Diario de un hombre lejano 5
“… Y yo, digo lo que siempre afirmé, pues el que mitifica es una especie de creyente, que intenta sustentar su patente inseguridad en otros a los que pretende alcanzar en méritos y reconocimientos”. Carlos F. Villasante
Viernes, nueve de octubre de dos mil veintiséis
No comprometo la verdad si afirmo que soy quién soy por la elegante y ejemplar mediación de Carlos Villasante. En el último tercio de la década de los setenta, apareció en mi vida por la cercanía de la que entonces era mi mujer, Carmen, con Teresa, la novia de Carlos entonces. Nos encontrábamos en plena movilización política para desmontar los residuos de la dictadura e ingresar en la modernidad de la democracia parlamentaria. No obstante, cuando nos conocimos, ni Carlos ni yo, manteníamos militancia política, solo empatía hacia lo nuevo y estimulante.
Carlos me fascinó nada más conocerlo, era brillante, extremadamente inteligente, divertido, vital, inquieto y artista. No solo fotógrafo (nueva fotografía española); profesor de la prestigiosa academia Photocentro, de Madrid, entre 1976 y 1979, sino, también, genial y chispeante escritor capaz de ahondar en las contradicciones humanas con precisión quirúrgica.
En aquella época realizó varias exposiciones a las que yo acudía absolutamente entregado porque le consideraba un artista genial. Nos hicimos amigos y al mismo tiempo yo empecé a fotografiar y también a exponer.
Lo conocí cuando me encontraba en un momento de absoluta desorientación, sin saber qué hacer y la creación fotográfica que él me ofreció con su mera presencia, se me apareció como una apasionante actividad, perfecta para mí.
No sé si esa decisión tuvo que ver con las ganas de emular a Carlos, seguramente sí.
No obstante, él nunca ejerció de maestro conmigo, porque inevitablemente, como en todo, tengo una determinación bruta para seguir mi propio camino en todo; aunque cultural y técnicamente, nos mantuvimos muy cercanos en los siguientes años. En aquella época nuestra amistad nunca se salió de los márgenes formales “artísticos”. Ayer, por ejemplo, le dije que siempre me había parecido un místico. Nos reímos un poco de eso. Probablemente, yo también lo era.
La amistad con Ángel siguió otros derroteros, más frívolos y humanos y verdaderos, porque cuando estábamos juntos poníamos en juego las más pecaminosas y cómplices confidencias sintiendo la más absoluta confianza el uno en el otro. Siempre hemos sido “colegas” a muerte en todo y frente a todo. Nadie ha entorpecido nunca nuestra mutua fidelidad y confianza. Así seguiremos para el resto de los días, porque ya hemos superado todas las pruebas imaginables.
Siempre me ha llamado poderosamente la atención la mecánica de la amistad en el sentido de que, dependiendo de cómo sean los amigos, siempre relación de a dos, se activan unos u otros rasgos de nuestra manera de ser. No hay amistades iguales, todas diferentes. Al menos en la madurez. De la niñez, ya no me acuerdo.
La Fotografía: Comida con mis amigos, Ángel y Carlos, en el restaurante Tras os Montes, portugués, en el barrio de La Concepción, de Madrid, solo que en 2023. Ayer, mismos amigos, mismo restaurante, misma carta (25 recetas de bacalao) y misma comida: bacalao dorado para los tres. Carlos es el de la barba blanca. Tres años después, ayer mismo, la misma barba; pero mientras hace tres años la conversación nos lució mucho (foto); ayer brilló menos, aunque los pastelitos de postre fueran exactamente los mismos. Teníamos tres años menos, ayer tres años más, y esa diferencia en nuestra contra no nos perdonó y tampoco nos hizo reír. Se hizo presente la melancolía y los malos augurios, que, aunque no estaban invitados ni la una ni los otros, se nos colaron en el primer descuido que tuvimos y ya no nos dejaron en paz en toda la comida, a pesar de las bondades del excelente chef del Tras os Montes. Nos hostigaron tanto, una y otros, que cuando terminamos la comida, Carlos se fue a su casa y nosotros a la nuestra, en Toledo. Todo estuvo bien en nuestro encuentro porque nos queremos, conmigo estaban dos de los tres mejores amigos que he tenido en mi vida; concretamente, con ellos dos, la amistad dura ya muchísimos años: 49 (Carlos) y 45 (Ángel). Son amistades inauditas por íntimas, profundas y largas. Mis amigos tienen otros muchos amigos, yo no, solo los tengo a ellos. Tuve la sensación durante la comida de que mientras nos alejábamos de la risa nos adentrábamos en el llanto, así lo sentí, pero, a pesar de nuestra galopante decadencia, el encuentro será inolvidable. Para nuestro bien y buenos recuerdos, ayer no hubo foto (a veces las fotos estropean los sueños). Un acontecimiento muy relevante en nuestras vidas que nos llevaremos en el corazón para la eternidad porque ese momento transcenderá en nuestra memoria.