Diario de la Soledad 15.2
“Nacimos humanos. Y debemos aceptar un imperativo; no es posible estar solo sin ser percibido como un riesgo para los demás o para nosotros. Debemos compartir actividades: trabajar, estudiar o ir al teatro. Circular es parte del desafío de todo hablante”. Gabriel Rolón
Lunes, veinticuatro de agosto de dos mil veintiséis
… Ayer, a eso de las ocho de la tarde ya me sentía exhausto, reptando por el suelo de mi casa cuando me desplazaba de un lado para otro. Y encima, tengo escaleras para ir de un sitio a otro, por lo que el modo reptante se convierte en un suplicio.
Una de las razones (hubo varias) es que mis interlocutores se dieron de baja el fin de semana; y la otra es que realicé una escucha intensiva de La soledad, de Rolón (todavía no he terminado), también, indirectamente, de los autores que trae a su texto mediante citas. Y todos abundan en lo mismo, en lo que dice la cita de hoy: o socializas o enfermas. Si empatizo con lo escuchado, solo veo mi futuro con camisa de fuerza en una habitación vacía, con los ojos incandescentes por la furia y la impotencia, y una violencia que a falta de víctimas la vuelvo contra mí mismo ¡menudo plan!
Y, además, estos agoreros del bienestar psicológico, por si fuera poco, añaden, ya en plan de sobrado adorno, que el amor es una necesidad perentoria para la paz y el equilibrio espiritual. A pesar de que debo estar a punto de convertirme en un especialista en Gabriel Rolón, no llego ni de lejos a intuir qué es para él un individuo psíquicamente saludable, pretensión descabellada, al parecer, porque todos estamos heridos de muerte por el eterno malestar. A ese estadio al que no llegaré nunca. “Renunciar a amar, es renunciar a vivir…” dice el propio Rolón. Claro, si yo ni siquiera llego a ser sociable, como voy a aspirar al amor, imposible. Todas esas cosas que Rolón y sus amigos me susurraron al oído me hicieron polvo el finde.
Y encima soy viejo, lo que hace imposible el vitalismo y la gracia, pensé. A morir entonces.
Solo apunto un detalle a modo de tímida refutación: yo paso el día bastante tranquilo y entretenido, por muy solo que sé que estoy. También pienso, a ver si va a resultar que, sin compañía, en soledad, sin sexo ni amor, se puede vivir sin demasiada angustia.
Pero sí hay un matiz en todo este asunto preocupante, del que también habla la obra, es el de la invisibilidad, variante y consecuencia de la soledad de la que yo vengo escribiendo desde hace tiempo, de hecho, en este diario hay un capítulo monográfico sobre esa desgracia (nadie soporta el anonimato absoluto sin enloquecer); y que consiste en que no eres percibido. Lo apostilla George Berkeley, “Solo existe aquello que puede ser percibido. Ser es ser percibido”. Yo no siento serlo (solo cruzo monosílabos con las cajeras del súper), con el resto de las personas de este mundo me cruzo y sé que no me ven (a veces me empeño en saludar a los paseantes con los que me encuentro, pero ni me miran). Eso suele pasarnos a los viejos: al no ser deseados somos material difuso y desenfocado.
Qué queda entonces como movilizador para levantarte por las mañanas. Me parece que solo el sentido del humor, si es que lo tienes, que lo mismo, tampoco; la voluntad de vivir y la disciplina para hacerla posible. Ah, y olvídate de la risa complacida; y en el amor, mejor ni pensar…
La Fotografía: De la película: Nubes pasajeras, de Aki Kaurismäki (1996). Historia de un matrimonio cuya relación y dignidad son puestas a prueba, pero ambos, unidos, inician un duro combate para salir adelante. Su fortaleza: no están solos, están juntos y se ayudan.