorado juntos por nuestras sentidas pérdidas de los seres que sin duda eran los que más nos querían, a él y a mí.
Ese hombre solo, sin su enorme perro al lado durante tantos años, ofrecía una imagen desvalida y desoladoramente sola. Era la encarnación de la soledad misma.
Mientras comía, me ha asaltado en la televisión (veo tele mientras como porque no tengo con quién hablar, salvo conmigo, pero no suelo hacerlo cuando como, en cualquier otro momento sí, fluidamente), el tráiler de la película La mirada de Ulises (1995), de Theo Angelopoulus, que repondrán el treinta de este mes. Ante la sobrecogedora belleza de algunas de las imágenes, me he levantado solemne de la silla y he aplaudido con entusiasmo. Esperaré al día del reestreno con impaciencia.
La Fotografía: Mi Charlie, con ocho años. Le habían extirpado el bazo tumorado por la mañana. Afortunadamente el tumor fue benigno, todavía le quedaban dos años más de vida. Cuando los perritos (el gordo y el flaco) eran jóvenes, el enorme de mi vecino del barrio se agachaba para intentar jugar con Mi Charlie, que, con elegante displicencia, lo bordeaba sin mirarlo siquiera. Mi Charlie siempre fue un pijo. Solo admitía jugar con Manolo, un bodeguero muy simpático, porque, como dije el otro día, existía una complicidad total entre nosotros y él sabía que a mí me interesaba (sexualmente) la dueña de Manolo. Intentaba echarme una mano, pero ni así logré intimidad con aquella mujer que ya hace dos o tres años que se marchó del barrio (sin ni siquiera despedirse).