"Mi idea del paraíso es un flamente automóvil yendo a cincuenta kilómetros por hora por una carretera tranquila hacia una catedral del siglo doce". Henry James
AMOR SILUETEADO A LA LUZ DE
LA LÁMPARA
El brazo de humo, adelgazado, se extiende
hasta la otra orilla del agua y se posa brevemente sobre una
pequeña casa cerca
del bosque. Un hombre y su esposa, cada uno con su copa en la mano,
están sentados
dentro, discrepando sobre quién de los dos morirá primero.
«Yo» dice el hombre.
No, «yo» dice la esposa. «Tal vez muramos al mismo tiempo»,
dicen al unísono.
No pueden creer que estén hablando de esta forma.
Entonces la esposa se levanta
y dice, «Si fuera una artista, pintaría tu retrato»… Mark Strand
Diario de un hombre Invisible: 10
“Quiero encontrar al hombre de mi vida… marido ya tuve…”. María (68 años, anónima, en una página de contactos para ligar)
Sábado, catorce de febrero de dos mil veintiséis
Sábado, día de los enamorados según la tradición católica, que, al parecer, se celebra en todo el mundo.
Por mi parte, me dispongo a vivir el día señalado, repleto de experiencias caramelizadas en el mundo occidental, en la más absoluta sequedad y carencia sentimental (ni siquiera tengo a nadie a quién abrazar castamente); por eso me refugiaré todo el fin de semana en la invisibilidad del capítulo, pensado para días como hoy, precisamente. Pasaré todo el día en mi clausura. Mañana también.
Por si fueran pocos los acontecimientos festivos, además, es carnaval. Todo el mundo saldrá a la calle a reír, cantar y bailar. Y a ligar. A propósito de esto último, ahora me acuerdo de que hubo un año de mediados de los lejanos ochenta, en una noche como la de hoy, cuando salía a “cazar” experiencias amorosas todos los fines de semana, que una mujer que conocía y que me parecía muy atractiva, con novio oficial y todo, depositó su deseo en mí y me invitó a que nos perdiéramos en la noche (yo encantado). Nos apartamos del jaleoso ambiente festivo y terminamos en mi casa haciendo lo que nuestros respectivos cuerpos deseantes nos pidieron. ¡¡¡qué tiempos, por Dios!!!
Esta noche algo así no pasará. Mañana tampoco. Viviré íntimamente con mi decepción vivencial durante 48 horas seguidas. Luego, el lunes, también.
El otro día escribí a la mujer (María) que se presentaba de ese modo tan irónico y ocurrente, por la única razón de que me hizo gracia. Me empleé en ser yo también gracioso en el mensaje, sin mayores pretensiones. No debí conseguirlo porque, como todas, no me contestó. Algunas mujeres son lamentablemente perversas en sus actitudes, porque utilizan un recurso despreciativo: el sepulcral silencio, lo que hace que me pregunte ¿existiré, o seré un holograma? Lo peor de su grosería es que actúan sin sentido del humor, como resentidas y rencorosas, sin conocernos de nada. Las pueden zurcir a todas con hilo verde que habría dicho mi admirado Javier Tomeo.
A mediados de semana me escribió mi agente para los asuntos amorosos (hacía tres meses que no sabía de ella) diciéndome que tenía una candidata (es la cuarta que encuentra en nueve meses). Al parecer, se llama Inés, y vive en Madrid. Le contesté que vale, que a priori me parecía bien Inés y que nos veíamos cuando ella quisiera. Tengo total disponibilidad para los asuntos amorosos. Sin embargo, tengo dificultades para que alguna mujer me guste y la acepte. Me decepcionan todas.
Mi agente me contestó que, precisamente, la candidata Inés, estaría de viaje los próximos quince días (ya empezamos con los problemas). Es la tercera vez que me sucede, cuando se da la posibilidad de que una mujer y yo nos encontremos, ellas se van de viaje. Hay algo sospechoso en eso, gato encerrado seguro. Menos mal que, a fin de cuentas, a mí me da igual.
Veremos, ya contaré como acaba, que acabará, el asunto de la candidata Inés.
La Fotografía: Retrato de aquellos años en los que yo tenía bastante éxito con las mujeres (mediados de los ochenta, con mi treintena recién cumplida). La toma, con mi cámara, la hizo en Nazaré mi amigo y compañero de viaje a Portugal, Josito Herreros. El mes pasado hablé de ese viaje. Cuando volvimos, dejé a una novia de ese momento y me eché otra sobre la marcha ¡¡¡qué gusto, aquellos tiempos!!!
(domingo por la tarde) El pasado día 8, en este diario, me preguntaba quién era un tipo vuelto hacía la cámara (presuntamente yo) en Caparica. Exactamente veinte años después (menos un mes) esta fotografía, realizada supuestamente en el mismo lugar y con la misma cámara, añade sospechas sobre mi identidad y la del escenario: si somos los mismos ya no lo parecemos. Nadie podría asegurar que haya un sólo elemento común en ambas; a no ser que se analizara el ADN de la Canon A1 (porque yo no me voy a dejar). Caparica ha sufrido agresiones y a mí el tiempo también me ha atacado: cada vez me alejo más de mundos ilusorios y el cansancio va tomando posiciones. Aunque no todo son malas noticias, porque el tiempo me ha regalado la sensación de sentirme más cerca de mi mismo, de lo que deseo, y, sobre todo, tener cada vez más claro lo que no quiero hacer.
El único y último sentido que puede tener crear algo inexistente hasta el momento en el que ve la luz en el visor de una cámara, papel en blanco (ahora pantalla), materia o soporte cualquiera, es el de dar cuenta de una vida: la propia. Lo demás es otro asunto: pedidos de ávidos compradores o coleccionistas, tesis sociológicas, tecnociencia, evolución en la historia del arte (no necesariamente progresiva), exigencias socioeconómicas, moda, y más, muchas cosas más. Pero no, todo eso es lo de menos (creo); a mí lo que me interesa es levantar acta de mi vida a través de lo que pueda hacer (o crear), no basta con reproducirse (eso es fácil, más o menos). Es una cuestión de vida o muerte, nada menos. Que el resultado sea aceptado o no carece completamente de importancia para el creador; ejemplo: qué valor puede tener para Kjell Askildsen que a mí me entusiasme su obra: ninguno. Lo único que razonablemente puede importarle, es lo que él tiene que «hacer» para así poder vivir. «Hay algo muy satisfactorio en producir algo que sabes, mientras lo haces, que va a ser bueno, y que, cuando lo has acabado, sabes que es bueno. Entonces no se puede negar que la vida se vuelve un poquito más pobre cuando uno ya no consigue esto». Kjell Askildsen
Estos últimos días estoy de muy mal humor. «El hombre verdaderamente libre es el que sabe rechazar una invitación a cenar sin dar excusas». Jules Renard. Quizá estoy cabreado porque sé que estoy lejos de alcanzar el grado de libertad del que habla Renard, a pesar de que he tenido tiempo sobrado para llegar a esa impecable displicencia y perfección. Y lo peor, es que ni siquiera nadie me invita cenar.
…Vuelvo a Gudbergur Bergsson (Pérdida, pag. 17): «Es también propio de la vejez no decir nunca la verdad, ni siquiera mentalmente y a sí mismo. Pero eso es distinto que mentirse a sí mismo y a los otros. Es incapaz de definirlo mejor que como un juego del escondite con la verdad. En la mentira suele haber con frecuencia más verdad que en la verdad misma. Saberlo es un método terapéutico que dura hasta el final de la vida». Sin duda, este juego de conceptos aparentemente contradictorios, suponen una verdad en sí misma. Me parece…































