El artista, el violinista, el dandy, el boxeador y los hombres amantes de los perros…
CUANDO ME ENCONTRABA EN CHINA, recibí un misterioso mensaje de mi amigo Carlos. Tenía que ver con el pasado, pero no supe entender su alcance. Le contesté con un mensaje que aludía a la inexorabilidad de que –ya solo somos pasado– e incluía alguna otra consideración sobre nuestra condición de vejestorios sin futuro y del enigma que eran para mí los mil cuatrocientos millones de chinos que me rodeaban y a los que nunca podría entender. Creo que no contenía ni una sola frase alentadora. Cuando volví de China le telefoneé y me explicó que su enigmático mensaje tenía que ver con un vídeo que me adjuntaba y que no recibí. No parecía que le hubiera afectado mi afectado mensaje. Mejor así. Hablamos durante media hora de las cosas que nos atañen y estuvimos de acuerdo en todo, cómo no.
Hace ya muchos años, veintisiete, más o menos, me encontré, felizmente, con un libro titulado El peso del mundo, de Peter Handke, editado por Laia (desaparecida) y traducido por Victor Canicio. Se trata de un diario de frases cortas, impresiones, vivencias, juegos de lenguaje, que abarca desde Noviembre de 1975 a Marzo de 1977; entre los 33 y los 35 años de Handke y entre mis 22 y 24. Cuando lo leí tenía diez años más, es decir, la misma edad que Handke cuando lo escribió. Mi sintonía con ese diario fue absoluta. Me entregué a él con entusiasmo. Subrayaba sin cesar las anotaciones de Handke. Curiosamente, no mucho después, lo olvidé completamente; no al autor, al que me he seguido acercando en ocasiones. Sin embargo, ya no he vuelto a conectar con él como lo hice en El peso del Mundo. El propio Handke, en una nota introductoria titulada con mucha propiedad como (A quién corresponda), dice: «me ejercité en reaccionar de inmediato con lenguaje a todo lo que me sucedía, y me di cuenta de cómo en el momento mismo de la vivencia -en ese instante, precisamente- el lenguaje revivía y se hacía comunicable…». Finalizaba la nota con esta aclaración: «El problema de este diario es que no puede tener final, por eso debe interrumpirse. Un final declarado equivaldría a consentir abiertamente en el olvido que es eterno». Pienso lo mismo del mío (que no puede tener final), pero por esa misma razón no me atrevo a interrumpirlo; no vaya a ser que el manto del olvido caiga sobre mí y resulte herido mortalmente…
…Mi amigo también tiene una perra, un espléndido ejemplar de mastín leonés, o del pirineo que no lo sé muy bien. Si no son la misma raza serán hermanos de lo que se parecen (por cierto, mi amigo y yo también nos llamamos hermanos, pero no es porque procedamos de los pirineos, sino porque coincidimos en muchas cosas y nos apreciamos sinceramente). El caso es que la perra, a la que fotografié durante un buen rato, se mostró desconfiada hacia los destellos de flash y no había modo de que se estuviera quieta y atenta a mis propuestas fotográficas. De vez en cuando ladraba potentemente y se movía impaciente alrededor del patio. Me pregunté, aunque no se lo dije a mi amigo, que, aparte del placer estético de tener un animal tan hermoso, para qué le servía en una casa de ciudad, sin rebaños que proteger de alimañas y casas que guardar de visitas indeseables (quizá habría hecho un gran servicio a la humanidad si se hubiera zampado al tipo que describí ayer).
































