6 JUNIO 2010

© 2009 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2009
Localizacion
Londres, (Inglaterra)
Soporte de copias
ILFORD MULTIGRADO WARMTONE BARITADO
Viraje
SELENIO
Tamaño
18 x 22,7 cm
Copiado máximo en soporte baritado
3
Año de copiado
2013
Fecha de diario
2010-06-06
Referencia
3819

Soy adicto a los programas culturales en radio: los oigo mientras camino, realizo trabajos mecánicos, compro en el supermercado, cocino, viajo, y a veces hasta cuando maldigo. Programas: Mundo Babel, Videodrome, La Libélula, Carne Cruda, Música de Nadie, Libro de Notas, y todos los monográficos dedicados a grandes compositores: Chopin, Schumann, Wagner, etc., y algunos más. Últimamente, en estos programas, vengo oyendo a algunos individuos que afirman categóricamente que, aquellos que crean sin entrar en el juego del escaparate del arte, son gentes sin sentido, más o menos; es decir, que no deberían hacer, salvo que quieran caer en el enfermizo y maniático ejercicio del onanismo autodestructivo. O como dijo uno, del que no recuerdo el nombre: ¿para qué escribir un libro si no lo editas? Y, por si le pareciera poco su necedad, matizó que hacer algo así era puro masoquismo. Otro, un tal Pere Roca, director del canal cultural de televisión española, dijo con engolada suficiencia en una entrevista en Mundo Babel, lo siguiente: “el creador debe adaptarse al mercado porque si no deja de ser un creador y es una voz que clama en el desierto en el peor sentido de la palabra”-  Inmediatamente me pregunté: ¿Qué habrá querido decir este individuo con eso -de clamar- y -del peor sentido de la palabra-? Sé poco del mundo y sus pompas, pero sí creo estar seguro de algunas cuestiones relacionadas con estos asuntos: objetiva y lógicamente el acto creativo es una cosa, el mercado es otra, y la gestión y la autopromoción son otras diferentes, aunque estas últimas íntimamente relacionadas. Creo, a pesar de semejantes lumbreras, que lo más importante es que la obra creativa no queda invalidada porque su creador decida guardarla en un cajón, si le da la real gana (acaso no fueron creativas las obras que Kafka condenó a la destrucción, que fueron casi todas, y que afortunadamente se salvaron). La obra tiene valor en sí misma y para el propio creador, que a fin de cuentas es quien importa y quien decide. Hasta ahí podíamos llegar. Desgraciadamente, el alcance y extensión de la estupidez es infinita, cósmica.

Pepe Fuentes ·