Diario de la perplejidad 4.1
“Lo que ilustra también el mito de Ícaro es que al final la caída es inevitable. Vamos a morir todos. He aquí la única cosa verdadera. Pero ¿acaso, con el pretexto de que el vuelo no es infinito vamos a renunciar a volar? ¿Acaso, con el pretexto de que la vida no es inmortal, vamos a renunciar a vivir?…
Domingo, dieciocho de octubre de dos mil veintiséis
He adelantado un día un cierto bienestar (suele ser los lunes), porque los domingos son horribles.
Tanto, tanto que, a las seis y media de la madrugada, todavía de noche, he dado unos pasitos de baile mientras me medicaba. A una frenética danza plena de autoerotismo no he llegado.
Lo del sexo se me ha olvidado, de verdad, ya no sé ni cómo tendría que empezar y menos como continuar, pero no hay problema, ninguna mujer me demanda para ese servicio o menester. Saben que no obtendrían de mi cuerpo nada inolvidable, ni siquiera pasable y consolador para un ratito.
A mí me pasa lo mismo con ellas, sus secretos no me invitan a convertirme en explorador de cuerpos y emociones. Una amiga dice que ha perdido la libido, yo me rio y le digo que a mi se me ha olvidado. Viene a ser lo mismo.
Y hablando de eso precisamente, de emociones, me contaré un cuentecito de anteayer mismo, con perspectiva porque así lo entenderé mejor.
Como todos los días caminé ocho kilómetros escuchando mi novela de turno (Las primas, de Aurora Venturini): todas lo son cuando camino, aunque sean farragosos ensayos filosóficos; y hablando de cosas importantes con mi hermano (todo lo que hablo con él es esencial porque es inteligente y con él se puede).
Al subir las escaleras de mi calle hasta mi casa, sentí una debilidad insuperable y en los últimos escalones casi que tuve que treparlos a gatas.
Subí a mi clausura, la de escribir y mirar por la ventana. A las doce, la cabeza (por dentro) era una nebulosa y la ansiedad una amenaza de males mayores. Bajé todo lo rápido que pude a intentar tomarme la tensión con un aparato que no sé manejar y me pareció ver que estaba por encima de quince, la máxima, y me dije, pues ya está, hasta aquí has llegado y ahora te dará el infarto y te descubrirán dentro de quince días medio podrido.
Me sentí morir, con la certidumbre de que caería muerto en el minuto siguiente (no es broma, hay gente que se muere así, de repente, o eso me han dicho).
Por cierto, un paréntesis en el cuentecito: acabo de recibir un amable correo de saludo de un hombre desde Peñaranda de Bracamonte, en el que creía que yo era otro, uno al que conoció. Pero no, no lo era, ni obviamente lo soy. Le he contestado con la mayor amabilidad de que soy capaz, que es bastante. Hemos cruzado algunos correos más porque resultó ser interesante y de enorme y provechosa vida profesional en el ámbito cultural y universitario. Un gran descubrimiento inesperado. Nos hemos comprometido a seguir en contacto. Será un placer. A veces (poquísimas), y aunque fuera llueva como ahora, la vida te ofrece fabulosas sorpresas.
La irrupción del correo del lejano amigo que no lo fue, pero que pudo serlo en el pasado y puede serlo ahora, ha interrumpido la inspiración del cuento… sigo mañana… que ya será lunes y esos días lo de escribir se me da mejor…
La Fotografía: De toda mi fototeca, tan amplia ya (no es presunción, es una puñetera realidad contrastable), esta es la fotografía más idónea para mi cuento de hoy. Metáfora inquietante del nacer que tanto debe parecerse al morir y así lo percibí el viernes.