"Los cascos guardatojos irradiaban un revoloteo de círculos de luz que salpicaban la gruta negra y dejaban ver, a su paso, cortinas de blanco polvo denso: el implacable polvo de sílice. El mortal aliento de la tierra va envolviendo poco a poco. Al año se sienten los primeros síntomas, y en 10 años se ingresa al cementerio. (…) La mina también brinda muertes rápidas y sonoras: alcanza con equivocarse al contar las detonaciones, o con que la mecha demore más de lo debido en arder. Alcanza también con que una roca floja, un tojo, se desprenda sobre el cráneo”. Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina)

© 2019 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2019
Localizacion
Potosí, (Bolivia)
Soporte de imagen
-120 MM- ILFORD DELTA 400
Fecha de diario
2019-06-23
Referencia
9293

PEQUEÑO VIAJE A LAS TIERRAS DEL INCA
Capítulo seis: Potosí (Bolivia),
trece de febrero, miércoles

IX
En Potosí se puede decir que vivimos entre la realidad y el mito. La realidad es que el mineral se está agotando y el mito es que creemos que el mineral nunca se va a agotar”. Richard Condori, minero (Fuente: reportaje de Mingo Venero)

Nada más salir, Johnny se encontró con un minero conocido que entraba a su turno. Nos presentó y le propuso un retrato; no le hizo mucha gracia, pero accedió. Me pidió que le enviara la foto, en formato digital, claro, a lo que me comprometí pero le dije que sería dentro de un tiempo. Me pidió que precisara más, a lo que le contesté que entre un mes y dos (han sido cuatro). Después, apareció otro y la situación se repitió. Llegaron dos más y propuse una foto de grupo (cuatro). Poco antes de llegar donde habíamos dejado el coche paramos junto a un convoy de cuatro o cinco vagonetas que hacía funcionar un conocido de nuestro guía: llevaba una barra delgada con una rueda al final, la arrimaba a un cable que restallaba y que hacía que los vagones se movieran. Dirigía a dos o tres mineros que se ocupaban de que las vagonetas cargadas avanzaran sin problemas hasta algún punto. Se llamaba René y al parecer era su cumpleaños, cuarenta y seis, según dijo. Aparentaba sesenta o más. Finalmente, terminamos nuestra convulsa experiencia y a las doce volvimos a la ciudad. Antes de despedirnos le propuse un retrato a Johnny, al que accedió encantado, aparentemente. Nos despedimos de él con el compromiso de enviarle los retratos…

COROLARIO: Podría interpretarse como absolutamente frívola nuestra visita al Cerro Rico, y sí, sin duda lo fue, ya que en sus entrañas, por los efectos naturales de la explotación a lo largo de quinientos años, han muerto decenas de miles, centenas de miles seguramente, de hombres, triste y dolorosamente. El efecto de la inmensa riqueza que contenía y contiene el Cerro, ha afectado a millones de personas a lo largo de la historia. Es un lugar pequeño (solo un cerro grande) pero de una importancia universal, transcendente, y nosotros, superficiales e intranscendentes turistas, lo habíamos despachado en unas escasas dos horas. Sí, pero cómo podíamos nosotros situarnos justamente ante semejante inmensidad. No se me ocurre nada más allá de ese breve y respetuoso acercamiento. Quizá el turisteo tan solo sea una estúpida y prepotente actividad humana.

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Autor
pepe fuentes
Año
2019
Localizacion
Potosí, (Bolivia)
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Fecha de diario
2019-06-22
Referencia
9294

PEQUEÑO VIAJE A LAS TIERRAS DEL INCA
Capítulo seis: Potosí (Bolivia),
trece de febrero, miércoles

VIII
“A veces no es seguro el trabajo en la mina. Ocurren accidentes. Los mineros trabajan con la muerte. Hasta los 35 años puedes trabajar, a partir de ahí te entra el mal de mina. Hasta los pulmones te entra esa polvareda. Gas también hay adentro. Un ratito respirando y se muere la gente”. Hilda Porco, vigilante de minas (Fuente: reportaje de Mingo Venero)

Antes de llegar a la zona cercana a la salida nos mostró, en un entrante perpendicular, angosto y completamente a oscuras, una talla que se asemejaba a un demonio, el famoso Tío al que los mineros hacen ofrendas (hojas de coca, cigarrillos, alcohol puro y cualquiera de los objetos que son importantes para ellos) para que les proteja. Cualquier actividad humana necesita de mitos, creencias y leyendas, literatura a fin de cuentas, para poder soportarla. Poco antes de salir, en la antesala del túnel, nos cruzamos con dos mineros que entraban a trabajar…

COROLARIO: No podía entender, imposible, no estaba a mi alcance, que alguien pudiera permanecer en ese mundo de asfixiante oscuridad y de incertidumbre más allá de los minutos que habíamos estado nosotros. Yo no sería capaz de hacer ni un solo minuto el durísimo trabajo que esos hombres realizan durante horas al día, y meses, y años. Por fin salimos, yo en pleno ataque de pánico…

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Autor
pepe fuentes
Año
2019
Localizacion
Potosí, (Bolivia)
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-120 MM- ILFORD DELTA 400
Fecha de diario
2019-06-21
Referencia
9292

PEQUEÑO VIAJE A LAS TIERRAS DEL INCA
Capítulo seis: Potosí (Bolivia),
trece de febrero, miércoles
VII
Los cascos guardatojos irradiaban un revoloteo de círculos de luz que salpicaban la gruta negra y dejaban ver, a su paso, cortinas de blanco polvo denso: el implacable polvo de sílice. El mortal aliento de la tierra va envolviendo poco a poco. Al año se sienten los primeros síntomas, y en 10 años se ingresa al cementerio. (…) La mina también brinda muertes rápidas y sonoras: alcanza con equivocarse al contar las detonaciones, o con que la mecha demore más de lo debido en arder. Alcanza también con que una roca floja, un tojo, se desprenda sobre el cráneo”. Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina).

Una vez llegamos al final de la escalera, nos encontramos con un espacio de tres por tres metros, con el suelo muy irregular, húmedo y muy resbaladizo. Avanzamos hacia el interior con la única luz que emitía la linterna del casco. El pasillo se fue estrechando y, un poco más adelante, nos encontramos con que el túnel se reducía en altura a la de una persona de rodillas. Avanzamos tortuosamente, muy agachados, lo que dificultaba la respiración (nos faltaba el aire), golpeándonos constantemente el casco con el techo. Después de treinta metros, la altura del túnel se alzó y pudimos avanzar sin agacharnos demasiado. Giramos a la derecha y nos encontramos con otro túnel que se perdía en la oscuridad, pero con una altura que nos permitía avanzar normalmente. Sentía una ansiedad creciente. Respiraba con dificultad y la idea de tener que volver sobre los mismos pasos me asustaba mucho. Después de avanzar sesenta o setenta metros, paramos. Johnny comenzó a explicarnos tranquilamente el modo de trabajar y que esa mina, que estaba en explotación, se bifurcaba en varios túneles que penetraban a considerable profundidad. Interrumpí a Johnny y le dije: -creo que ya hemos visto suficiente, qué te parece si volvemos-. No puso objeciones e iniciamos el regreso…

COROLARIO: Mi ansiedad y aprensión a medida que avanzábamos por el túnel fue creciendo hasta el pánico. Nunca había sentido nada parecido. Me pregunté si habría sido capaz de mantenerme allí tan solo media hora, o si hubiera podido soportar que me empujaran o forzaran a llegar al final del túnel. Me contesté que no, que no lo habría soportado. Solo quería salir, desesperadamente.

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pepe fuentes
Año
2019
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Potosí, (Bolivia)
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Fecha de diario
2019-06-19
Referencia
9295

PEQUEÑO VIAJE A LAS TIERRAS DEL INCA
Capítulo seis: Potosí (Bolivia),
trece de febrero, miércoles
V
Los mitayos hacían saltar el mineral a punta de barreta y luego lo subían cargándolo a la espalda, por escalas, a la luz de una vela. Fuera del socavón, movían los largos ejes de madera en los ingenios o fundían la plata a fuego después de molerla y lavarla. La mita era una máquina de triturar indios. El empleo del mercurio para la extracción de la plata por amalgama envenenaba tanto o más que los gases tóxicos en el vientre de la tierra. Hacía caer el cabello y los dientes y provocaba temblores indominables”. Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina)

Avanzamos un poco, acobardados, paralizados por una timidez insuperable. Johnny se encargó de hacer de maestro de ceremonias y señalaba a quiénes debíamos saludar y qué regalos darles. Conocía a muchos de los mineros. Cuando nos cruzábamos con alguno o algunos que él consideraba propicios al saludo, nos indicaba: saludarlos. Teníamos que hacerlo con la dichosa fórmula quechua, al mismo tiempo que les tendíamos la mano; las suyas, en todos los casos, eran manos desarticuladas, sin presión ni efusividad. Naturalmente, ellos nos contestaban en español. Entonces nos decía que les regaláramos algo. Naty se encargaba de coger de las bolsas alguno de los paquetitos. Así una y otra vez. Nuestro guía minero se paraba con gente que conocía, fueran mineros o no. Yo me esforzaba en buscar fotos del entorno, pero la situación no era muy propicia. Poco a poco fuimos acercándonos a la mina que visitaríamos. Llegamos a un punto donde había una especie de caseta en la que descansaban algunos mineros y Johnny me encargó que les regalara algo, me acerqué como niño bien mandado; se asomó uno de ellos y enseguida me pidió hojas de coca y, detrás, cinco o seis más, y todos me rodearon pidiéndome hojas de coca, pero no tenía, se habían acabado. Evidentemente, era lo que más les interesaba a todos. Nos acercábamos al momento clave, bajar a la mina…

COROLARIO: En el recorrido, se acercaron a nosotros dos mineros que portaban unas bolsas, y en ellas pequeños trozos de minerales muy variados, que nos ofrecieron comprar. Elegimos dos bastante parecidos formados por una amalgama de partículas geométricas de color dorado, fijaron el precio y Naty negoció duro y lo rebajó, simplemente para cumplir con el ritual habitual en estos casos. Una vez pagamos, insistieron en que les compráramos uno más, sacando uno azul de una de las bolsas. Entonces, Naty dijo que ese se lo tenían que regalar y, así fue, se lo dieron sin pedir nada a cambio.

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pepe fuentes
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2019
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Potosí, (Bolivia)
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Fecha de diario
2019-06-20
Referencia
9297

PEQUEÑO VIAJE A LAS TIERRAS DEL INCA
Capítulo seis: Bolivia (Potosí),
trece de febrero, miércoles
VI

“Por debajo de las tumbas, han sido clavados infinitos túneles, socavones de boca estrecha donde apenas caben los hombres que se introducen, como vizcachas, a la búsqueda del mineral”. Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina)

Johnny nos había preguntado qué tipo de experiencia queríamos de los tres niveles posibles, a saber: uno, donde no había apenas dificultades, era una especie de pasillo en el que no había que hacer descensos intrincados; dos, en el que había que descender uno o dos niveles y superar algunas zonas más estrechas; tres, el llamado de aventura, en el que había que bajar tres niveles y hacer un recorrido intrincado. Le contestamos que lo que él nos aconsejara. Decidió el nivel dos. Confiados, dijimos: vale. Llegamos frente a una pared de piedra donde casi a nivel del suelo se abría una especie de agujero bastante angosto. Bajó primero Johnny, después Naty que se sentía muy animosa y luego yo, muy asustado, aunque no tenía ni idea de cómo podía ser la experiencia. Tuvimos que deslizarnos un par de metros por una pendiente resbaladiza, casi vertical, con salientes de piedra y tierra húmeda, bastante peligrosa y, un poco más abajo, por una escalera de mano…

COROLARIO: Pregunté a Johnny si había alguna posibilidad de hacer algún retrato a los mineros. Sus rostros sintetizaban la vida tan esforzada que llevaban. Realizar algunos retratos era más importante que toda la visita al entorno y la bajada al infierno. Me dijo que vería la forma de proponerlo. Por mi parte, el problema técnico era que en la cámara grande tenía montado el objetivo corto, que no era precisamente el objetivo más indicado. Al salir nos encontramos con un turno de entrada a trabajar.

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pepe fuentes
Año
2019
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Potosí, (Bolivia)
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Referencia
9296