"Un país avanzado no padece de ninguna complicidad con ideal alguno". E. Cioran
DIGRESIÓN TRECE. Crash. EE.UU. (2004). Guion: Paul Haggis y Robert Moresco. Dirección: Paul Haggis. Música: Mark Isham, Fotografía: James M. Muro. Intérpretes: Sandra Bullock, Don Cheadle, Matt Dillon, Jennifer Esposito, William Fichtner, Brendan Fraser, Terrence Howard, Ludacris, Thandie Newton. No recordaba esta impactante película, y la había visto, naturalmente. Eso hace que me pregunte de qué me sirve ver películas, leer libros, ir al teatro, hacer fotografías, escribir, si el olvido lo absorbe todo, todo lo engulle y no consigo aprender, mejorar de las experiencias, sensaciones y reflexiones, y que todo ese inmenso tiempo pueda cristalizar en un poquito de sabiduría. Mi propósito siempre ha sido crecer para conseguir vivir sostenido por un cierto saber, entereza y algo de consistencia moral. Haggis y Moresco cuentan su lúcida e inspirada historia, genialmente sostenida por un guion de altísima precisión, en la que las vidas de los personajes se entremezclan, colisionan, en una especie de sabia y mágica ceremonia de azar y fatalidad. Sus historias se van superponiendo hasta componer una tupida textura dramática. Se encuentran o se pierden, van y vienen, sufren, lloran, ríen, viven o mueren. Todo lo que les sucede, de principio a fin, tiene el sentido de la verdad más descarnada y todo, absolutamente todo, está impregnado de grandeza y miseria, de humanidad a fin de cuentas. La película es capaz de contar sabiamente microhistorias, como la más oscura, ciega y primaria reacción de un ser atormentado y la más bella y fantástica protagonizada por una niña y su padre, y ambas, la negrura y el más luminoso azar, conectadas a través de una pistola. Prodigioso. Guion, dirección, intérpretes, fotografía, música, todo en esta película anonada y me reafirma en la idea de que lo único que nos salva es el talento de algunas personas para crear belleza y verdad. Solo podemos consolarnos y redimirnos a través de la creación, la inteligencia y una cierta conmiseración. Fuera de esas posibilidades casi todo es sordidez, miseria y aguas muertas.
-El placer de la conversación-. Así se titula esta otra serie. Las fotografías que acoge, como la de hoy, son de personas desconocidas (para mí) en la calle o en sitios públicos. Charlan o conversan tranquilamente. Es curioso ver como la gente se relaciona aparentemente feliz (supongo). Es una posibilidad que no me termino de creer. No obstante, a veces hablo con otras personas, aunque casi nunca desconocidas. Cuando entablo una conversación, suelo ser el que escucha porque, por un lado, parto de la premisa de que lo «mío» no le va a interesar a nadie, y por otro, que ya me sé mis monsergas y no quiero aburrirme con repeticiones innecesarias. Aunque a veces, los otros, me sorprenden con alguna información interesante o divertida, procuro relacionarme lo menos posible para evitar que me coloquen el consabido «rollo», tedioso e insoportable. Detesto a los pesados. No dejo de reconocer que, una conversación inteligente sobre cuestiones que me interesen vivamente, es uno de mis mayores placeres y siempre deseo que suceda. El problema es que lo consigo raramente. Con los demás enseguida me aburro. Suscribo absolutamente la afirmación de Francois Truffaut: «Hablemos solamente de las cosas que nos gustan».
Hoy es el último viernes del mes de Abril. Son las once y llevo tres horas y media en mi «cuarto oscuro». Terminaré (por hoy) a las catorce horas (parezco un cronometrador). Mientras copio fotografías para el Gran Secreto Último (y ahora un masónico, aunque nunca he sabido en qué consistía la masonería), escucho música (en este momento suena el magnífico trío número 2 de Shostakovich), y busco alguna idea que apuntar para cuando me toque escribir. A veces, inopinadamente, llega alguna y se va, sin que ni siquiera me dé tiempo a enterarme bien de qué iba. Su aparición me impresiona tanto como la visión de una culebra fugaz entre la maleza. Cuando quiero reaccionar, después del susto sobrecogedor, ya ha desparecido. Así no hay manera de sentirme hombre escritor, de esos que toman apuntes y todo…