DIARIO DE MI FELICIDAD 26 y 3
“Mi felicidad consiste en apreciar lo que tengo y no desear con exceso lo que no tengo”. León Tolstói
Sábado, veintiséis de septiembre de dos mil veintiséis
… Hoy, en el paseo, me he encontrado con las dos mujeres de las que llevo hablando un tiempo; si, esas que van una delante y otra detrás, y por eso he escrito en algún momento si no serían pareja. Pero, no, no lo son. Me he enterado porque ya hablo con una de ellas, la que va delante, la que pretendería si la pretendiera (es más delgada que la otra, y más vivaz, la otra camina como una autómata lenta y pesada, supongo que por eso va detrás, porque no aguanta el ritmo que imprime la que va delante)
Esta mujer, Nines se llama, me ha dicho que ni siquiera son amigas pero que caminan juntas (perdón, una delante y otra detrás); y supongo que por no sentirse solas frente a la senda vacía, lo que no entiendo; pero bueno, el mundo es diverso e insondable. El caso es que la delgada, la que yo pretendería si la pretendiera, se ha mostrado muy cercana y dialogante. Eso sí, apenas ha sonreído (son terroríficamente serias ambas), me ha preguntado mi edad, ella a cambio me ha dicho la suya (64); naturalmente le he dicho la mía (nueve más que ella), que no parece haberla impresionado; eso sí, me ha dicho que no los aparento (a veces me lo dicen, pero no me lo creo). Esa afirmación, vanidoso como soy, coloca a quien lo dice estupendamente ante mis ojos.
Mi amiga Pilar, aunque nunca me ha visto, salvo en fotos, porque lee este diario, piensa lo mismo. Que no aparento la abrumadora edad que tengo.
No pienso igual que ellas; porque cuando dicen: no los aparentas, mienten (quieren hacerse las simpáticas), porque las apariencias son solo eso, apariencia y nada más. La edad real es la que tengo, lo demás son apreciaciones subjetivas mediatizadas por la cortesía. Claro, mejor eso que me dijeran, ¡tío que viejo eres y además lo llevas fatal! Por eso, las mujeres, cuando se muestran amigables y apreciativas tienen toda mi consideración.
Mi nueva amiga vive en el barrio y me ha acompañado un trecho desde su casa hacia la mía, en animada charla. Se lo he agradecido.
Antes de con Nines, había hablado con mi prima Marisa, con el cariño y la proximidad que nos dedicamos estos últimos años. Es la única persona de la familia, más allá de mi hijo y mis nietas con la que hablo.
Los demás están cancelados (rama materna); y otros (rama paterna), también y simplemente, porque no nos vemos.
Después he hablado con mi amigo-hermano una hora, como siempre.
No sé cómo acabará el día, porque ha amanecido sociable hasta el exceso, luego diferente a los demás.
Esta tarde hablaré con mi hijo, y más tarde con Pilar. Estoy a punto de caer en una crisis de estrés emocional y afectivo, por sobreabundancia.
Son las cuatro y cuarto y hace unos minutos me he preguntado seriamente en qué consiste la felicidad, pero se me ha olvidado si me he contestado o no.
Ah, sí, ahora lo recuerdo, más o menos, me parece que consiste en: -dejar al cuerpo caer blandamente en la rutina cotidiana, para la que está entrenado, y que te de absolutamente igual que las cosas sucedan o no-. Y no, no es estoicismo ni otra vertiente filosófica o religiosa, aunque lo parezca, es, más bien, indolente desgana cercana a morir y respirar al mismo tiempo.
La Fotografía: Un hombre, ya mayor (mucho), afectado por el síndrome de embrutecimiento voluntario al que me acabo de referir; pero para el que no hay un sustantivo preciso y único (habrá que buscarlo), ya que somos muchos, diría que la mayoría de los hombres y mujeres en la edad provecta, los que nos entregamos a ese envilecimiento. En la mayoría de los casos y circunstancias se le podría añadir el adjetivo, feliz. Por el momento lo dejaré en una fórmula demasiado larga: “hombre en estado irreversible de embrutecimiento feliz”. Es decir, la fotografía misma.