“Paisaje/donde morir/a solas”. José María Álvarez
Cerca de ese pueblo perdido en el campo llano (Cabezarados), están las también perdidas y olvidadas Minas de San Quintín. Me gustan mucho las minas, ahora ya casi todas abandonadas (por eso me gustan, creo). Quizá tenga que ver con su poder metafórico o simbólico, en un doble sentido: agujeros o arañazos en la tierra donde se extraían materias que antes eran valiosas y ahora no y el resultado del abandono que deja lugares desolados y solos. Ese ejercicio de mirar y fotografiar la devastación me hace esquivar el peso del tiempo mientras trabajo con mis viejas cámaras; sencillamente porque me gusta. No pienso ni lamento nada, simplemente disfruto caminando despacio y buscando encuadres entretenidos y levemente sugestivos. Tampoco lamento la desolación de lo que fue; a fin de cuentas yo también me voy a morir.
…Subí a la planta de facturación y salidas. Al fondo a la izquierda, en semipenumbra, una empleada de limpieza se movía despacio, cadenciosamente. Nadie más. A la derecha una amplia cafetería restaurante, iluminada y vacía (pensé en Edward Hooper). Detrás de la solitaria barra, un camarero se movía febrilmente sin sentido aparente. No se divisaba a nadie por ningún sitio. Me aproximé; el uniformado e hiperactivo empleado me miró fijamente y me preguntó qué quería tomar. Me decidí por un bocadillo de jamón y un café con leche. Me atendió con pulcritud y diligencia. Mientras me tomaba el imprevisto desayuno le observé: se dedicaba a mover vasos de un lado a otro, y a otro, sin lógica aparente. Nunca se me había ocurrido que el movimiento de vasos vacíos pudiera tener efectos terapéuticos. Llenos, es otra cosa, pensé. En otra solitaria pantalla iluminada se anunciaba la salida de un único vuelo, hacia Palma de Mallorca, a las 17:15. Deduje, sin apenas esfuerzo, que se trataba del mismo avión que habría llegado cuarenta y cinco minutos antes. Tampoco esperé, porque eran las diez y cuarto de la mañana… (no tengo fotografía estilo Hooper, que es lo que me hubiera gustado, porque no me dio la gana ir a por la cámara; así que incluyo ésta, que nada tiene que ver con lo que cuento, pero es del aeropuerto a lo lejos y está realizada dos horas después)
¿Por qué me provoca alegría el desierto que apenas he disfrutado sólo unos días y con la urgencia de un viaje apresurado? No lo sé. Hay tantas preguntas sin respuesta que quizá sea mejor no formularlas. Puedo aventurar una teoría para mi uso, exclusivamente, y es que mi paisaje infantil era desértico. La explicación es culturalmente irreprochable (por tópica) pero no sé; no estoy seguro. Sí estoy seguro de que los paisajes abigarrados, repletos de elementos y árboles me entorpecen y abruman. Una explicación de más enjundia me llevaría a suponer que los mínimos y grandiosos elementos del paisaje desértico llegan más honda y directamente a los espíritus contradictorios. Esto último es indemostrable, luego presumiblemente cierto.
«En el desierto, uno se vuelve otro: el que conoce el peso del cielo y la sed de la tierra; el que ha aprendido a contar con su propia soledad. Lejos de excluirnos, el desierto nos abriga. Devenimos inmensidad de arena como, escribiendo, somos el libro.» Edmond Jabés